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martes, 13 de octubre de 2009

AGORA

Las malas críticas que ha recibido la nueva película de Amenabar, no han impedido que “Agora” haga una recaudación espectacular en el primer fin de semana de proyección. Se hablan de cuatro millones y pico incluyendo el lunes festivo. Lo que la equipara con otros estrenos made in Hollywood del año. Pero el problema es que es imposible recuperar los 50 presuntos millones de coste sólo con la distribución en nuestro país. La idea es sencilla. Habiéndola rodado en Ingles y con una estrella Hollywood, la distribución americana hubiese hecho al menos recuperar fácilmente la inversión. Aunque en España la Fox ha sido la distribuidora, de momento parece que no hay empresa que se preste a asumir el riesgo al otro lado del charco.

Pero analicemos porque ha recibido tan mala crítica. El problema principal de la cinta es que no emociona. Amenabar ha preferido ser fiel a una de las versiones históricas que circulan sobre Hipatia antes que involucrarla emocionalmente en la trama. Así, la verdadera protagonista del film no es ella, sino la extensión por la fuerza del cristianismo, y como trama emocional, el amor secreto que siente por ella el primero esclavo y luego “soldado de dios” Davo (Max Minguella). Al ser un actor menos conocido, el punto de vista principal se mantiene casi todo el tiempo con ella, pero en realidad el antagonismo entre él y Orestes (Oscar Isaac) por el amor de la científica formando el triangulo clásico es lo que mueve este segmento de trama. Hipatia no llega a involucrarse casi en ningún momento en lo que convencionalmente seria el trasfondo, y aquí es la trama principal del cristianismo la que arrasa con todo.

No es de extrañar el temor ante los conservadores americanos, porque la carga crítica sobre la religión, y por mucho que se empeñe Alejandro en concreto contra los católicos, le puede hacer un flaco favor. Pero tengo que romper una lanza a favor de él, porque si bien es cierto que todos los extremismos son peligrosos y se tocan, en Agora, el retrato de los cristianos es devastador, y esa actitud me parece, por poco común, muy valiente. De hecho me extraña que los católicos y en concreto la iglesia, no mande a sus perros a quemar cines. Así, la película está dividida en bloques perfectamente diferenciados. Primero la presentación de Alejandría como ciudad cosmopolita que atrae y comparte diferentes cultos. La creciente fe cristina que va arrasando intolerante con otras creencias. En el primer bloque el enemigo a eliminar son los paganos. Aquellos que tradicionalmente habían sido los dioses del imperio, ahora son ilegítimos y la religión monoteísta se ha extendido entre las clases bajas. No es de extrañar que ante una provocación arrasen con la biblioteca de Alejandría, en una secuencia épica que sirve de denuncia ante la intolerancia. La ciencia retrocede y poco a poco se va convirtiendo en algo prohibido por atentar contra los intereses cristianos.

El segundo bloque, cerrado de forma un tanto extraña (porque no se entienden bien las consecuencias y todo parece volver a la normalidad) está dedicado a la eliminación de los judíos. De nuevo la intolerancia arrasa y pone contra la espada y la pared al prefecto que no es otro que Orestes, uno de los pretendientes de Hipatia. En este punto, hay que reconocer la habilidad para mostrar la ética de las clases dirigentes, que se adaptan a la nueva religión para mantenerse en la cúpula de poder y que a las clases sociales dirigentes, siempre tienen acceso los mismos. Finalmente un último bloque contra Hipatia, por su condición de científica, pero sobre todo de mujer, ya que no hubo más muertes en la escuela de Alejandría, que se mantuvo hasta el siglo VII.

Esta claro que los bloques están perfectamente definidos y estructurados, pero eso no es suficiente para el crítico consciente, y tal vez para el espectador inconsciente. El espectador necesita involucrarse emocionalmente con su referente en pantalla, y mientras todos los acontecimientos suceden, la protagonista vive en un mundo paralelo que la aleja de la realidad. Las explicaciones simplificadas pero atentas para descubrir el funcionamiento del universo son fantásticas, pero nuestra protagonista debería sentir, porque su autoexclusión ralentiza la acción. Tal vez el personaje real muriera virgen como se mantiene, pero en una ficción no necesitamos el cuerpo, pero si al menos la intención, que puede ser frustrada, pero aquí ni siquiera se aprovecha. Por eso digo que Davo (y también Cirilo, en realidad el gran conspirador interpretado aquí por Sammy Samir) es el protagonista, porque el personaje más ficticio de todos, el puente entre la trama y el personaje/actor poco carismático, lleva la carga sobre sus espaldas de mantener el interés por el futuro de Hipatia. Queremos que consiga su objetivo, que la cuide ante la amenaza de los suyos, siempre respetándola a ella y a su trabajo, pero necesitamos su complicidad. Nada que ver. Weisz no entra en la trama más que en un par de secuencias, incluyendo el desenlace, y su fuerte carisma (que la hace una de las actrices más interesantes) se diluye.

Amenabar transmite esa sensación de distancia en las entrevistas, y extrapola su personalidad a la pantalla. Lo curioso es que en la realidad (perdón por interpretar al hombre) me consta que es sólo una actitud. Pero en pantalla todo parece una formula matemática que tiene que dar como resultado de la ecuación un film que funcione. No nos podemos sorprender, Amenabar siempre mantiene la distancia emocional de sus personajes en todas sus películas, haciendo valer el peso de la trama al más puro estilo americano.

