jueves, 31 de diciembre de 2009

GENERATION KILL

Dentro del mundo series, recientemente se ha editado en DVD esta miniserie de la HBO sobre la segunda guerra de Irak. A priori tal vez sólo sea atractiva para los que gusten de hazañas bélicas. Como no es mi caso, la vi con reservas y por recomendación. Enseguida me di cuenta de que la serie esconde realidad y crítica, y huye de los convencionalismos patrióticos y panfletarios. Basada en el libro del reportero Evan Wright y adaptada y producida por Ed Burns y David Simon cuenta la invasión de las tropas americanas a Irak a través de los ojos de una unidad de marines americanos.

Igual que me pasó con la también fantástica “Hermanos de Sangre”, al reducir el drama a un conjunto de personajes que tiene que vivir en las condiciones extremas de la guerra, nos alejamos del componente político que llega a través de las imágenes de televisión o de los periódicos. Casi de inmediato olvidamos los verdaderos intereses económicos que mueven las guerras y entendemos que los soldados son individuos que sienten y padecen. La mayoría convencidos de que están haciendo un bien para la humanidad, y por supuesto con sentimientos encontrados ante la muerte. La justicia y la injusticia tienen un nuevo matiz más personal a través de los ojos de los soldados, todos ello sin olvidar los propios conflictos entre los miembros del batallón, con el mando, las prioridades de guerra, o los conflictos étnicos y la deshumanización que producen las condiciones extremas. De hecho las secuencias con escenas en combate están reducidas a un par a lo largo de los siete capítulos que componen la miniserie.

En cuanto al formato, está rodada con cámaras digitales muy dinámicas en las escenas fuera de los vehículos y que acompañan casi en todo momento a los personajes dando la sensación de movilidad e imagen documental. También la estructura del guión en este caso, como si el espectador adquiriese el rol del periodista de Rolling Stone (alter ego de Wright) que acompaña a los soldados en la misión, que por los datos, anécdotas, desarrollo de los personajes y desarrollo de las tramas, se limitase a mostrar recortes de lo sucedido en campo de batalla, y en conjunto, el espectador sacase una visión general que compone un todo con la línea argumental que va desde la entrada en Irak hasta la ocupación de Bagdad. De esta forma el punto de vista esta desarrollado en general desde el diálogo y no desde el interior de los personajes o la acción, marcando una distancia fría y objetiva que impide identificarse con los soldados, como si por el hecho de no formar parte de su unidad, el espectador nunca pudiese pertenecer a esta particular familia de los marines. También se deja ver que la idea de reflejar objetivamente lo narrado en el libro hace que nos alejemos de la estructura tradicional del cine para acercarnos a algo parecido a la realidad. En un guión tradicional las tramas se cierran, el espectador necesita que las situaciones injustas se resuelvan, que por pequeñas que sean las subtramas, estas tengan una resolución, que el enemigo no tenga personalidad y sencillamente represente “el mal”. Aquí las resoluciones no llegan, la impotencia se adueña como en la vida real del espectador que ve como la injusticia, la culpa, los enchufes o los mandos se equivocan. Los malos prácticamente no existen, ya que sin entrar en profundidad en personajes Irakies (tan sólo un oscuro traductor) están humanizados cuando son civiles, y justificados cuando son soldados que sencillamente hacen sus trabajos. Las balas son parte de la batalla y no entienden de bandos, y como dice uno de los protagonistas, ellos no son más que guerreros ancestrales que cumplen con su obligación.

Para recrear el Irak de los últimos días de Hussein, los responsables trasladaron el rodaje a Sudáfrica y Mozambique. Como pocos hemos estado en la zona de conflicto la credibilidad está a salvo, en parte gracias a la fantástica producción. Por cierto, quiero destacar del extenso reparto a dos actores que creo que destacan por encima de los demás, a Alexander Skarsgard como jefe de grupo (Iceman) y al conductor medio yonqui interpretado por James Ransone, pero en general el nivel de todo el reparto es muy alto. La serie está dirigida sólo por dos directores (en este tipo de series suele haber uno por capítulo) Simon Celton Jones y Susana White. No se si es casualidad pero creo que los que dirige ella (caps 1,2,3 y 7) están mejor aprovechados que los que dirige él. En definitiva, recomiendo “Generation Hill” como otra gran serie de esas a las que ya nos tiene malacostumbrados la HBO, y que por supuesto son impensables en nuestra mediocre producción televisiva.

Víctor Gualda.

lunes, 21 de diciembre de 2009

SEVEN

En realidad creo que ya se ha dicho todo de esta película que con los años se ha convertido en un referente de los thrillers, y como algunos dicen, un clásico moderno. La reedición después de años descatalogada es lo que me ha animado a revisarla. Se trata de una gran película que consigue mantener el interés gracias a un guión sólido, y a una peculiaridad poco corriente en el cine made in Hollywood, un final negativo aunque coherente con el desenlace. Afortunadamente la película se pudo realizar como la conocemos a pesar de las presiones de algunos ejecutivos para cambiar todo el final, que la hubiesen convertido en otra película de psicópatas del montón.

A lo largo del metraje dos policías (Pitt y Freeman) lucharan por encontrar y detener a un enemigo invisible que siempre va por delante. Este es uno de los aspectos más interesantes del film. Fincher consigue crear la falsa impresión de que estamos ante una película llena de violencia y acción, pero no es cierto. Hasta más de mediado el metraje no hay una sola secuencia dinámica en la que los protagonsitas están a punto de cazar al “malo”. Y aun así, cuando esta se produce el personaje de Pitt es “perdonado” porque le espera un destino predeterminado por el asesino que ejerce de dios. Hasta este momento el director ha conseguido algo realmente complicado; mediante escenas estáticas crear una atmósfera envolvente a través de los escenarios de los crímenes o fotografías de los muertos. La película en este primer tramo está dominada por la estética que consigue una atmósfera opresiva y oscura a lo largo de una semana, y que lleva a hacer pensar al espectador que Nueva York (cuyo nombre no se menciona) es una ciudad apocalíptica directamente emparentada con el drama seguro.

Pero está a punto de llegar el momento culmen del tercer acto que hace esta película especial, la autoentrega del psicópata (dicen los expertos que los psicópatas siempre buscan que les acaben pillando) aquí justificada por el guión. A estas alturas quedan dos pecados capitales, la envidia y la ira. El personaje interpretado por Kevin Spacey es detenido y quiere llevar a los policías al lugar donde están los dos muertos que aun quedan. Fantásticos los monólogos de Spacey que con unos sencillos primeros planos en el coche desarrolla toda su teoría de la conspiración mientras la trama juega con la tensión y a la intranquilidad de descubrir como se resolverá la situación. Además funciona a la perfección porque uno de los picos climáticos ha sido en la comisaría, así que el necesario “descenso” del ritmo se aprovecha para presentar y desarrollar al psicópata sobre el que se han creado expectativas tras cada asesinato. Por vez primera el espacio se desarrolla fuera de esa babel que resulta la oscura y gris ciudad (aunque las torres eléctricas y el paisaje desangelado no son precisamente reconfortantes). La llegada de la caja que trae un mensajero producirá un desenlace inesperado y duro que deja pegado al espectador al sillón.

Y es que la clave en este tipo de películas en las que el punto de vista principal lo domina el policía que persigue al asesino, está en mantener el mayor interés posible sobre él. En otros thrillers de la misma altura como “Hunter” de Michael Mann (primera película precursora de “El silencio de los corderos” basada en el libro “El dragón Rojo”) el asesino aparece antes para crear la tensión en el espectador de si el buen policía será capaz de atraparlo, y hasta que punto el antagonista está loco. De esta forma tememos por nuestro protagonista y el guión juega con el suspense y la incertidumbre del peligro cercano. En el caso de “Seven” el suspense se condensa justo después de atraparlo (se ha utilizado la sorpresa, pues se entrega) y esto genera la tensión de saber “qué” oculta el asesino. El discurso sobre la excusa moral de los pecados capitales no tiene mayor interés que el de crear un móvil para el asesino y al tiempo un estilo estético y una atmósfera.

Los actores están además a un nivel extraordinario. El joven Pitt se desenvuelve a la perfección en el papel de pardillo recién llegado que necesita autoafirmarse, pero gracias a la subtrama de su mujer (imprescindible para que funcione el desenlace) nos acerca al personaje de Gwyneth Paltrow y hace que nos identifiquemos, el personaje del detective se humaniza y se despega del estereotipo, lejos del sencillo buddy movie con el que arranca el metraje. También temporalmente está muy bien desarrollada la trama, con pequeños matices a lo largo de las dos horas y dentro de secuencias que hacen avanzar la acción sin entorpecer el metraje (como le pasa habitualmente a Mann por ejemplo). Con todo el interés generado sobre los protas, sus situaciones personales, y el desarrollo de la trama; la caja de cartón cuyo contenido imaginamos (lo que produce un mayor desgarro psicológico) hace que el espectador se ponga en el lugar de Pitt, y apretase el gatillo el mismo si tuviese la ocasión. Fantástico final negativo, para una fantástica película que supuso un cambio en la manera (al menos estética) de rodar los thrillers, y que de momento no ha sido superada ni por el propio Fincher en su siguiente película con caza al psicópata; “Zodiac”.

