Por Javier Martinez
“Lentejas; si quieres las comes, y si no, las dejas.” Prometo haber escuchado esta frase tan castiza en boca de uno de los personajes de la película Shadows (1959), dirigida por John Cassavetes, padre del cine indie (por independiente de los grandes estudios) americano. Si alguien no lo cree, al DVD me remito. No sé si Cassavetes —más conocido por su faceta de actor en películas como Doce del patíbulo o La semilla del diablo— visitó alguna vez España; no obstante, apostaría mi brazo izquierdo a que no era conocedor de nuestro refranero popular. Recuerdo que vi esta película en el cine de verano que habilita la Universidad Complutense en su Jardín Botánico, y que, tras un amago inicial en el que todo parecía ir como mi amigo y yo esperábamos, los responsables del proyector corrigieron el “error” y nos deleitaron con la versión doblada de dicha película. Unos diez minutos después y tras unas líneas de diálogo, se comenzaron a escuchar airadas protestas de un sector del público asistente. Recuerdo una que se me quedó grabada a fuego por su tono, mezcla de indignación y comicidad, y que decía: “¡¡Esto es mentira!!”. Por fin escuchaba a alguien levantar la voz ante un tema que, a sabiendas de que ha sido y sigue siendo polémico, siempre se ha tratado con desdén por considerarse fútil, pese a que esté alimentando a toda una fuerte industria en nuestro país, y aquí está el quid de la cuestión.
Muchas veces he oído la expresión “Yo no voy al cine a leer”. Qué casualidad que no pocas veces la haya pronunciado una persona que trabaja en un estudio de postproducción de sonido o de doblaje. Se trata de una postura tan lícita como la que yo defiendo aquí, mas tiene un trasfondo negativo que más adelante trataré de desarrollar.
Al igual que hay personas que leen La fortaleza digital o Ángeles y demonios por puro entretenimiento o por deseo de evasión, así hay un gran número de ellas que acuden a los multicines a ver Dos chalados y muchas curvas (largo capítulo aparte merecen las supuestas traducciones de los títulos originales o el veneno de la mercadotecnia en el cine) o Saw 3. No habría nada que objetar a estas personas si existiese una sana relación entre el cine de vocación comercial y el entendido como séptimo arte. Pero la realidad es otra; la realidad es que quienes manejan los hilos no tienen ningún afán de deleitar al espectador, sino de aligerar en lo posible su bolsillo con productos que no tienen en cuenta si dicho espectador posee inteligencia o capacidad crítica, o si se puede molestar por el ruido del maíz crujiente. Por (casi) todos es sabido que las salas de cine ingresan más dinero por las palomitas que por las entradas. Sobran los comentarios en este punto.
Un dato interesante al respecto es que de las veinticinco salas —nada menos— que tienen los Cines Kinépolis de la Ciudad de la Imagen de Madrid (un enorme complejo dedicado al esparcimiento de toda la familia), ni una sola de ellas proyecta películas en versión original subtitulada. Ni siquiera tienen la intención de maquillar su ansia de lucro habilitando una sala para los amantes de las películas en su lengua original; ésos que dicen que el cine es una forma de arte o aquéllos que arguyen que el doblaje es una perversión del trabajo actoral y, por consiguiente, de la obra cinematográfica.
Otro dato significativo y quizá más cercano se halla en la televisión. Los responsables de la programación televisiva no cesan de humillar y menoscabar al cine y a los cinéfilos. Programas como el desaparecido ¡Qué grande es el cine! o el reciente Cinema Off emiten películas que poco tienen que ver con Pretty Woman o Torrente 2: Misión en Marbella dobladas al castellano, cuando la gran mayoría de espectadores de este tipo de películas son carne de cines en versión original; personas alérgicas al doblaje. La cuestión es que los responsables de las televisiones tienen como único objetivo llegar al mayor número de telespectadores, aunque esto suponga tener que emplear estrategias como exhibir películas coloreadas (todos sabemos que el blanco y negro produce rechazo en la mayoría de los televidentes —más aún en los jóvenes—) como en el caso de Robin de los bosques (1938) , previa a la invención del cine en color, o El hombre que nunca estuvo allí (2001), filme en blanco y negro que en su edición en DVD presenta la opción de visionado en color, pero estrenado en todas las salas del mundo en su formato original. Para agravar aún más la falta de respeto hacia el telespectador, se introducen largos cortes publicitarios que convierten a la persona que consigue ver de principio a fin una película en un héroe.