Técnicamente la película es superior. No sé si los mejores planos están rodados por el coguionista Mateo Gil como afirma el director, si la película funciona mejor con los veinte minutos suprimidos después de su paso por Cannes, pero está claro que el dinero invertido está bien gastado. El dinero no se puede esconder, y los decorados, el vestuario, los extras, la ambientación en general, además del montaje y el ritmo son casi inmaculados. Y es que Amenabar es un técnico reputado que esta al nivel del mejor cine de presupuesto americano. Aquí se ha arriesgado hasta el límite con un peplum, tal vez el género más demodé. Pero lo ha hecho con cabeza, y estoy convencido que Tele5 conseguirá recuperar la inversión, y que finalmente los Weinstein se arriesgaran a la distribución igual que hicieron con “Los Otros”… y más después del triunfo en taquilla de “Malditos bastardos”. Personalmente el cine de Amenabar no es el que más me interesa, pero creo que merece la pena ver Agora en pantalla grande y que el director ocupa un rol necesario en nuestro lánguido panorama cinematográfico. Hay muchos que esperan que se la pegue (por cuestión de carácter patrio) otros que se arrimarán a la foto con la excusa de que sube la cuota de pantalla, pero Amenabar se mantiene integro y no se merece fracasar en esta película, porque ha demostrado que está a años luz de lo que se hace en nuestro país.

Víctor Gualda.

martes, 22 de septiembre de 2009

MILLENIUM 1: LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES

Uf, comenzar esta crítica sobre esta película basada en la trilogía de libros más celebrados de la década (con el permiso de los Harris Potteres, Códigos DaVincis, vampiros y demás fauna de Blockbusters literarios) para llevar la contraria a un peso pesado de la literatura como Vargas Llosa (El Pais) y a un pesado a secas como Ansón (El Cultural de El Mundo) no resulta fácil. Pero no puedo evitar primero sorprenderme y luego descojonarme al comprobar su entusiasmo calificando casi como obra maestra esta trilogía.sueca. Los libros, y la adaptación a la pantalla de la primera parte, tienen un punto a favor, eso no lo voy a negar. Resultan entretenidos, y miles de lectores/espectadores comparten el entusiasmo. No es poco en el siglo de las pantallas unipersonales, pero de ahí a subirla a los altares me parece que hay un salto cuantitativo y cualitativo importante. No entiendo porque Vargas Llosa dedica el primer párrafo de su artículo a justificarse, incluso lo reconoce al inicio del segundo con un -“A qué viene este preámbulo”- su peso es evidente, pero también él se puede equivocar, igual que él mismo dice que Donna Leon se equivoca por no gustarle, utilizando un –“¡Vaya disparate!”-

No nos volvamos locos llevados por el entusiasmo o por lo que digan los demás y sentémonos a reflexionar y a sacar conclusiones propias. La adaptación de Nicolas Arcell y Rasmus Heisterberg resulta bastante correcta y traslada las virtudes y los defectos casi a la perfección. Y digo casi, porque hay detalles que han sido convenientemente suprimidos, sirva como ejemplo ese superfluo ánimo de transgredir del Larsson formando un extraño triangulo consentido de Michael Blomkvist, su editora, y el marido de esta, que esta sencillamente suprimido posiblemente por miedo a que el espectador juzgue a un personaje al que tiene que apoyar incondicionalmente. Y claro, se trata de una adaptación y puede resultar intrascendente por no aportar nada a la trama. Pero tiene su importancia porque la base sobre la que se construye todo lo demás (la trama de la desaparición de Harriet Vanger) es cartón piedra, y es el desarrollo de los personajes, lo que sostienen el camelo (como se demuestra en la segunda y tercera entrega). Vargas Llosa habla de representantes sociales corruptos reflejos de la sociedad, olvidando que al fin y al cabo se trata de novelas de género que necesitan antagonistas oscuros contra los que luchar, y que cuanto mayor sea la entidad del enemigo, mayor el interés de la empresa.

Pero no hace mención de la plana, plana, plana personalidad de ese alter ego del escritor que es el periodista metido a detective, Blomkvist. Los personajes positivos, sin un solo defecto, moralmente intachables, sin asomo de duda, comprensivos, y luchadores no tienen cabida en una sociedad que tiende a rechazar. Todos desgraciadamente tenemos defectos, y desde el primer capítulo entendemos que este superhéroe llevará a buen puerto cualquier cosa que se proponga. Y eso, me resulta además de obvio, aburrido y mentira. Con esa personalidad, es difícil que el personaje de Lisbeth Salander (fantásticamente interpretada en la película por Noomi Rapace) no sea el que se come la novela, y en la segunda y tercera parte acapare el protagonismo. Salander es otro personaje de cartón piedra con la que es espectador/lector se identifica porque está dibujada imperfecta y con un oscuro pasado. Eso anima la curiosidad, pero no es suficiente para convertirla en una diosa intocable. Salander es otro cliche con recursos ilimitados, más inteligente que todos los demás personajes juntos, porque además de la mejor hacker del planeta, es la mejor boxeadora, la más persistente y la única “buena” que a pesar de transgredir el sistema, también es moralmente intachable. El espectador sabe inconscientemente que nada se le podrá resistir, y en ningún momento teme por su vida, es más, hasta cuando roba, lo hace a alguien que lo merece por corrupto.

En cuanto a la trama, no es más que una traslación "de barrio" de cualquier caso de Agatha Christie o Conan Doyle (o Dikens o Dumas si Vargas Llosa lo prefiere), a una desaparición de hace treinta años, y podemos decir que es entretenido, pero ni siquiera sorprende, menos en la película, que también evita en este punto la trasgresión moral del asesino, su padre, y sus costumbres sexuales. Sólo cabria resaltar la secuencia de la violación de Salander, que por supuesto está rodada a la americana, sin producir ese asco que trasmite imaginar la situación cuando la lees la primera parte de la trilogía. El resultado final de la película resulta naif y vacío. Lo bueno, es que al menos los protagonistas en la pantalla no son un actor de papel cuché, y cualquier lerda siliconada (bueno, en la segunda igual si, porque la propia trama impulse a la futura estrella) los protagonistas no son reconocibles y pensamos que asistimos a algo nuevo. A pesar de ello, la película y el libro son más de lo mismo que importamos del mercadeo USA.