Víctor Gualda.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

NARANJOS EN FLOR - LA VIDA ANTE SUS OJOS

Dos películas recientemente editadas más por el peso de sus actores que por el peso de sus argumentos. La argentina “Naranjos en Flor” una serie B con todas las de la ley, y “La vida ante sus ojos” un telefilme también con argumento un tanto serie B. Ambas más pretenciosas que lo que realmente ofrecen, pero ambas entretenidas una vez desechadas las aburridas superproducciones de efectos. Dos películas para experimentar y ver casi simultáneamente.

Por un lado la argentina con un argumento que recuerda a las novelas negras de aeropuerto, conducida por una actriz tan impostada como poco creíble, Maria Marull, reforzada además su ya de por si poca credibilidad con una voz en off explicativa. Malena-Marull es una sicoanalista justiciera entrometida que se mete ella sola en un lío con asesinato de por medio, al tiempo que trata de encontrarse a si misma. Las buenas acciones no tienen recompensa en los barrios bajos, y su sentido de culpa la introduce más en el charco… aunque le ayuda a conocer mundo. Mientras tanto en la peli americana un juego continuo de flash-backs que despistan y una introducción también con posible asesinato, aunque este más elaborado y mucho mejor contado, creando incertidumbre nos introduce en la vida de Rachel Evan Word-Uma Thurman-Diana. Al parecer los efectos de lo que sucedió en el high schooll son arrastrados a su (en el futuro) matrimonio perfecto. Al menos aunque el ritmo y la repetición para situar al espectador son lentos, todo indica que será una cuestión de paciencia que la situación explote. La tensión contenida es una forma como otra cualquiera de retener al espectador ante la pantalla.

Una vez presentada la situación, los Naranjos en Flor introducen el resto de los elementos de la trama. La mujer del desaparecido (Dalia Elnecavé), y sobre todo a Eduardo Blanco, un actor para causas mayores, como ya vimos en películas anteriores, pero que le da lustre a un personaje de policía ambiguo que recuerda poderosamente a los patrios de décadas precedentes de nuestra propia historia (¿será por ser coproducción?). Un extraño placer este de reconocernos en otras cinematografías que nos recuerda que estamos emparentados con ellas más allá de la peculiaridad de llamar al personaje Sabina, Sabinita, que se utilicen estrofas de sus canciones como diálogos o aparezca el propio músico cantando en pantalón de pijama. Está claro a estas alturas que la sosa protagonista, por mucho que se cambie de peinado y acorte sus faldas, esta destinada a caer en los brazos del atípico seductor, así que nada sorprendente bajo el horizonte cuando llegan las escenas de cama setenteras que mandan en todo el segundo acto de película.

Mientras tanto en la vida ante sus ojos nos dedicamos a conocer a las dos jóvenes protagonistas (hay otra actriz coprota que hace de amiga, Eva Amurri). El antagonismo de sus personalidades para reforzar la de la futura Thurman y que entendamos e interpretemos que arrastra trauma de lo que ocurrió frente a un arma semiautomática en un baño del instituto. Es curioso en este film que los acontecimientos se multiplican pero sin variar el ritmo interno del relato. Por mucho que suceda, por muchos precedentes que marque lo que será el desenlace, tenemos la sensación de inamovilidad, que es reforzada machaconamente por la repetición. A estas alturas me preguntaba cual sería la sorpresa que me esperaba, porque no puede ser casual tanto énfasis en una secuencia que sin variar el punto de vista (como hizo en Elephant Van Sant) y el tiro de cámara asistamos una y otra vez a la misma situación.

Llega el tercer acto de ambas películas, y nada nuevo en el horizonte argentino. Me pregunto si no será impostado el defecto constante de la fotografía, la imagen sucia y cutre, el montaje de colegio que edita las secuencias sin ninguna elipsis ni siquiera en los inicios y finales de la escena, produciendo un efecto teatral, reforzado además por cortes y fundidos a negro para volver al mismo sitio (no veía algo así desde principios de los noventa) prefiero pensar que el director y guionista Antonio Gonzalez Vigil tal vez intente crear un vinculo con el espectador utilizando recursos anticuados, antes que pensar que alguien se lo encontró por la calle y le propuso hace una peli, porque el desenlace que trata de jugar a la sorpresa es tan previsible y burdo que no pude dejar de reír. Mientras tanto en la otra pantalla, por fin llegan los sobresaltos. Aquí si que tengo que reconocer que me pillaron. El desenlace es tan peregrino y absurdo que sólo hay dos opciones: Creer en Dios y pensar que levanta la película de golpe, o apostatar, soltar un “venga ya” y mandar a la mierda el DVD. Tomaré la primera opción porque estoy convencido que sin ser del todo original (no puedo dar pistas por si veis la peli), la vuelta de tuerca que da el guión de Emil Stern (novela de Laura Kasischke), será aprovechada por un director que no juegue al melodrama y aproveche el efectismo para reforzar un argumento sólido, no para basar la verosimilitud del film en las ganas de que sea plausible y del acierto (que lo tiene) el montaje.

Como dije al comienzo, un dos por uno en serie B, que tiene más encanto que la otra serie B, la de robots que se convierten en coches, humanos que se convierten en robots, o cuerpos especiales que no se sabe para que sirven más que para incentivar el ese pequeño fascismo propio de épocas de recesión.

Víctor Gualda.

jueves, 10 de diciembre de 2009

MAPA DE LOS SONIDOS DE TOKIO

No soy precisamente admirador del cine publicitario de Isabel Coixet. Para mi, su mejor película es “Cosas que nunca te dije”, y probablemente lo seguirá siendo porque desde aquel estreno su cine no ha evolucionado. Sigue repitiendo el mismo tema, las mismas formulas, hasta sus planos son los mismos. Llevar el argumento a Tokio no significa más que seguir en la cresta de la ola de la modernidad, de un snobismo demode que no aporta nada. Da igual que un argumento se disfrace con el exotismo japo o con la cotidianidad de un pueblo de Granada, porque son los temas lo que son universales, no el marco tras el que se desarrollen.

Para empezar, me llama la atención el camino que ha tomado. Su cine está supeditado al encuadre más que a los personajes, lo necesita para estar, para tener razón de existir, así que para que sus personajes avancen en una trama simplista que sólo lleva del amor al desamor y viceversa, necesita un narrador. Como si de un relato se tratara, el narrador se convierte en personaje fantasma que tiene la peculiaridad de no estar definido. Pasa de ser ominisciente a equisciente con una soltura literaria (aunque imagino que de forma casual). No molesta, es sólo el trazo que hay que seguir para tratar de entender al personaje protagonista de Ryu (Rinko Kikuchi). Mediante la excusa del encargo (no me quiero extender para no destapar el argumento) el espectador sabe lo mismo que ella, pero se pone en el lugar de Sergi Lopez, teme por él. Es decir, el punto de vista es compartido para que nos identifiquemos con ambos personajes. La directora catalana es espabilada y nos lleva de la mano en un tramo como si de “Catalanes por el mundo” (si es que existe) se tratara. Distrae al espectador estéticamente, pero la evolución no deja de ser la relación de sexo a través de la que nuestra protagonista descubre el amor y el deseo. Como el personaje es silencioso, entendemos inconscientemente que por su ocupación a tiempo parcial y por sus dudas hay algo oculto que nos impide entender a un personaje más complejo de lo que se atreve a mostrarnos Coixet. Y es que si la excusa es tópica pero válida. El desarrollo es monótono, más de lo mismo que en mil cintas. Escenas de sexo para turistas en anuncios publicitarios de un hotel temático, y poco más…

El gran problema del guión para mi es que el personaje de Sergi Lopez no llega a entregarse (aunque tenga excusa), entendemos que la relación está abocada al fracaso, y como Coixet se posiciona en todo momento de parte de la chica (como en todo su cine) el drama está garantizado de antemano. Por eso no sorprende, por eso no emociona, porque en realidad las normas tradicionales de la narración no entienden de genero. Por mucho que se disfrace de estética lo que llega al inconsciente no son los planos cenitales, las grúas o los travellings. Son las emociones primarias con las que el espectador se debe identificar para sentir y entender el sacrificio de Ryu. Nos tenemos que poner en el lugar de Lopez y morir un poco con él (si, si, no me he vuelto loco) cuando entienda que el máximo sacrificio no lo hizo la primera suicida esteta del espejo, sino la segunda en sus brazos (sobra la escena justificatoria-explicativa con el dependiente de la tienda). Porque nosotros espectadores somos él, y no ella.

Por último quisiera atreverme a sugerir a Coixet (sin acritud) un cambio de rumbo en su cine porque está estancado. Coixet no es Kar Wai narrativamente. Sus planos estéticos no llevan implícito un subtexto distinto a lo que vemos (por mucho que utilice torpemente el símbolo), así que mejor concentrarse en lo mejor de la cinta. Las pocas escenas en las que los personajes hablan. Los planos contraplanos dicen más que los generales buscando la diagonal, los de cámara en mano con montajes publicitarios con versiones de coplas o de temas míticos a los que sólo falta el corte del producto a vender. Para mi ser consciente en todo momento de la técnica no es más que un ejercicio de ego del director y si no están justificados por la historia que cuentan (fin último de esta forma de expresión) son sólo un artificio que lastra la esencia de un film que está contando una sencilla historia de amor imposible.