El cine está más sujeto al negocio descarado que otras disciplinas artísticas como la pintura, la escultura o la literatura. Algo similar le ocurre a la música, pues cualquier mamarracho puede poner su voz en un disco y venderse millones de copias, si bien es cierto que la música goza de algunos templos sagrados, véase el Auditorio Nacional de Música de Madrid o el Teatro Real o varias salas de conciertos donde se programan actuaciones de verdaderos músicos: Galileo Galilei, El Sol, Moby Dick, Café Central.... No así el cine. Casi extinguidas las llamadas salas de arte y ensayo, los bastiones del cine con pretensión de conmover o de estimular la inteligencia, es decir, sin la abierta finalidad de enriquecerse a costa de exhibir bodrios mayúsculos previa oferta de palomitas más refresco, son cadenas como los Cines Renoir o los Verdi, en algunos de cuyos complejos se pueden encontrar palomitas, dulces, pipas y caramelos, tan molestos para el espectador con déficit de atención. La excepción que confirma la regla es la Filmoteca Española (en el caso de Madrid), el museo del cine. Las filmotecas en general, presentes en varias Comunidades Autónomas, que no en todas. La diferencia en relación a las salas de conciertos musicales estriba en que las filmotecas no proyectan estrenos. Sus funciones más destacadas son las de restauración de películas y exhibición de rarezas, así como la programación de ciclos temáticos por autores, corrientes, países, etc. Sea como sea, las filmotecas no dejan de ser círculos marginales frente a la proliferación de multicines en los que se pueden adquirir hasta nachos con queso o introducir pizzas en la sala (ej.: Cines Capitol).
Los perjuicios del doblaje
Al comienzo de este escrito he mencionado una frase que les resultará familiar a los aficionados al cine: “Yo no voy al cine a leer”. Este argumento sólo responde a un síntoma, quizá a dos: ignorancia y/o vagancia. Con los subtítulos se pierde información visual, con lo que eso conlleva: una pequeña dificultad añadida en el seguimiento de la trama y un cierto menoscabo en la labor artística de la obra cinematográfica: puesta en escena, iluminación, fotografía…. Aquí acaban los defectos siempre que los subtítulos sean fieles al diálogo original. El resto son todo ventajas:
– La versión original respeta la actuación de los actores (e indirectamente respeta a todas las personas que han trabajado en la película: autor del guión, sonidista…). Es triste que muchos fans de Robert DeNiro nunca hayan escuchado a Robert DeNiro, sino a Ricardo Solans interpretando a Robert DeNiro. La voz de un actor es tan importante como el violín de un violinista. Esto es lo mismo que decir que la versión original nos asegura el disfrute de la obra de arte tal y como fue creada y su no adulteración.
– La versión original facilita el aprendizaje de otras lenguas. Cualquier escuela de idiomas recomienda el uso de películas subtituladas como herramienta de aprendizaje (ej.: Speak Up). (El Estado podría aprovechar el tirón que tiene el cine entre los jóvenes para mejorar su pobre nivel de inglés. Esto incluye algunas, muchas, ediciones de películas en DVD sin subtítulos en español o con unos lamentables.)
– La versión original evita la mediación de la peor cara de la industria de doblaje, fruto del intrusismo que padece en los últimos tiempos (voces de famosos poco o nada satisfactorias). Sirva como muestra la desafortunada labor del cantante Dani Martín en Escuela de rock (2003). Sin duda, lo peor de la película. Asimismo, nos ahorra el desasosiego de estar viendo Bailando con lobos en una cadena, y al cambiar de canal aprovechando la publicidad constatar que tanto Kevin Costner en dicha película como Bruce Willis en Sin City tienen la misma voz, la de Ramón Langa, omnipresente en el doblaje español.
En Latinoamérica y en buena parte de Europa se proyectan las películas en versión original subtitulada. Además del ahorro de tiempo y dinero que esto supone, no es casualidad que en esos lugares se hable —en términos generales— inglés mejor que en nuestro país. Y me refiero al inglés porque nos guste o no la maquinaria norteamericana lo domina todo, y el cine no iba a ser menos. A nadie se le escapa la importancia que tiene hoy en día el manejo del inglés. Que se lo digan a los mileuristas. La mayoría de distribuidoras en nuestro país (y no sólo en el nuestro) son americanas, y por lo tanto dan clara preferencia a sus películas a la hora de exhibirlas en las salas. Aquí es donde entra en juego la industria de doblaje española, famosa por ser probablemente la mejor del mundo. Lo que no se dice es que pocos países le otorgan tanta importancia al doblaje como España.
Carlos Boyero es un importante crítico cinematográfico español. Escribe regularmente en el diario “El Pais” (anteriormente en "El Mundo") y desde hace cerca de cinco años responde semanalmente a preguntas de los internautas sobre cine, música, literatura, política y deportes. Del archivo de este chat he rescatado estas reflexiones:
«El doblaje me parece un crimen, supone desvirtuar lo que ha pretendido el director y los actores. Sin embargo tengo una impresión mucho más grata de los doblajes que oía en mi infancia que los actuales, que me parecen lamentables, afectados, todo en ellos huele a falsedad. Y si la historia va de jóvenes enrollados ya es para echarse a temblar. La interpretación de un actor descansa como mínimo en un 50% en la utilización que hace de su voz».
«Todo lo que es creíble y lírico en VO puede resultar afectado, o grotesco al doblarlo».
La excepción
Las películas de animación están dirigidas preferentemente al público infantil. Por ello tiene prioridad la comprensión de los diálogos antes que cualquier otro fin. En este caso, y por no tratarse de actores sino de dibujos, el doblaje está justificado. Del mismo modo, en el caso de los documentales, tampoco hay una labor actoral y generalmente la imagen va acompañada de una voz en off, que bien puede ser doblada al idioma que proceda. Su valor es informativo, no artístico. El lirismo de las imágenes por norma general no se relaciona con la voz interviniente.