Volviendo al tema que parece haber apasionado a Vargas Llosa, recordar como nació el género negro. La corrupción social de las instituciones, bancos, empresas, policía y demás, generan la desconfianza de la masa social produciendo una impresión de que cualquier vengador enmascarado o armado que luche contra/al margen del sistema merece un puesto en el imaginario colectivo (una vez más el individuo contra el sistema). Lo vimos hace poco en “Enemigos públicos” Dilinger es el último héroe romántico que transgrede el sistema, el héroe romántico antes que se restablezca el orden. Si todo es cíclico, las crisis bancarias, los constantes casos de corrupción política y económica, producen ahora el mismo efecto con el repunte del género, en el caso de esta trilogía centro de las tramas del segundo y tercer libro. Y es que la literatura y el cine, suelen tener que ver con las sensaciones sociales del momento, y si a eso añadimos un estilo directo y sencillo, la mitad del público ya está ganada. Lo que me resulta curiosa es la otra mitad. ¿por qué guardan silencio? No es una buena novela (sin entrar en las deficiencias técnicas), no es una buena película (correcta a nivel formal en todo caso). Yo no creo como algunos en las conspiraciones de encargo. Prefiero pensar que el reconocido escritor se ha dejado llevar por los recuerdos de su juventud y hace tiempo que no lo hacia… al final sólo el tiempo colocará a cada uno en su sitio. Seguro que Vargas Llosa sube al panteón de la historia de la literatura, lo que no tengo tan claro es que Stieg Larsson y su Millenium lo hagan.

Víctor Gualda.

sábado, 19 de septiembre de 2009

UN BUEN HOMBRE

El título, tan sintomático como la mayoría de las veces, ya nos da pistas a grosso modo lo que vamos a ver. Un buen hombre es una película sin ambición, y eso puede ser tan malo como el exceso de ella. Con una buena idea de base que se queda en un quiero y no puedo por la indefinición a la hora de lanzarse al género. Juan Martínez Moreno se ha decantado por el drama a secas a pesar de momentos puntuales algo bizarros, y un drama con asesinato pide algo más. Un extra de determinación que aquí se suple con el trasfondo de duda moral que lleva implícito el argumento.

Lo que me gusta de la cinta es que no engaña. No todos los españoles vamos a misa como el personaje de Tristán Ulloa, pero si todos (o casi todos) nos hemos criado bajo el yugo moral de la iglesia católica. Por eso cuando Ulloa es testigo de lo que es testigo (prefiero no desvelarlo porque me parece interesante también la cotidianidad con la que se expone la acción, lejos de efectismos y convirtiendo al espectador en cómplice) la duda, ambigüedad moral entre lo que debe de hacer como miembro de la sociedad y lo que debe de hacer como “amigo” (entrecomillado porque es una de las claves de la película) se hacen hueco en su mente y por ende en la del espectador. Se plantea el típico dilema de – ¿tú que hubieras hecho en mi lugar?- y se refuerza con la ambición del protagonista. También interesante en este punto la sobriedad del personaje de Ulloa que no se desgasta en parlamentos justificatorios y que hace del silencio una actitud. La ecuación se plantea al cuadrado al ver que en la determinación que toma nuestro protagonista, hay una falta de confianza con su pareja Nathalie Poza, con la que no está dispuesto a compartir oscuros secretos.

La película, que ya ha definido el tono, se lanza firme hacia el improbable futuro, con un sorprendente (y ahora si, bizarro) giro que añade más morbo a la ya de por si difícil situación. El efecto bola de nieve complica aun más la trama, y refuerza la psique del personaje atrapado. Ulloa y Gutierrez Caba tienen una deuda común y la expiación de los pecados de ambos se complica por momentos. Es curioso el desenlace de la cinta por varios motivos. Por un lado, el planteamiento de que la comunión libera al pecador de sus acciones, una vez que el causante ha cumplido con su presunto deber moral. Aunque el director ha olvidado que para el perdón completo hace falta la previa confesión, y prescinde de esa escena (no es posible la expiación de los pecados propios a través de acciones ajenas, porque eso es lo mismo que un Deus ex machina). A nivel simbólico está bien, el problema es que a nivel cinematográfico ese desenlace esta sencillamente mal contado, Resulta ajeno al espectador de forma torpe. Esa el la clave de mediocridad de la cinta, la falta de esa ambición de la que hablaba al principio.

Personalmente eché en falta que después del desenlace, de que Nathalie Poza diese a Ulloa la razón para seguir adelante, la normalidad se hubiese restablecido a través de ella, y no una vez más a través del silencio (el peso de la culpa y la tragedia debían caer sobre los hombros de Ulloa, sino pierde la coherencia el personaje). En vez de eso el personaje ni siente ni padece. Si hubiese confesado derrotado conmovido por la noticia de ella, y precisamente fuera ella la que le redimiese de la culpa, la película hubiese volado mucho más alto. En vez de eso, la indefinición, la falta de tensión de toda la cinta, y las buenas pero irregularidades maneras de dirección, lastran un film que podía ser mucho más de lo que es, paradójicamente con muy poco.