Víctor Gualda.

jueves, 3 de diciembre de 2009

UP

No entiendo como todavía me sigue sorprendiendo la enorme capacidad de Pixar para hacer cine de calidad. La animación es sólo una forma de expresión como otra cualquiera. Un continente que ofrece mil oportunidades que en el cine convencional seria más difícil hacer creíbles. Da igual que hablemos de superhéroes deprimidos, de muñecos en busca de dueño, de peces en busca de padre, o de historias futuristas de amor entre robots. Los principios sobre los que se sustenta este cine son clásicos a más no poder. Temas universales que emocionan a los pequeños y que identifican a los mayores para entrar en un universo paralelo, el de la imaginación.

Lasseter se vendió a la Disney probablemente con fines menos altruistas que los de hacer felices a los niños de todo el mundo, pero al menos se mantuvo fiel a sus principios y su férrea mano se nota en cada producto que acomete. Tal vez sus enemigos de Dreamworks esperaban que este Up fuese la esperada caída al vacío. Pensaron que una película protagonizada por un viejo gruñón y un niño gordo y pesado no serían los héroes escogidos por el público. Según rumores que leí, tampoco los de la misma Disney las tenían todas consigo, y su maquinaria de merchandising se contuvo antes de lanzar todo tipo de productos a un mercado saturado. Me alegra saber que se equivocaron. Que en este estudiado mercado del entretenimiento que es el cine, aun hay lugar para la sorpresa. Me alegra saber que los antihéroes no se han pasado de moda a pesar de que el hermano mayor, el cine “adulto”, este en transición. Me alegra ver que todavía hay películas que me mantienen en vilo y me hacen temer por sus protagonistas antes que desear que se los cepillen, como me sucede con las megaestrellas, estrellitas y conocidos de Transformers 2, Terminador Salvation, Star Trek o GIJOE por poner ejemplos recientes de estrenos en DVD.

No quiero decir con esto que la película sea perfecta, ni mucho menos. Tiene su “fallo” mediado el segundo acto. Pero antes hemos entrado en una historia de amor maravillosa, sin diálogos y adornada por la música. Una secuencia tramposa pero entrañable que nos hace abrirnos de cabeza ante las bondades de nuestro viejo Carl. Luego para compensar y lograr la identificación total, la presión en un mundo que nos resulta una olla Express, la dulce casita de campo en mitad de los edificios, un poco de “buddy movie”, para finalizar el accidente que le lleva a la expropiación y que supone el comienzo de la aventura. Nada que objetar a la fantástica atmósfera que Pete Docter, director de la cinta, consigue. Pero es a la hora de crear el antagonista donde yo pondría el único pero. No por él, sino por aquel pequeño grupo de secuaces que me sacan de la película con sus collares electrónicos. La credibilidad estaba salvaguardada con el principio del viaje iniciático con la busca del paraíso, pero aun así los cancerberos me resultan un elemento de relleno para el segundo acto, que suele ser el más difícil de dominar por el cine americano de cuadrante. Y es que una vez eliminados los molestos antagonistas que conducen aviones (qué horror), el personaje de Muntz es sencillamente un reflejo de Carl, pero que ha tomado el camino equivocado por dejarse llevar por la ambición. Una especie de Anakin Skywalker que cayó en el lado oscuro y no tiene posibilidad de redención después del daño causado. También es fantástico ese desenlace en el que nuestro entrañable alter ego de Spencer Tracy (por mucho que la doble Ed Asner y también tenga cierto parecido física) tiene que elegir, equivocarse, y volver a valorar la vida antes que los recuerdos. Maravilloso en la misma línea el epílogo en el que sólo por casualidad del destino, nuestro protagonista pasa página y descubre que la vida no es aquello que imaginábamos cuando éramos jóvenes, sino lo que nos sucede mientras soñamos con inalcanzables aventuras. Maravilloso (en esta) el toquecito moralista insalvable en casi todo el cine americano que nos invita a creer en principios morales altruistas y universales de la amistad. En este caso, entran dentro de lo razonable que no me importa que nos vendan. Maravilloso en general un guión trabajado de Bob Peterson (también codirector) y Pete Doctor, que consiguen un tono de comedia entrañable marca de la casa, con escenas de acción muy bien resueltas en cuanto a la tensión y el ritmo, y secuencias que buscan la sensiblería explicita de las que también disfrutará el espectador medio.

Víctor Gualda.

viernes, 27 de noviembre de 2009

LA CORTINA DE HUMO

Tal y como recordaba, nos encontramos ante una película menor de un director menor (Barry Levinson). Al menos a nivel formal, aunque hay que reconocer que la idea es fantástica y probablemente pase de ficción a realidad con más frecuencia de lo que sospechamos. La idea es sencilla, y la estructura del guión de Mamet (novela de Larry Beinhart) más aun si cabe. El presidente americano ha tenido un desliz con una becaria a pocos días de las elecciones, y la noticia puede ser una bomba que lastre su reelección. Para estos casos hay un “resuelveproblemas” interpretado por Robert DeNiro que se encargará de crear una cortina de humo que convierta en noticia menor el suceso. Una vez presentado el conflicto y los personajes por parte del gobierno, De Niro y la casi desaparecida Anne Heche (paradójicamente por un “escándalo” de imagen), sólo falta buscar un productor que convierta la excusa en un producto para que el pueblo americano consuma.

Este personaje será interpretado por el histriónico Dustin Hoffman. El productor de Hollywood que convierta en realidad la ficción (me encanta la frase de DeNiro “-es verdad, lo he visto en la tele”) se encargará de crear la gran bola. Un trailer que distribuir por todas las televisiones del mundo en el que una presunta inocente albanesa (Kristen Dunst) cruza un puente con su gato blanco (el color del animal por expreso deseo del presidente) huyendo de las bombas. El espectador, que somos todos, no se plantea si lo que está viendo es un croma o una realidad. Lo echan en la tele, o sea que sólo puede ser cierto. Cuando la CIA, otro poder fáctico en EEUU con suficiente mano para la ficción y las conspiraciones se entromete, la ilusión está a punto de irse al traste, así que como nuevo giro interno y metalingüístico, se crea el héroe americano necesario. Ya lo decía Kirk Douglas en “El gran Carnaval”, si la desgracia le ocurre a un pueblo entero no surge tanto efecto como si el público se identifica con el individuo, así que para la gran mentira se necesita un héroe, aunque haya que buscarlo en al agujero más profundo del sistema.

Lo curioso y destacado de esta película además del trasfondo crítico, es el tono y el ritmo en el que está narrado. La película se puede dividir en dos tipos de secuencias. Los personajes desplazándose, sea en avión, coche o sobre todo andando, en busca del objetivo y dando ritmo a una película de otra forma muy estática, y los personajes viendo la televisión, sea en una mansión, en un bar o en un aparato portátil, como gran guru que hay que controlar. “Cortina de humo” es una comedia negra casi teatral en la que la caracterización de los personajes no sale del estereotipo y tal vez este sea su mayor defecto. Pero eso si, nos encontramos mala leche en casi cada secuencia, como el héroe americano interpretado por Woody Harrelson, o la venta de cualquier producto a partir del incidente, sean camisetas, zapatillas o discos…

Poco o nada importa que el final de la cinta sea absolutamente dramático, previsible, injusto y necesario. Que nos avise del peligroso manejo del poder que hacen los políticos. No importa que seamos capaces de reírnos de nuestra propia ignorancia. Lo que importa es manipular al votante para que crea que elige libremente. La democracia solo es sostenible si unos cuantos le sacan partido, parece querer decir la película. Lo que por cierto me da pie para recomendar el libro del periodista Daniel Montero recién editado “La Casta: El increíble chollo de ser político en España”. Un catálogo de despropósitos nada ficcionados que mantenemos con nuestros impuestos. Y es que si a veces sospechamos que unas noticias aparecen para tapar otras, que los partidos políticos se encaminan al late night show más que a las ideas, o que se utiliza el deporte como interés nacional para distraernos, lo innegable es que en el país de los ciegos, el tuerto es político.

Víctor Gualda.

domingo, 22 de noviembre de 2009

ROCCO Y SUS HERMANOS

Que el cine americano está en declive es evidente viendo sus últimos estrenos. Como muestra un botón. Acaban de editar en DVD la superproducción Transformers 2. Se gastan un pastón en efectos, alargando a dos hora y media una película con un argumento estúpido, unos actores mediocres, sin más trasfondo que el espíritu ultrarradical nacionalista yanqui, el efectismo de la destrucción, el moralismo barato que justifica la violencia, y con todos los medios que da el dinero, no son capaces de hilar un esbozo de sentido común. Lo gracioso es que detrás del absurdo Michael Bay, está el rey midas de la causa, el venerado moralista Spielberg. Acabé pasando la película a doble velocidad porque no había un solo dialogo que mereciese la pena. Lo curioso es que recuerdo haber leído en alguna entrevista que el productor/director americano era fanático de la nouvelle vague, y del neorrealismo. Así que contra la nada, mejor esta obra maestra del cine que es “Rocco y sus hermanos”

Aunque no es realmente una película neorrealista en el sentido purista de la palabra porque utiliza actores profesionales, y por otros motivos mas prejuiciosos como que Visconti es un reconocido aristócrata, (actitud clasista que arrastramos los que no pertenecemos a esta clase social), la idea de mostrar la realidad social de la Italia de la época está muy presente en el cine del director. En este Rocco, Visconti nos cuenta la historia de una familia de pueblo que emigra a Milán en busca de una oportunidad contra la miseria. El melodrama tradicional y la tragedia al estilo clásico se dan la mano para confundirse y crear una obra maestra atemporal que es un reflejo de lo que está sucediendo ahora mismo en cualquier lugar del mundo.

La estructura es sencilla pero efectiva, y ha sido utilizada hasta la saciedad. Primero la presentación con la llegada de la familia (tema fundamental del film) a la ciudad en busca del hermano previamente emigrado como referencia, nos da el tono, nos presenta a los protagonistas y nos habla de la situación en la que viven. Nos habla de la burocracia y de como la picaresca obliga a la supervivencia para obtener un piso en el que establecerse. Nos habla de la inocencia de los recién llegados, de la búsqueda de las oportunidades. Los cinco hermanos mantienen diferentes roles que a lo largo del metraje e irán evolucionando bajo el amparo del matriarcado. Mediante un crédito que anuncia el punto de vista principal, cada capítulo se centra en un hermano avanzando la trama, pero sin dar de lado al resto. La película nos habla de la sociedad, de cómo unos entran en las cadenas industriales, de cómo se establecen las relaciones personales, de los celos, de cómo otros se buscan la vida en algo que les de dinero fácil. Y es en este punto donde entra en juego el trío que se convertirá en protagonista.

Simone (Renato Salvatore) es el hijo rebelde, de buen corazón que tiene una oportunidad en el boxeo y se deja llevar, Rocco (Alain Delon) es una especie de Jesucristo bondadoso que está dispuesto a sacrificarse él mismo para ayudar a su hermano, y es que el trasfondo cristiano de la sociedad está muy presente a lo largo de todo el metraje. Como tercer vértice del triangulo, Nadia (Annie Girardot) una prostituta que también quiere cambiar, aunque en su intento arrastre a Simone al abismo. Ambos hermanos se convierten involuntariamente en antagonistas. Increíble la secuencia de la violación y la lucha entre hermanos. Cuando a uno le va bien, al otro mal. Simone avanza a paso firme hacia el infierno mientras Rocco lo hace al cielo. La empatía del espectador con los protagonistas se alterna entre los hermanos, y Visconti consigue una dualidad complicada: que el espectador cambie sus sentimientos a lo largo de la película, al tiempo que las circunstancias hacen cambiar a los protagonistas, y en cada tramo se identifique, o entienda, justifique, o le irriten las acciones de los hermanos.

El desenlace mantiene esa dualidad. Es pesimista pero esperanzador. En una secuencia maestra (de los mejores finales que he visto) El hermano que ha roto la endogamia familiar le explica al testigo mudo que es el hermano menor (y que tal vez represente al espectador) que en el futuro entenderá su acción, mientras se aleja para volver a la fábrica (como miembro de la sociedad en vez de la familia), mientras, el rostro de Rocco ocupa las portadas de las revistas en un kiosco como testigo mudo (ganador y perdedor al mismo tiempo) de lo que ha sucedido, y el chaval se aleja hacia el futuro que él mismo representa (la esperanza).

A nivel técnico e interpretativo la película alcanza cotas impresionantes. El trío protagonista está sencillamente espectacular. La música de Nino Rota acompaña todo el metraje dando el ambiente perfecto al drama. La fotografía en blanco y negro de Giuseppe Rotunno es brutal, con especial atención a la composición, y a esos primeros planos del ángel Delon que luego han sido imitados tanto por el cine americano. El guión a cinco manos, Cecchi d´Amico, Festa Campanile, Medioli, Franciosa el propio Visconti, basado en el relato de Giovanni Testori, tiene el don de mantener en todo lo alto una trama que se sigue con interés a pesar de las casi tres horas, además de trasmitir los sentimientos y el trasfondo social de la época. Todo el conjunto está tan equilibrado que después de ver esta película, cosas como Trasformers 2 pierden completamente el sentido... si es que en algún momento lo tuvieron.

Víctor Gualda

miércoles, 18 de noviembre de 2009

LA ULTIMA NOCHE

La idea original era ver la recién llegada “Mas allá de la duda” con Michael Douglas. La sorpresa de encontrarme un telefilm de dudosa calidad, con un guión previsible, una realización digital casi patética, y unas interpretaciones lamentables, duró quince minutos. Así que recordé que había dos peticiones en el blog para revisar un par de películas “La cortina de humo” y “La última noche”. La primera me resultó en su momento algo aburrida, así que me decidí por “La última noche”. Si el recuerdo que tenía era que se trataba de una buena película, después de volver a verla, puedo decir que se trata de un peliculón.

Lo primero que hay que destacar de Spike Lee, es que aparte de revindicar a los afroamericanos en sus films, es un gran contador de historias. Un tipo con un sentido de la narración casi literario que sabe imprimir su sello personal en la historia entregándose a los personajes, y utilizando la trama como medio en vez de cómo fin. Es decir, realiza películas comerciales y entretenidas, pero invita a reflexionar sobre los temas que plantea a través de los personajes (algo poco común en el cine made in Hollywood, demasiado preocupado en entretener). Sus películas son fáciles de contextualizar en momentos históricos concretos y hablan de los problemas que provocan en la sociedad a través del individuo. En este caso se trata de uno de los primeros dramas ambientados en Nueva York después de los atentados del 11 de septiembre, y el ambiente pesimista y desesperanzador sobrevuela todo el metraje, con un par de secuencias concretas, y en las actitudes de los protagonistas ante las situaciones personales que viven cada uno de ellos.

La trama sobre la que se sustenta este ambiente es sencilla y correcta. La información esta distribuida a lo largo de metraje sin precipitaciones, con una concepción de ritmo fantástica. Director y guionista (David Benioff) nos hablan de personajes. Sabemos a través de una secuencia de presentación que Monty (Edgard Norton) es un buen tipo que tiene tendencia a meterse en problemas. Conocemos a su novia (la espectacular Rosario Dawson, elemento racial del film) conocemos a sus amigos del instituto que aparentemente tienen poco que ver con él. Un corredor de bolsa tiburón agresivo y ambicioso (fantástico Barry Pepper) y un profesor de instituto Philip Seymour Hoffman reprimido y atraído por una alumna peligrosa, Anna Paquin. En los puntos de giro, y a través de flash-backs introducidos puntualmente, pero con muy buen criterio, recibimos la información que nos pone en situación. Todo se desarrolla a lo largo de una noche. La despedida de la vida/libertad obliga a poner las cosas en su sitio. A saber quien es quien realmente, a quitar las mascaras que sirven de defensas de los personajes con el mundo de “ahí fuera”. El interés se sustenta en saber quien fue el culpable, en saber cuales son los sentimientos reales. En hacer un viaje iniciático con los personajes por la noche que les obligue a decir la verdad por vez primera en muchos años. Todo lo demás es fino envoltorio que se dibuja a través de una estructura dramática sin grandes sorpresas. Un par de secuencias resultonas como la del monologo de Norton en el cuarto de baño, que habla del odio y que resulta un tanto artificial (tal vez por su colocación en el corte final), o la del epilogo que le da al espectador la opción de elegir la esperanza como única salida, no desmerecen una reflexión profunda de un país desconcertado que se busca a si mismo tras los atentados

Si tuviera que ponerle un pero a la película, sólo me atrevería a hacerlo en la realización/montaje (ojo: la fotografía de Rodrigo Prieto es fantástica). Demasiados planos innecesarios en algunas secuencias para darle ritmo, que resultan gratuitos. Mirar a través de la cámara a los personajes no quiere decir que haya que hacerlo desde todos los ángulos posibles (por mucho que esté emparentado con la idea última) porque nos hacen conscientes de la presencia del director. Es como si tuviese la necesidad de decir “estoy aquí”, cuando las maravillosas interpretaciones te sumergen sin artificios. También lo son los subrayados de nuevo de montaje con planos que repiten la acción en momentos importantes. Esos recursos se quedan anticuados antes de estar de moda. Pero es igual, porque los actores y la historia te meten de lleno y te olvidas para disfrutar. Un diez a esta película que recomiendo revisar ahora que contamos con un elemento de juicio más; la perspectiva del tiempo.

Víctor Gualda.

sábado, 14 de noviembre de 2009

POLICIA PYTHON 357

Parece que La Devedeteca ha decidido recobrar el viejo impulso de adquirir fondo de catálogo en detrimento de tanta novedad de dudosa calidad como se está editando. Creo que unos cuantos lo agradeceremos. En los últimos meses han entrado títulos fantásticos entre los que quiero destacar una de las obras maestras de Melville “Bob el jugador” , pero también otras como “Klute”, “A quemarropa”, o una decena de películas protagonizadas por Delon o Belmondo. Esta semana nos llega la magnifica “Policia Python 357”.