Víctor Gualda.

viernes, 11 de septiembre de 2009

THE VISITOR

Película sencilla que se mueve en dos líneas argumentales bien definidas. Por una parte en la emocional centrada en la evolución del personaje y por otra dentro de la trama. Ambas están muy bien combinadas creando un cóctel homogéneo. El arranque nos muestra a un hombre solitario y poco dado a relacionarse, Walter (Richard Jenkins). Entendemos que está sólo y que su vida es aséptica y dentro de un sistema que le invita a repetir cada día como si fuera el anterior. Entendemos que ha perdido hace no demasiado a su mujer y se empeña en recordarla a través de clases de piano, para las que evidentemente no está dotado. Pero el destino que mueve a los hombres le dará una segunda oportunidad de la forma más inesperada. Unas conferencias le devuelven a su antigua casa de Nueva York, al menos durante una semana. Allí se cruzará con una pareja que sin tener nada que ver con él, cambiara su vida.

La relación entre Jenkins y Tarek (Haaz Sleiman) será el salto hacia lo desconocido. Poco a poco la rigidez ira cediendo y encontrará un motivo para cambiar. Es ese punto de giro que necesita cualquier trama para hacer avanzar la acción, Walter (Jenkins) conocerá una realidad que está presente en la sociedad de cualquier país del primer mundo, pero que la clase media a la que pertenece Jenkins prefiere ignorar. Por supuesto se involucrará, pero no hasta tal punto como para dejar de lado su vida. El guión de Tom McCarthy está muy bien tejido en este sentido. Los pequeños giros son determinantes pero creíbles para entender los cambios. Nada es gratuito o irracional. El ritmo es coherente con la historia. La burocracia es lenta, y el tranquilo profesor ira desesperando como lo hacemos todos en las colas administrativas. Pero mientras él lo hace, comienza a vivir de nuevo, y esa perdida de papeles le ha cambiado irremediablemente. Ya no es el mismo que comenzó la película. Ahora está dispuesto a levantar la voz ante la injusticia y dejar de lado por primera vez su ego.

En este punto el director y el guionista tenían dos caminos. Aquel que deja satisfecho al espectador y se resuelve al estilo Hollywood con final feliz, o aquel que se acerca a la realidad mucho más cruda y sin concesiones. Afortunadamente toman el camino de la verdad. Una crítica tan seria no se debe lanzar y luego para dejar tranquilo al espectador y que su conciencia descanse. No se trata de moralizar. Se trata de ser realistas y crear una pequeña grieta en la conciencia del individuo. A fin de cuentas es él y sólo él quien puede cambiar el futuro. De momento nos conformaremos con que la rígida mente de clase media de nuestro protagonista ha cambiado. Ha tomado conciencia y con un pequeño acto simbólico entendemos que nada volverá a ser como antes. Además Walter-Jenkins ha conseguido algo improbable. Ha aprendido que siempre hay esperanza de luchar y encontrar algo mejor.

A nivel social, me quedo con la crítica a un sistema deshumanizado que trata al individuo como un objeto al que tirar o dejar de lado, en un país que presume de democracia. En un país de colonos que se rige por el sistema de clases que por supuesto no están relacionadas entre si. Esta resulta una película para esas medias que serán las que vayan al cine, o las que valoren que Jenkins merece ser nominado al Oscar. El problema será el de siempre. La información es tanta que los problemas de un individuo, aunque representen un colectivo sólo serán una mera anécdota, y sólo si la repercusión social llega a través de los medios como mostraba Wilder en “El gran carnaval” puede trascender. Película maravillosa por sencilla, bien llevada, bien escrita, bien dirigida y extraordinariamente interpretada.

Víctor Gualda.

sábado, 22 de agosto de 2009

ENEMIGOS PUBLICOS

Vuelve Michael Mann. Y lo hace a lo grande, con un películón que sólo el tiempo decidirá si pasa a los libros de historia como obra maestra. De momento nos quedamos con una maravilla que merece la pena ser vista en pantalla grande. Una película interpretada por Johnny Depp. Un actor que, siempre hace trabajos aceptables y del que hay que reconocer que aporta lo más importante al personaje que interpreta. El carisma. Pocas veces me he alegrado tanto de que el actor que en principio estaba llamado a hacerla tuviese otros compromisos. Y es que con DiCaprio la película hubiese sido otra, y me atrevo a decir que peor.

Pero volviendo al viejo proyecto con el que Mann soñaba desde hace años, y del que ya se habían hecho al menos que recuerde un par de versiones interesantes. El director vuelve a utilizar el mismo esquema de “Heat”, con dos antagonistas carismáticos a ambos lados de la ley, que al igual que en aquella, apenas tienen una secuencia juntos en todo el metraje, pero que irremediablemente están llamados a encontrarse. Moralmente ambos están mimados desde el guión. Más en el caso de Dilinger-Depp que es el protagonista, pero también en el caso de Purvis-Bale. Es la década de los treinta y la sociedad está cambiando. Ambos tienen valores clásicos. La amistad, el honor, la eficacia. El personaje de Depp con ese aire romántico de los antiguos ladrones anclado en tiempos mejores, y el de Bale con ese aire de antagonista obsesivo pero con principios sólidos, que por encima de todo tiene que cumplir su deber, pero que acepta como buenos los nuevos métodos de investigación. Lastima que Mann no haya desarrollado un poco más la relación con el personaje de Hoover, porque el fundador de FBI es un personaje oscuro que podría servir de antagonista de su propio subordinado, por no tener esos principios morales tan sólidos.

Sin embargo en cuanto a Dilinger, el director a partir de cierto punto de la película ha ido dejando de lado al forajido para presentarnos al enamorado. Su relación a partir de la segunda mitad de metraje quita protagonismo a los robos de bancos y a persecuciones entre antagonistas. A cambio el personaje se humaniza. Ya no es un arriesgado ladrón de bancos y se convierte en un arriesgado enamorado dispuesto a todo por recuperar a su chica. Por cierto, también maravillosa Cotillard. El arranque va al grano en una presentación sin palabras que introduce al espectador de lleno en la película con un par de secuencias de acción. Primero en la cárcel para recuperar a sus socios encarcelados, para reforzar una idea que tendrá peso a lo largo de todo el metraje. -Dilinger jamás deja de lado a sus amigos-, luego atracando inmediatamente un banco. De esta forma directa entendemos el carácter de Dillinger y su ocupación sin diálogos que entorpezcan. Y es que las más de dos horas necesitan un ritmo endiablado para mantener al espectador pegado al sillón. Y lo consigue Mann. Lo consigue creando la sensación de que la constancia de Purvis acabará alcanzando al forajido. Uno a uno van cayendo los socios al más puro estilo del western americano. Sólo es cuestión de tiempo, y eso el espectador lo sabe, creando la incertidumbre de en qué momento y cómo lo hará. El espectador se pone de parte del ladrón precisamente por su manera de hacer y desea que no llegue nunca. Por eso la traición de una mujer creará una impotencia mayor que la que hubiese tenido si la muerte hubiese llegado en la acción.

Lo más increíble es que la película avanza firme, pero si al comienzo las secuencias de acción habían tomado el mando del ritmo, poco a poco son las secuencias de personajes las que se imponen, transformando la épica que ya de por si destila el film. Están por llegar los mejores momentos. La secuencia en la oficina creada para capturarlo, o la secuencia viendo “El enemigo público…”, referencia fílmica que sirve para anticipar el destino y que crea una sensación especial en un Dilinger mediático de por si (curiosa paradoja; el personaje se compone a través del cine convirtiéndose en completamente cinematográfico). Poco o nada importan las concesiones del epílogo. El corazón del espectador está con el gángster y nos quedamos con la impresión de que así tenia que ser y de que ha conseguido su objetivo, vivir al máximo y morir de la misma forma.

Hay que hacer mención al fantástico trabajo de la dirección de arte, la producción, fotografía y montaje. La ambientación en general es maravillosa y te traslada directamente a un Chicago “de cine” propiedad de los antihéroes americanos, antes de que la épica se trasladara, también mediante el cine, a los “defensores de la ley” (después de que el género negro perdiese parte de su sentido. Su aparición tuvo razones económicas y sociales, y con el cambio social había que reforzar la idea del nuevo orden moral). Los secundarios también tienen peso específico en la trama, y algunas de las secuencias rompen el principio de punto de vista, para luego acabar reforzando a los principales. Una maravilla técnica sustentada por un guión consistente que refuerza la idea de que poco importan los efectos especiales exagerados si estos no sirven para sostener la base fundamental de cualquier película; el guión. Michael Mann es consciente de ello, y siempre le gusta introducir en su cine de acción los elementos psicológicos que refuerzan a los personajes, y eso el espectador lo agradece… Estos “Enemigos Públicos” merecen al menos un par de visionados para no perderse ni un solo detalle.

Víctor Gualda.

sábado, 11 de julio de 2009

VALKIRIA

Lo mas destacable de “Valkiria” es la idea. Militares nazis tratan de dar un golpe de estado y eliminar a Hitler. Basado en un hecho real, y argumento repetido o sugerido en varias producciones (la más reciente “Operación Valkiria” 2004) “Valkiria” demuestra que el pueblo alemán estaba dominado por el miedo, y que sólo unos pocos instalados en posiciones privilegiadas tuvieron opciones de eliminar al dictador. Hasta aquí todo el sustento teórico de la película, que en realidad está plantada como un mero thriller un tanto aburrido, que aprovecha el tirón del “basado en hechos reales”. El problema principal es que el espectador ya sabe el final antes de verlo. Sabemos que fracasan, y por tanto todo el interés debe estar en mostrar el fracaso con la mayor tensión posible. Pero la película tiene defectos importantes que lastran la idea principal.

La presentación de personaje interpretado por Tom Cruise Von Stauffenberg, su carácter rebelde, las heridas de guerra… chorradas en las que Cruise no consigue aportar un mínimo de humanidad al personaje, ni lo más importante, que el espectador se involucre con su causa. Y es que la identificación con el personaje principal es fundamental. Luego la presentación del descontento entre los mandos, un ramillete de caras conocidas con poco peso especifico en la trama, tratadas con desden para no quitar protagonismo a Cruise.

La involucración del personaje en el desarrollo del plan hasta el atentado copa todo el primer tercio de película, pero Bryan Singer se olvida de lo principal, la película es un thriller y hay que tratarla como tal. El mestizaje de géneros está de moda, pero querer dar el mismo peso al drama que al thriller es una equivocación en este caso, y la secuencia climática casi en el centro del segundo bloque lastra el tercero (tal vez sea Kubrick en “Senderos de Gloria” el único capaz de conseguirlo). Pero volviendo a la secuencia del atentado, que es lo más interesante, se nota una cierta falta de oficio de Singer (único responsable) en crear el elemento principal. El suspense. Y es que el director demostró en “Sospechosos habituales” con un guión convencional (mejor dicho con una estructura clásica) su habilidad para la sorpresa, pero el suspense es mucho más complejo. Es difícil encontrar una secuencia tan obvia que cumpla las exigencias del suspense, y es difícil encontrar una en la que este tan desaprovechado. Hitchcock utilizo el ejemplo de la bomba en la maleta para explicar como se debe rodar una secuencia de estas características. El punto de vista del espectador compartido con Cruise, que conoce el contenido de la maleta debe causar una tensión que se transmita al espectador. En vez de eso, la secuencia, que aun así es la mejor de todo el metraje, sólo consigue su objetivo a medias. Creo que la clave está en lo poco y mal utilizados de los tempos dramáticos. En no saber poner al espectador de parte del personaje, y después en el cambio de género que baja al mínimo la poca tensión lograda para perderse en el ramillete de caras.