La película de Alain Corneau, interpretada por el mítico Yves Montand, sigue la tradición de cine negro francés e incorpora elementos nuevos que tratan de adaptarla al cine “moderno” de la época. Tal vez precisamente esa modernidad sea lo más fallido de la cinta. El arranque es lento, y lo es por una cuestión de tradición. El director se entretiene un tercio de película en presentarnos al duro policía que no lo es tanto cuando se enfrenta a un enemigo implacable. El amor. Y es precisamente esa debilidad lo que favorece al personaje de Montand, que tiene un rostro que se adapta a la perfección a estos personajes bidimensionales cuando se trata de enamorarse de la mujer equivocada. El policía se vuelve vulnerable. Lastima que la partenaire no esté a la altura de un papel casi caramelo de esos que se quedan en la memoria. La ¿actriz? Stefania Sandrelli es un tópico que no sabe sacar rendimiento a la cruda redención que le da la oportunidad de huir de su pasado en la trama. Por eso se agradece el desenlace de su personaje en el primer tramo de película.

Una vez que todo está en orden, empieza lo realmente interesante de la historia. El falso culpable tradicional que tiene que esquivar el destino para demostrar que estaba en el lugar equivocado en el peor momento posible. Este segundo tercio de película alcanza la maestría sin lugar a dudas. La tensión que acumula el fantástico triangulo no tiene desperdicio, tampoco el suspense que nos acerca al protagonista. Los otros lados del triangulo son François Perier y sobre todo el oscuro papel de Simone Signoret, mujer en la vida real de Montand, que interpreta aquí un personaje lleno de matices a pesar de la inmovilidad que la mantienen entre una silla de ruedas y una cama. Resulta curioso que un personaje tan pequeño resulte tan revelador. Representante de una clase social diferente, sus comportamientos sutiles nos resultan extraños en un mundo dominado por hombres armados que resuelven sus diferencias pistola en mano. Aunque lo intuimos, sólo en el desenlace del segundo tercio entendemos que en realidad el tema de la película no es otro que el amor sin condiciones. También resulta maestro el desenlace aquí del policía que está dispuesto a perder su identidad a cambio de su libertad. La diferencia entre Signoret y Montand, es que ella está dispuesta a perderlo todo, y él sólo está dispuesto a sufrir un rato

Pero como la película hay que terminarla como marcan las nuevas convenciones del género, si es posible con una secuencia de peligro máximo en la que el protagonista se juegue el tipo, y demuestre que moralmente es intachable, el director se adapta a los tiempos que corren para expiar los pecados del policía dispuesto a jugarse la vida por sus compañeros. Es esta parte la que lastra todo el metraje. Es innecesaria por moderna, (por tanto la que se ha quedado más antigua) y el camino a la redención no es más que un tópico, sólo una suerte similar a la de su amada hubiese convertido esta buena película en una obra maestra incuestionable, y resulta fallida una subtrama con personajes nuevos y despersonalizados a estas alturas de metraje. Aun así, esta película resulta imprescindible para aquellos directores futuros que quieran aprender y entender un género historiadamente francés, pero que funciona y gusta por igual en cualquier latitud.

Víctor Gualda.

martes, 10 de noviembre de 2009

RADIO ENCUBIERTA

Casi al comienzo de la película, el personaje del político interpretado por Kenneth Branagh dice en uno de sus diálogos –“…esa es la ventaja de ser el gobierno, si no nos gusta algo, aprobamos una ley que lo declare ilegal”- era el año 1966 y como reza un crédito al comienzo del metraje, la BBC solo emitía dos horas de rock and roll a la semana. Emisoras piratas desde barcos en el mar del norte emitían veinticuatro horas de música con audiencias de veinte millones de oyentes. Cuando da fin el metraje en 1967 se convertían en legales, y se crearon 299 emisoras de música. Han pasado más de cuarenta años, y los gobiernos han entendido el mensaje de que la voluntad del individuo es inquebrantable, sólo que ahora los métodos son más encubiertos y van recortando lentamente los derechos enmarcándolos en “el estado de derecho”. Que no es otra cosa que la ley que como entonces utilizan los políticos a conveniencia. Esta película además de un homenaje a la música, es un recordatorio de que siempre hay gente dispuesta a luchar por su verdad hasta las últimas consecuencias y de que lo que al final prevalece es la voluntad del individuo cuando se une.

La estructura no es de libro. Se trata de una película probablemente menor, en tono de comedia y coral, en la que el espectador comparte las inmensas ganas de ser libres de los personajes. Toda la estructura está basada en pequeños conflictos de los protagonistas entre ellos o con el “mundo exterior”, los temas como el amor, la amistad, la competencia, la búsqueda de uno mismo, están tratados con una amabilidad excesiva, y sólo un Branagh antagonista y sobreactuado como representante del gobierno, será el que de linealidad a un argumento basado en esas pequeñas anécdotas de los personajes. Por encima de todos ellos, el siempre en estado de gracia Philip Seymour Hoffman como líder carismático de la tripulación, pero no nos equivoquemos, el reparto con Tom Sturridge, Bill Nighy, Nick Frost, Chris O´Dowd entre otros, es maravilloso, y cada uno de ellos tiene su peso en la deslavazada trama. La música, temas ya clásicos en la historia del pop-rock, acompañan todo el viaje, dando una impresión de frescura y naturalidad.

Así, la trama sin más hilo conductor que la lucha del gobierno por cerrarles el chiringuito que en principio resulta algo insulsa y lenta, va perdiendo terreno porque los personajes acaban atrapándote y pides más. Tanto, que al revisar los extras, te encuentras con una grata sorpresa. Casi cuarenta minutos de secuencias recortadas del total, pero que al contrario que en otras películas, aquí son escenas que hubiesen encajado a la perfección en el metraje. Casi te apetece que la película hubiese durado cuatro horas, o que hubiesen hecho una serie con los mismos personajes. Las desventuras amorosas de Sturridge para perder la virginidad y encontrar a su padre, con el cameo de Emma Thompson como madre. Las luchas de ego entre Seymour Hoffman y Frost por ser el mejor dj, o el drama de O´Dowd por encontrar la mujer de su vida son los conflictos principales, y uno a uno todos los personajes que habitan en el radio rock. Por otro lado es una de sus virtudes que en todo el metraje nuestros protagonistas no abandonan el barco, a excepción de la secuencia de la despedida de soltero, en la que hay suprimido parte del monólogo en el que Seymour Hoffman les lleva a Abbey Road y que sirve de homenaje especial a los Beatles, por eso no se entiende que este fragmento se haya robado del corte final.

No soy un fanático de la música, pero es fácil identificarse con este grupo humano que no sólo rinde homenaje a la música, sino a la libertad, en una película sin dramatismos, llena de aventuras divertidas y que hace pasar un rato agradable. Una película amable dirigida por el amable Richard Curtis (Love Actually) Una película de esas que merece un hueco en las estanterías de tu colección, por tratar el tema generacional y que trasmite a la perfección el ideal de la época con la música como excusa, pero que va más allá siendo un alegato del amor libre y de la diversión por encima de todo. Lo dice el personaje de Seymour Hoffman (más o menos) -“Estamos viviendo los mejores años de nuestra vida. Después de esto, todo ira hacia abajo”.

Víctor Gualda.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

CALIFORNICATION

Vuelve el intrépido agente Mulder-Duchovny. Solo que ahora ha decidido dedicarse a la escritura creativa y convertirse en megaestrella de la literatura americana. De hecho, en el arranque de la serie ya ha triunfado, se ha hecho una película de su libro (muy divertida la crítica a Hollywood en el título. El libro se llama “Dios nos odia a todos”, y la peli “Una cosita llamada amor”), se ha trasladado desde NY a LA con su novia y su hija, que por cierto han tenido tiempo de dejarle, y él, tiempo para follarse a media ciudad y a perderlo casi todo. En definitiva, personaje saco de estereotipos, pero que funcionan a la perfección gracias al tono cómico, a que es una perdedor/ganador, y a que no se sienta delante del ordenador a escribir ni en tres secuencias en las dos primeras temporadas. A pesar de lo previsible, tengo que recomendar ver la serie porque merece la pena echarse unas risas a costa de las desgracias que generan situaciones a veces cómicas a veces bizarras, al bueno de Hank Moody.

Desde luego, como sucede en la mayoría de las series, la primera temporada es la más interesante. El primer capítulo, que tal vez abusa demasiado del sexo, es descojonante. La presentación de Hank/Duchovny es divertidísima, e inmediatamente sentimos empatía por el desastroso escritor. La temporada avanza a toda velocidad, y los personajes comparsa del protagonista apenas tienen otra función que la de reforzar el caos en el que vive el personaje. Su ex novia y madre de su hija (Natascha McElhone y Madeleine Martin) son las motoras del conflicto principal. Su misión de recuperarlas no es tan sencilla como en un principio pinta porque ella se va a casar con otro tipo, que además es un triunfador. Por medio la familia de su antagonista. Su hija de dieciséis años que propiciará alguna de las más interesantes situaciones y pondrá en mil y un apuros al prota, además de introducir una subtrama que enganchará con la segunda. Por otro lado su representante Charlie (Evan Handler), desarrollado con sus propias subtramas a través de su ambiciosa secretaria primero, y de su mujer después. Tal vez es el personaje que más evoluciona, sencillamente porque todo el peso en Duchovnick acabaría quemando al personaje principal.