Tras esta secuencia; la nada. Todavía queda todo un bloque dramático fundamental, pero los guionistas Christopher McQuarrie y Nathan Alexander, deciden que hay que justificar y mostrar las consecuencias del desaguisado. Cero interés por mucho que se intensifique el ritmo. La división en dos del mando alemán por la toma de Berlín por el ejército de reserva, la cadena de mandos comprometidos en la causa, los intereses políticos de los implicados. Nada sirve para paliar el desastre. Nada consigue levantar esta película con final absolutamente pueril y conocido de antemano por el espectador. La película está demasiado al servicio de Cruise, y lo caída de los confabuladores tiene cero tensión, y poco interés. El antagonista al que todos conocemos es Hitler, un personaje interesante encarnación del mal, que desaparece de la cinta. Vale que el espectador conoce el fracaso del plan, pero una aparición estelar (ya que hemos jugado con la incertidumbre) le hubiese dado un extra a ese desenlace dramático. Y es que una película es la dramatización de los hechos sean reales o no, y eso permite ciertas licencias que aquí están desaprovechadas.

Para el preestreno en Madrid, la producción trajo una pantalla especial que instalaron el único estreno que se ha hecho en el teatro de la Opera (luego se la regalaron al teatro por ser demasiado caro llevársela). Marketing y parafernalia insuficiente para tapar las carencias obvias. De ellas la principal; Si la estrella de turno tiene demasiado control sobre la producción, el resultado se resiente.

Víctor Gualda.

miércoles, 8 de julio de 2009

CHE: GUERRILLA

Siguiendo el tono iniciado en la primera parte, esta segunda arranca con la entrada de Ernesto en Bolivia. La intención no es otra que extender la revolución cubana en Sudamérica, la intención no es otra que mostrar el periplo vital del personaje aferrado a la idea. Un arranque un tanto confuso que en pantalla está resuelto con la exposición objetiva de los hechos que ocurrieron. Las presuntas malas relaciones de Ernesto y Fidel Castro están planteadas, pero no se sigue el camino de la conspiración, sencillamente se exponen para reducir el asunto a un comunicado de Fidel, en el que dice leer una carta de Ernesto que le autoexculpa, y de paso engrandece la idea de la revolución. Una jugada maestra que parece orquestada por el cubano después de que vimos que es el personaje más carismático de la revolución, además del más inteligente y manipulador. El abandono del puesto de ministro da paso directo a la entrada del “personaje” disfrazado en Bolivia.

A partir de este punto la película recupera la estructura narrativa de la primera parte. En lo más alto de su fama y reconocimiento oficial el che desaparece, se disparan las especulaciones hasta que reaparece en Bolivia. El sistema que tan buen resultado dio en Cuba, reclutar campesinos para entrenarlos y plantar la semilla del descontento en las clases bajas se repite. Inmediatamente vemos que el planteamiento es el mismo, pero con diferencias notables. Si en la primera reconocemos la importancia de Fidel en el proceso, aquí desaparece el personaje antagónico e ideológico principal, y vemos que Ernesto se afana por luchar contra los “elementos” con desigual resultado. Los Bolivianos, mucho menos comprometidos, sin la base cultural y teórica de los cubanos, están presentados como egoístas y paletos. La oposición del propio partido revolucionario oficial, y la falta de apoyo popular hacen mella en el débil compromiso. De nuevo (también lo vimos en Cuba) se plantea que Ernesto es extranjero y genera desconfianza en los bolivianos. La guerrilla se limita a hacer pequeñas incursiones y sólo la filtración de noticias en los periódicos, alguna huelga alentando la revolución o una entrevista al propio Ernesto, personaje tan carismático internacionalmente que le da peso a la idea, hacen que el gobierno se plantee la posibilidad de eliminar la mosca cojonera e insignificante que supone la guerrilla. Es decir, hasta este punto se repite la estructura narrativa, reconocible y el paralelismo con la revolución cubana, pero se introducen nuevos elementos que le desalientan y ayudan a entender el por qué del fracaso. A fin de cuentas, el espectador menos informado sabe del trágico final del personaje, es sólo cuestión de tiempo, y el interés se centra en saber cómo llega el fin del personaje y el principio del mito.

A partir de la involucración del gobierno boliviano en la figura de Joaquim de Almeida, la película cambia de género y está planteada como una especie de western encubierto, algo así como en “Dos hombres y un destino”. Se forma un equipo especial para capturar a los rebeldes. Se divide el punto de vista principal para que el espectador conozca los movimientos del ejército boliviano, y crear la tensión dramática necesaria incluyendo el suspense. No creo que los propios guerrilleros sean capaces siquiera de ver que se ha iniciado al caza. Es sólo una cuestión de tiempo que caigan. Inteligente combinación la de Soderbergh que introduce los géneros en el metraje de manera encubierta para dotar de estructura narrativa sin perder el tono casi documental de la primera. Nunca pierde el horizonte, y a pesar de lo sesgado del personaje, lo dota de humanidad y refuerza el halo de pesimismo que lleva implícito. De nuevo recurre al asma para mostrar sus debilidades. De nuevo recurre a los personajes secundarios para que entendamos que la idea necesita del sustento comunitario que el pueblo boliviano no está dispuesto a dar. Todo ello hasta llegar a la secuencia definitiva.

El clímax se centra en la captura con una secuencia de acción para aportar el heroísmo, el desenlace en el personaje tratando de mostrar la humanidad en un último acto heroico. Soderbergh nos hace recordar la frase mítica sin pronunciarla. Mejor morir de pie que vivir de rodillas… y fundido a blanco. Pero añade una imagen más. La del mito. La última que el inconsciente debe recordar, la del héroe que se dirige hacia el destino y que personaliza el símbolo.

Che y Guerrilla no son dos películas. Es una e indivisible, por mucho que los intereses económicos de las salas obliguen a partir el metraje. No se puede entender como dos porque se rompe la esencia y se convierte en negocio. El personaje se ha convertido en mito en parte gracias a Korda, a una imagen. Soderberg y del Toro han intentado dotar de vida el icono, pero poco importa la vida del héroe. Lo único que importa es lo que representa… y que haya muerto joven.

Víctor Gualda.

miércoles, 1 de julio de 2009

MENTIRAS Y GORDAS

… o tal vez “pirulas y polvos” es el título más adecuado para el peor cine español de la década. Si el cine es un reflejo de la sociedad, el nuestro, igual que la economía, está en crisis y con esta producción ha tocado fondo. Lo bueno, que ya sólo se puede ir hacia arriba. Y es que si la mayoría de los espectadores reconoce abiertamente que la televisión de nuestro país es basura, la extrapolación al cine de esta, no puede ser otra cosa que basura en pantalla grande. Ya sólo faltan los cortes publicitarios a machete en mitad del metraje.

Como siempre el guión es la base sobre la que se cimenta el despropósito. Para este, han utilizado varios puntos de vista que se cruzan y cada uno de los personajes se presupone que tienen un conflicto introducido en una trama que tiende a converger en un punto de encuentro. Hasta aquí bien. El problema es que el conflicto sólo está planteado (más bien presentado en pequeñas secuencias narrativas) pero jamás desarrollado. Normalmente con una frase justificatoria, rompiendo el principio de “acción”. Y no me refiero a acción física. No se puede poder a un actor en una secuencia rasgando una guitarra y decir que quería ser músico, dejarlo ahí y luego meter catorce secuencias del mismo metiéndose rayas o follando porque no hay conflicto. No se puede introducir un personaje como camello, decir que es buena chica y que quiere sacar a un amigo de la cárcel, dejarlo ahí, y meter catorce secuencias poniéndose y follando. No se puede meter un personaje cuyo conflicto sea que estar gorda, y para arreglarlo meter una secuencia en la que una amiga le mete un par de pirulas en una copa y el resto de la trama ponerla follando o colocada. No se puede meter una secuencia en la que un chaval enamorado de su amigo (tal vez el más desarrollado) se “desvía” porque no se siente a gusto en un trío y se pone hasta el culo de pastillas, se lo follan en un cuarto oscuro y pierde los papeles sin más para convertirlo en mártir. Qué clase de visión simplista de la realidad es esta.

Señores Albacete y Menkes, entiendo siguiendo la trayectoria de su cine, cuyo “tema” se ha ido puliendo a lo largo de los años hasta la mínima expresión, que para ustedes follar y ponerse sea el centro del universo de los veinteañeros de nuestro país. Señor Herrero, entiendo que recolectar a todos los chavales de las series de televisión, sea una formula garantizada de llevarse un buen pellizco de la abultada taquilla. Entiendo que las secuencias de sexo y drogas censuradas en la pequeña pantalla vendan en la grande, pero sin ánimo de moralizar señora Gonzalez Sinde, qué tal si se desarrollan las tramas y los conflictos de personajes perdidos que buscan su identidad y su sitio sin recurrir al tópico, ni dar una imagen manipuladora. Qué tal asumir la responsabilidad de mostrar la realidad. Una realidad igualmente dura pero con criterio que no sea sólo la fiesta y los niños/as guapos/as de las teleseries españolas. Tal vez escribieron la película colocados, pero este cine nos aleja del cine de calidad que se está haciendo en el resto de Europa, y demuestra que seguimos siendo el culo del mundo cinematográficamente. El tema es muy interesante, pero necesita un desarrollo inteligente, no amarillismo y sensacionalismo barato.

Con los actores no me voy a extender, sencillamente porque no están dirigidos. Se limitan en el mayor número de los casos a soltar la frase como en televisión sin pensar lo que están diciendo, totalmente carentes de comunicación y ritmo interno. Por respeto al trabajo siempre complicado de los actores que quieren hacerlo lo mejor posible, destacaré a Mario Casas con el personaje más y mejor desarrollado. La planificación es tan de teleserie que resulta teatral, con las acciones siempre de frente a la cámara y en la que hasta sorprenden un par de primeros planos para algún diálogo intenso que consiguen sacarnos de la presunta historia. La música de hilo musical para ahorrar en derechos es vergonzante. Hasta la fotografía (tal vez lo mejor de todo el conjunto), resulta artificial en interiores a los que se les da una continuidad con los exteriores, como si la gente viviera en penumbra, sólo por huir de una imagen más televisiva. Un despropósito general que me llevan a recomendar cambiar de canal antes de perder casi dos horas con esta película. Pero bueno, siempre se puede justificar todo diciendo -“si es lo que la gente quiere”-

Víctor Gualda.

miércoles, 24 de junio de 2009

CUESTION DE HONOR

Siguiendo la estela de James Gray, y viendo el buen resultado que da este tipo de cine que desarrolla los problemas personales de los personajes dentro de un thriller policiaco, nos llega esta “Cuestión de honor” de Gavin O´Connor. Ya el planteamiento nos recuerda poderosamente a “La noche es nuestra”. Familia de policías de origen irlandés, en la que todos sus miembros son policías. De esta forma entramos en el carácter y las costumbre de los inmigrantes europeos en Estados Unidos, con lo que supone un elemento tan importante como introducirnos en los valores del individuo dentro del grupo, enfrentados a los valores de otros grupos étnicos tal vez menos tradicionales (o al menos no basados en el patriarcado) como los hispanos en este caso, o los rusos en el caso de “La noche...”