La primera temporada cierra con un desenlace que podría corresponder al de una película. Las expectativas están en todo lo alto, pero la segunda retoma desde cero tanto en tramas como en ritmo. Un nuevo personaje, en este caso un rockero (mejor dicho productor de rock) que quiere una biografía interpretada por el mítico escritor, está metida con calzador, pero dará pie a nuevas aventuras. El trasfondo y tema principal de la identidad y la idea de volver a los orígenes son a priori temas interesantes, lastima que las necesidades de entretener aplasten ese trasfondo. Además los guionistas reventaron la premisa que siempre funciona en las series de dilatar la tensión sexual entre Hank y su ex a las primeras de cambio, y en esta segunda entrega la relación se vuelve monótona. Sabemos que no será capaz de mantener lo que tiene y que sólo es una cuestión de tiempo que Moody meta el cazo. Situaciones divertidas que utilizan una y otra vez el manido recurso de planteamiento-tensión-resolución-situación ridícula y comprometida, siguen funcionando ya que la repetición es un recurso como otro cualquiera, pero al final, de manera estúpida y forzada cometen la equivocación de eliminar el personaje de McElhone. Al menos sabemos que cuando llegue la tercera temporada, Hank tendrá campo abierto para meterse en mil y un nuevos líos de faldas.

En cuanto a los diálogos, la primera está plagada de buenos textos que Duchovny sabe aprovechar porque están construidos como un traje a medida. Incluso la reflexión en forma de voz en off trascendental y reflexiva funciona. Pero debieron pensar que el éxito de la serie, que se emite por cable en EEUU (nunca se podría trasmitir en una cadena pública por los continuos tacos y escenas de cama, drogas etc) estaba basado en el gag continuo del perdedor simpático, y precisamente su interés estaba y está, en que el personaje es una niño grande que quiere ser otra persona distinta de lo que es, pero al que su propia personalidad le impide evolucionar. Corre el riesgo esta Cali-fornication de estancarse por perder la perspectiva del contraste del que el espectador es complice. De momento ya se emite en EEUU la tercera temporada, así que sólo resta esperar.

Víctor Gualda.

martes, 27 de octubre de 2009

EL SECRETO DE SUS OJOS

Campanella vuelve al cine con un pseudos-thriller-drama adaptación de la novela de Eduardo Sacheri “La pregunta de sus ojos”. Como protagonista, su actor fetiche, un grandísimo Ricardo Darin en el papel de un carismático oficial de juzgado, que se toma como algo personal la aparición de una joven violada y asesinada. Si bien los críticos coinciden en señalar que se trata de un gran trabajo, alguno se preguntaba cómo no se llevó algún reconocimiento en el pasado festival de San Sebastián. La respuesta es sencilla. Porque es comercial y sobre todo una película de género, y los miembros de los jurados parecen tener tendencia a premiar dramas y cuanto más de autor, mejor. Poco importa la crítica a las instituciones argentinas que esconde la cinta, la corrupción que permite a asesinos estar en la calle, o la tensión social instalada en el miedo. Lo único que importa para conseguir premios desde hace años en los festivales de categoría A, es que la película sea sufrida desesperante lenta y sin ambición descarada.

En realidad, la película de Campanella no tiene los secretos que su título indica. Es una buena película, pero sustentada en las convencionalismos del cine americano. Se nota la buena mano del director dominando los tempos dramáticos, mezclando los géneros, adaptando junto al autor la novela. La estructura es sencilla. Por un lado la llegada de una nueva jefa (Soledad Villamil), que pertenece a una clase social distinta (otro de los temas presentes) a la oficina, y la relación que se establecerá con el protagonista. Por otra, la relación de este mismo con su amigo y compañero alcohólico (Guillermo Francella), por otro la aparición del cuerpo sin vida de una joven que remueve por dentro al personaje de Darín, y la aparición del peculiar marido de la víctima (Pablo Rago). Una vez establecido el entorno da comienzo la investigación. No está llevada de forma obsesiva como hacen los americanos dejando de lado que el personaje principal tiene además de un caso, una vida. Más bien “El secreto…” se sustentará en el carisma y cabezonería del protagonista, ya que el giro de la fotografía que da título al film es demasiado casual, y mil veces utilizado. También lo es antes el antagonismo que produce la integridad del “héroe” en algunos compañeros de trabajo. Incluso la forma en la que los protagonistas provocan al presunto homicida. Lo que hay que reconocerle al director es su manejo del ritmo y la información, y la capacidad de producir emociones con clichés que maneja a su antojo y con soltura.

Además, lo que en una película americana convencional seria el clímax y final del drama, aquí produce una desazón de impotencia ante la injusticia, lo que lleva a un nuevo acto en el que la tensión ha disminuido, pero es remontada ante un nuevo conflicto mucho más personal. Y es que una película no está terminada hasta que no llega al final. Y es aquí donde más se ven los andamios de la estructura. Por un lado, aunque no lo había comentado, todo es un gran flash-back que retoma ahora el protagonista ante el caso irresuelto (lógicamente hasta el final del segundo acto), por otro la secuencia heroica de Francella como personaje apoyo. Por otro las trampas que utiliza el director para despistar al espectador distinguiendo entre realidad y ficción (lo peor de la película bajo mi punto de vista), pero que condicionan mediante la trampa. Por otro la resolución fantástica e inesperada que invita a la reflexión, y finalmente como epílogo convencional y concesión al espectador, la resolución de la tensión sexual que se come todo lo demás y deja satisfecho al personal.

Una gran película, combinación perfecta entre lo anglosajón y lo latino con participación de Tornasol, que parece que es la única productora en nuestro país con la capacidad de poner dinero para hacer buen cine, aunque eso si, arriesgando poco.

Víctor Gualda.

viernes, 23 de octubre de 2009

SI LA COSA FUNCIONA

Woody Allen ha vuelto con su entrega anual. Irónica comedia sobre el destino, que tiene la peculiaridad de llevar escrita casi treinta años y que rompe con la dinámica de su “etapa” de películas rodadas fuera de Estados Unidos. Pero en realidad esto no es extraño. Allen decidió lanzarse a rodar fuera de su querido Nueva York no por interés de conocer y ahondar en nuevas culturas, sino porque sus condiciones con las mayors americanas estaban cambiando. A sus presupuestos reducidos habituales, había que añadir el poco rendimiento en taquilla en su propio país, así como el control y por ende la necesidad opinar que suelen tener los que ponen la pasta.

Me resulta curioso que la mayoría de los críticos hayan coincidido en señalar que la vuelta a sus convencionalismos les ha fascinado. Es como si el viejo Allen fuera preso de su leyenda, y al salirse de la guía marcada hubiese perdido calidad. No puedo estar de acuerdo. Personalmente me parece que Allen se ha ido adaptando a los nuevos tiempos y al nuevo mercado y busca su sitio en él. A lo largo de su carrera, el director ha experimentado cambios en sus intereses que han supuesto una evolución en su cine. No diré que esta haya supuesto una involución, pero si que me atrevo a decir que me parece una película desubicada en su trayectoria y que su estructura me parece antigua. Es fácil distinguir los chistes que pertenecen al guión original y los que están adaptados a la actualidad, y personalmente me resultan algo forzados. Reconozco su merito, y el mismo Allen explica en repetidas ocasiones en el libro de conversaciones con Eric Lax (Lumen), que recicla sus ideas en una cajón para retomarlas si fuera necesario. Igual es que sencillamente no soy mitómano, y Larry David nunca me ha parecido demasiado gracioso, por mucho que Seindfield o su propio show sea “lo más” del humor, pero insito en que personalmente no me ha resultado tan buena por mucho que la cosa funcione con los críticos europeos.

Lo primero que llama la atención del guión es un recurso que puede parecer original, pero que desde luego no es nuevo ni para el público ni para el propio Allen. El protagonista rompe la cuarta pared para involucrarnos en la historia y convertirnos en cómplices por medio del monologo, solo que nosotros no estamos en un bar y el cómico en el escenario, sino que a través de la comedia, que como es natural es el tono elegido, el público entra en la historia con jabón. Más al estar reforzada por la actitud nihilista y egomaniaca de su protagonista. El personaje interpretado por David y escrito al parecer originalmente para Zero Mostel es el alter ego perfecto del director en aquella época en la que a través de los propios defectos del personaje creado para él, pero adaptado a la cáustica personalidad de David, componen un antiheroe igual de histriónico pero distinto de personalidad al que hizo famoso al director. En vez de despistado e hipocondríaco, es negativo, cínico y con una concepción de si mismo alejada de la realidad. Por eso las secuencias de humor cuando aparece la inocente sureña Melody (Evan Rachel Wood) funcionan tan bien, por puro contraste. Pero lo curioso de la estructura no se encuentra en el antagonismo de personalidades diferentes pero compatibles de ambos, sino en que los originalmente protagonistas no lo son. Una vez que la situación entre ambos está normalizada, el director y guionista introduce nuevos elementos de conflicto, que roban el punto de vista principal. Primero Patricia Clarkson, luego Ed Begley y por medio Henry Cavill, son los protagonistas de esta especie de escalera que forman las tramas secundarias para luego cerrar el circulo de nuevo con Larry David como narrador adaptando el monologista (la trama como monólogo) y terminando con el mismo recurso con el que comenzó.

Tal vez lo que no me haya convencido sea la perdida de protagonismo de David en el centro de la trama con el consiguiente sentido de cambio de estilo de comedia, que pasa a convertirse en comedia de situación con la extraña evolución de los personajes, conservadores pueblerinos y republicanos a postmodernos desubicados más que democratas, y ese halo positivo que hace que el personaje principal evolucione a través del destino y todo acabe bien. Tal vez hubiese preferido que el descarnado sentido del humor del protagonista hubiese hecho que la situación se le fuera de las manos y después de pensar que todo acaba funcionando, hubiese vuelto a los orígenes del personaje, pero el caso es que esperaba más, o sencillamente otra cosa.

Por si acaso estaba condicionado por mis propias expectativas volveré a ver esta película cuando salga en DVD a ver si me sucede como con “Desmontado a Harry” que me pareció mejor la segunda que la primera vez, y de paso a ver si la imagen está mas cuidada, porque la fotografía de Harris Sabides, aparte de la calidez propia de todas las pelis del director, tenia planos completamente desenfocados y mal encuadrados. Creo que la película está funcionando bastante bien en taquilla, así que recurriendo al tópico fácil, si la cosa funciona…

Víctor Gualda.

lunes, 19 de octubre de 2009

TETRO

No me voy a cortar. Tetro me ha vuelto a reconciliar con el cine. Pero el cine de verdad, el que personalmente me mueve. Aquel que cuenta historias cercanas, el de personajes. En el que se encuentran los conflictos verdaderos. Familias, amigos, la vida. Aquel en el que el antagonista es uno mismo, en el que el mayor reto es el viaje personal hacia los propios infiernos del ser humano sin elementos extraños e impostados que nos hacen reflexionar sobre la sociedad, olvidando que la sociedad se compone de individuos con conflictos propios todavía sin resolver.

Creo que Francis Ford Coppola es uno de los pocos genios vivos. Consciente de que su llama se apaga ha decidido reinventarse. Y cuando una llega a la cima es complicado hacer un ejercicio de autocrítica, un ejercicio de análisis interior para lanzarse a la reinvención. Eso es precisamente lo que hace el director, volver a los orígenes y comenzar de cero. Muchos dicen y dirán que el intento es fallido, que ha perdido la frescura, que esperaban mucho más. Pero pocos tienen las pelotas de hacer el viaje de Dante y rebuscar entre sus cenizas lo que queda de lo que les convirtió en lo que ahora son, o de lo que siempre quisieron ser. Coppola si. Él está dispuesto bajar del pedestal y buscar sus orígenes. Algo es cierto. Ya no tiene treinta años y el camino es más arduo porque las energías no son las mismas. Tampoco tiene los colaboradores ni el presupuesto. Dirán que su “nuevo” cine es impostado. Que resulta arcaico. Que es cartón piedra. Yo les digo que se equivocan. Tetro es Coppolla. Tetro es un genio maldito que tiene que luchar con su propia leyenda. La misma que le condiciona y le bloquea. Pero el Tetro personaje tiene una cuenta pendiente. Sus propios fantasmas le atormentan, y cuando sea capaz de enfrentarse a ellos será capaz de asumir su rol que no es el de mito, sino el de hombre. Y como en una tragedia griega, será a través de la sangre como lo consiga. A través de sus herederos que son su extensión. Pero ellos no tienen las cadenas de La Culpa. Toda una metáfora de su propia vida. El gran tema del cine del director que no puede esquivar sus orígenes ítaloamericanos. Por eso cuando el símbolo de la pierna inmóvil se traspasa de generación en generación el sucesor no tiene los miedos que le atenacen y se lanzará al vacío, y allí se encuentra la dura verdad que se alcanza en el clímax. Un clímax arduo y duro, nada impostado. Apenas una declaración. Son los efectos devastadores lo que falla del metraje. El final está demasiado lejos del giro y sólo ha sido sugerido. Por eso el final es eterno. Porque no entendemos que hay una batuta de director de orquesta que hay que romper, un yugo que aplasta a todos. Hay pocos directores que dominen el símbolo como lo hace Coppola. Pocos que sean tan cinéfilos. Menos aun que trasladen con soltura el símbolo a la historia. Y eso es lo que hace grande al director. Su capacidad para trascender la imagen y el maravilloso encuadre a la historia, al símbolo, al cine y por último a la vida. No es casual. No es impostado. No es un mero melodrama que algún descastado ha querido comparar con Almodovar. Almodovar se queda en la superficie. Coppola es una carga de profundidad al alcance de los que aman tanto el cine como la capacidad de contar historias con sinceridad.

Tetro es el héroe, el mito, Verdú el bastón sobre el que se apoya, Benni (Alden Ehrenreich) el heredero, la nueva conciencia, la frescura, el faro que ilumina mientras recorre su propio viaje iniciático hacia la madurez. Maura es la sacerdotisa puente entre los dioses y los hombres, entre la realidad y la ficción. Desaprovechada por su histrionismo. No creo que supiese ni de que iba el personaje y es junto a algunos tramos del guión lo único que ensombrece la película. Lo que me resulta curioso es que Coppola haya tenido que huir de Hollywood (en realidad no tanto, porque este tipo de cine está desterrado allí) para hacer esta película. Y más curioso aun, que Tornasol haya sido la productora que ha cofinanciado. Creo que no leyeron el guión, que se dejaron llevar por el nombre, porque no recuerdo ni una sola película de la productora que arriesgue en la historia lo que arriesga Herrero en esta (más viendo el cine que se autoproduce como director absolutamente carente de sangre). Mi última frase de la crítica se la quiero dedicar a Mihai Malaimare Jr por su fotografía maravillosa y a ambos directores por el encuadre (que no el plano), porque contracorriente consiguen el encuadre más estético que he visto posiblemente en los últimos diez años.

Víctor Gualda.

martes, 13 de octubre de 2009

AGORA

Las malas críticas que ha recibido la nueva película de Amenabar, no han impedido que “Agora” haga una recaudación espectacular en el primer fin de semana de proyección. Se hablan de cuatro millones y pico incluyendo el lunes festivo. Lo que la equipara con otros estrenos made in Hollywood del año. Pero el problema es que es imposible recuperar los 50 presuntos millones de coste sólo con la distribución en nuestro país. La idea es sencilla. Habiéndola rodado en Ingles y con una estrella Hollywood, la distribución americana hubiese hecho al menos recuperar fácilmente la inversión. Aunque en España la Fox ha sido la distribuidora, de momento parece que no hay empresa que se preste a asumir el riesgo al otro lado del charco.

Pero analicemos porque ha recibido tan mala crítica. El problema principal de la cinta es que no emociona. Amenabar ha preferido ser fiel a una de las versiones históricas que circulan sobre Hipatia antes que involucrarla emocionalmente en la trama. Así, la verdadera protagonista del film no es ella, sino la extensión por la fuerza del cristianismo, y como trama emocional, el amor secreto que siente por ella el primero esclavo y luego “soldado de dios” Davo (Max Minguella). Al ser un actor menos conocido, el punto de vista principal se mantiene casi todo el tiempo con ella, pero en realidad el antagonismo entre él y Orestes (Oscar Isaac) por el amor de la científica formando el triangulo clásico es lo que mueve este segmento de trama. Hipatia no llega a involucrarse casi en ningún momento en lo que convencionalmente seria el trasfondo, y aquí es la trama principal del cristianismo la que arrasa con todo.

No es de extrañar el temor ante los conservadores americanos, porque la carga crítica sobre la religión, y por mucho que se empeñe Alejandro en concreto contra los católicos, le puede hacer un flaco favor. Pero tengo que romper una lanza a favor de él, porque si bien es cierto que todos los extremismos son peligrosos y se tocan, en Agora, el retrato de los cristianos es devastador, y esa actitud me parece, por poco común, muy valiente. De hecho me extraña que los católicos y en concreto la iglesia, no mande a sus perros a quemar cines. Así, la película está dividida en bloques perfectamente diferenciados. Primero la presentación de Alejandría como ciudad cosmopolita que atrae y comparte diferentes cultos. La creciente fe cristina que va arrasando intolerante con otras creencias. En el primer bloque el enemigo a eliminar son los paganos. Aquellos que tradicionalmente habían sido los dioses del imperio, ahora son ilegítimos y la religión monoteísta se ha extendido entre las clases bajas. No es de extrañar que ante una provocación arrasen con la biblioteca de Alejandría, en una secuencia épica que sirve de denuncia ante la intolerancia. La ciencia retrocede y poco a poco se va convirtiendo en algo prohibido por atentar contra los intereses cristianos.

El segundo bloque, cerrado de forma un tanto extraña (porque no se entienden bien las consecuencias y todo parece volver a la normalidad) está dedicado a la eliminación de los judíos. De nuevo la intolerancia arrasa y pone contra la espada y la pared al prefecto que no es otro que Orestes, uno de los pretendientes de Hipatia. En este punto, hay que reconocer la habilidad para mostrar la ética de las clases dirigentes, que se adaptan a la nueva religión para mantenerse en la cúpula de poder y que a las clases sociales dirigentes, siempre tienen acceso los mismos. Finalmente un último bloque contra Hipatia, por su condición de científica, pero sobre todo de mujer, ya que no hubo más muertes en la escuela de Alejandría, que se mantuvo hasta el siglo VII.

Esta claro que los bloques están perfectamente definidos y estructurados, pero eso no es suficiente para el crítico consciente, y tal vez para el espectador inconsciente. El espectador necesita involucrarse emocionalmente con su referente en pantalla, y mientras todos los acontecimientos suceden, la protagonista vive en un mundo paralelo que la aleja de la realidad. Las explicaciones simplificadas pero atentas para descubrir el funcionamiento del universo son fantásticas, pero nuestra protagonista debería sentir, porque su autoexclusión ralentiza la acción. Tal vez el personaje real muriera virgen como se mantiene, pero en una ficción no necesitamos el cuerpo, pero si al menos la intención, que puede ser frustrada, pero aquí ni siquiera se aprovecha. Por eso digo que Davo (y también Cirilo, en realidad el gran conspirador interpretado aquí por Sammy Samir) es el protagonista, porque el personaje más ficticio de todos, el puente entre la trama y el personaje/actor poco carismático, lleva la carga sobre sus espaldas de mantener el interés por el futuro de Hipatia. Queremos que consiga su objetivo, que la cuide ante la amenaza de los suyos, siempre respetándola a ella y a su trabajo, pero necesitamos su complicidad. Nada que ver. Weisz no entra en la trama más que en un par de secuencias, incluyendo el desenlace, y su fuerte carisma (que la hace una de las actrices más interesantes) se diluye.

Amenabar transmite esa sensación de distancia en las entrevistas, y extrapola su personalidad a la pantalla. Lo curioso es que en la realidad (perdón por interpretar al hombre) me consta que es sólo una actitud. Pero en pantalla todo parece una formula matemática que tiene que dar como resultado de la ecuación un film que funcione. No nos podemos sorprender, Amenabar siempre mantiene la distancia emocional de sus personajes en todas sus películas, haciendo valer el peso de la trama al más puro estilo americano.

Técnicamente la película es superior. No sé si los mejores planos están rodados por el coguionista Mateo Gil como afirma el director, si la película funciona mejor con los veinte minutos suprimidos después de su paso por Cannes, pero está claro que el dinero invertido está bien gastado. El dinero no se puede esconder, y los decorados, el vestuario, los extras, la ambientación en general, además del montaje y el ritmo son casi inmaculados. Y es que Amenabar es un técnico reputado que esta al nivel del mejor cine de presupuesto americano. Aquí se ha arriesgado hasta el límite con un peplum, tal vez el género más demodé. Pero lo ha hecho con cabeza, y estoy convencido que Tele5 conseguirá recuperar la inversión, y que finalmente los Weinstein se arriesgaran a la distribución igual que hicieron con “Los Otros”… y más después del triunfo en taquilla de “Malditos bastardos”. Personalmente el cine de Amenabar no es el que más me interesa, pero creo que merece la pena ver Agora en pantalla grande y que el director ocupa un rol necesario en nuestro lánguido panorama cinematográfico. Hay muchos que esperan que se la pegue (por cuestión de carácter patrio) otros que se arrimarán a la foto con la excusa de que sube la cuota de pantalla, pero Amenabar se mantiene integro y no se merece fracasar en esta película, porque ha demostrado que está a años luz de lo que se hace en nuestro país.

Víctor Gualda.

sábado, 10 de octubre de 2009

MISHIMA

Kimitake Hiraoka, más conocido como Yukio Mishima, es el escritor más destacado de la historia de Japón, y lo es por sus textos que le llevaron a estar nominado al premio novel en tres ocasiones, pero también lo es por su fascinante vida. Al menos así lo debió entender Paul Schrader cuando presentó este biopic en 1985. Pero la película del americano es más que una simple biografía. Es una película desde mi punto de vista fallida, pero interesante por lo bien recogidos que están los momentos más importantes de la vida del escritor, y la traslación de su obra al cine. Pero vayamos por partes.

Paul, Chieko y Leonard Schrader construyen una estructura clara y diáfana que dividen en cuatro capítulos. En todos ellos, el comienzo corresponde con los acontecimientos previos a su muerte, luego una parte autobiográfica rodada en blanco y negro planteada como flash-backs, y en los tres primeros, una traslación teatral de las obras que más autobiográficas de apenas quince minutos cada una, y que corresponden con momentos puntuales de su historia. Lo mejor es que a través de sus obras conocemos a la persona.

En la primera parte, acreditada como “Belleza”, nos muestran la infancia del personaje. Conocemos el trauma de Mishima por la influencia de una abuela castradora, que le reprime evitando que se relacione con otros niños porque según ella, él proviene de una saga de samuráis y es especial. Es entonces cuando a través de un teatro minimalista y que aúna la tradición estética japonesa con la más asequible occidental, el director traslada la obra “El pabellón dorado”. En ella vemos uno de los temas que obsesionan al escritor; y entendemos que la superación de sus complejos llegará a través de la belleza, con un alter ego tartamudo. Es bajo mi punto de vista el momento más conseguido de la película. Tal vez por la identificación Schrader, que siempre cuenta las consecuencias que produjo en su vida su propia educación calvinista.

Luego llegara el segundo bloque “Arte”. El personaje/persona crece en la obsesión de aunar la belleza física y su talento para la escritura. Pronto se obsesionará con el culturismo. El director ya había creado los antecedentes a través de la obsesión con un cuadro de San Sebastián en la primera parte. Es ahora cuando decide convertirse en el propio San Sebastián. Para alcanzar la perfección del alma, parece querer decir que antes hay que alcanzar la perfección del cuerpo. Todo en él es extremo. El director muestra la homosexualidad del personaje y su obsesión con la inmortalidad. El paso del tiempo le hace consciente de la imposibilidad, y se impone como meta además de ser traducido en todo occidente, la traslación a la pantalla de “La casa de Kioko” otra vez retoma los datos autobiográficos a través del teatro. Yo no había visto “Mishima” hasta ahora, pero se reconoce claramente la influencia que Schrader ejerció sobre Lars Von Trier, porque las secuencias cada vez se parecen más a lo que luego se tachó de original en “Dogville”, que no resulta más que una puesta a punto del mismo y premiado estilo estético.

Será entonces cuando aborde la “Acción” y su símil literario “Caballos desbocados”. Conoceremos el fin último del escritor de restablecer el código del samurai. Crea su propio ejército personal y su propio código de conducta, así como una secta o como una especie de sociedad masónica de la que él es el gran maestre, que llamará “la sociedad del escudo” y se impone la meta paternalista de restablecer la moral de Japón. En realidad su propia moral heredada de los códigos del samurai, de la que él se erige como iluminado. Él personaje entiende que sólo a través de la acción se puede alcanzar el arte, lo que dará paso al final del flash-back, y a su encuentro con el presente y con la realidad. Eso sucederá en el cuarto capítulo “Armonía entre la espada y la pluma” El secuestro del general, y la reacción al discurso ante las tropas le sumen en una realidad que según su código no puede soportar. Mishima ha vivido tan encerrado en si mismo que es incapaz de entender que la sociedad japonesa, influenciada por occidente, ya no tiene los códigos morales que él defiende, lo que le lleva al Suppuru público el 25 de noviembre de 1970. Justo antes, le vemos mandar a la editorial su obra póstuma “La corrupción de un ángel”.

Pero a pesar de lo escrupulosa de la estructura, de las buenas interpretaciones en general, de la famosa estética formada por la fotografía de John Bailey, escenografía de Eiko Ishoka y la banda sonora demasiado new age para mi gusto de Philip Glass, que le valió a “Mishima” el premio a la mejor contribución artística en Cannes 1985, de lo detallado de la vida del escritor, de la buena condensación de obra y hechos, me quedo con la impresión que casi siempre me producen los biopics. Que les falta vida, frescura. En realidad la película me parece interesante por conocer al personaje, pero a nivel de cinematográfico me parece como esta crítica, narrativa pero sin emoción. Me pareció por ejemplo, y sin ánimo de comparar, que el desarrollo del personaje de “Control” (también biográfica) llegaba más al espectador. Que tal vez por la empatía que produce la proximidad, es más fácil entender al personaje de Ian Curtis que al de Mishima. Y a pesar de que las comparaciones son odiosas, los personajes atormentados con conflicto interior siempre son atractivos, aunque no siempre funcionan con el espectador. Y por último me quedo con la impresión de que esta resulta la película menos personal de Schrader. Aún así, me parece que todo buen aficionado al cine debería verla al menos una vez ahora que se ha editado en dvd.

Víctor Gualda.