La trama, algo forzada en muchos momentos, es sencilla en realidad. La familia de policías encabezada por el patriarca Jon Voight, y sus hijos Noah Emmerich y un Edward Norton retirado de las calles por un problema reflejado en su rostro con una cicatriz como símbolo de un pasado aun presente, pero con un férreo código de valores. También pertenece a la familia Collin Farrell, cuñado de ellos por estar casado con unica hermana mujer, y que recibe el trato de "un hermano más". Este elemento es muy importante a la hora de la resolución de la trama, porque indica que se trata de un grupo endogámico fuertemente machista, reforzado por el trato de Voight a su mujer, y un desenlace que justifica a la familia de los miembros externos.

Todos los personajes principales están cuidados con mimo. Todos ellos tienen problemas personales difíciles, que les hacen comportarse de manera especial dentro de la trama de acción. Norton además de sus problemas sicológicos por el pasado, trata además de equilibrar su vida, desecha por una separación traumática. Emmerich, el hermano mayor, jefe del distrito, demasiado preocupado por su mujer enferma de cáncer como para ver lo que está sucediendo dentro de su comisaría. Farrell con deudas que le asfixian que le llevan a hacer tratos con mafias para mantener su nivel de vida, y líder de un grupo de policías corruptos, que si en un primer momento parece que son simples secundarios, pero que luego tienen una importancia primordial para el desenlace de la trama.

Dividido en bloques el punto de vista para poder explorar en el drama de cada personaje, tal vez el punto de vista principal se asiente sobre Edward Norton, que será el personaje clave para entender lo que sucede. Norton es el punto de vista del espectador porque desconoce, a través de sus ojos vamos desentramando la red de corrupción. Involucrado directamente para plantear la duda moral que va en contra de su personalidad, su pasado, la familia, que trata de proteger a los suyos, Norton se enfrenta ante el conflicto como un héroe de película. Por eso el desenlace resulta demasiado forzado. Elementos externos demasiado impostados son los que se imponen para que el espectador americano quede tranquilo, pero que dan al traste para elevar la película a otro nivel.


Los personajes secundarios, casi con un Deus ex machina un tanto absurdo, inician el ciclo de restauración del orden, mientras de forma paralela los dos no hermanos resuelven sus diferencias. Una vez demostrado que el bien triunfa sobre el mal, el castigo por la traición es demasiado pequeño e insuficiente para que llegue el equilibrio, así que O´Connor (junto al coguionista Joe Carnahan) deciden darle una segunda reparación a través de la comunidad damnificada, y el autoinmolamiento del personaje de Farrell (que además sirve como expiación de sus pecados), uniendo de forma interesante las subtramas. El espectador sabe inconscientemente que los hombres de la casa se ocuparan de la hermana desconsolada, a fin de cuentas, toda la trama esta concebida para demostrar que el orden moral de la comunidad está por encima del interés de las ovejas negras. Por otro lado, el personaje de Norton, recibirá además su recompensa necesaria con la recuperación de su ex mujer por su integridad.

Hay que reconocer que el casting es muy interesante. Cada personaje responde a su rol con eficacia. Pero por encima de unos siempre solventes Voight, Norton o Farrell , quiero destacar a Emmerich. Un actor acostumbrado a personajes secundarios, tal vez condicionado por su físico, pero que no sólo está al nivel, sino que además aporta humanidad, alejándole de un papel mucho menos resultón cercano al estereotipo, pero que él defiende con uñas y dientes. Gray recuperó aquel cine policiaco de las calles de los setenta como alumno aventajado de Scorsese y le ha dado solidez, y O´Connor se ha situado como continuador al que habrá que observar de cerca, porque puede ser uno de los directores de futuro, aunque le falte la solidez de introducir secuencias determinantes que marquen la diferencia con el resto… pero si los productores no le cortan las alas, eso también se aprende.

Víctor Gualda.

martes, 16 de junio de 2009

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON

Imagino que casi todo el mundo sabe que la última película de David Fincher es una adaptación del cuento de F. Scott Fitzgerald, pero supongo que no tantos habrán leído el cuento. Llamar adaptación a lo que Eric Roth y Robin Swicord han hecho con el texto original del escritor americano me parece demasiado atrevido. A no ser que la intención sea darle un peso especifico al metraje, lo único que conserva del texto original es el título, y la peculiaridad de que Benjamin Button cumple años de atrás adelante, es decir que nace como anciano y muere como un bebe. Circunstancia extraordinaria y que desde luego invita a la reflexión. Lástima que la reflexión se haya quedado por el camino, y al final hayan decidido dar prioridad a los efectos y maquillaje que al drama de un personaje diferente.

Dos horas y cuarenta minutos para desarrollar un cuento de apenas treinta páginas, con un ritmo sostenido y bien llevado, pero tan vacía de fondo que acaba aburriendo. Y es que la única conexión que tiene sentido de la película es la historia de amor entre Benjamín (Pitt) y Daisy (Blanchett). Ella crea los cimientos sobre los que se asienta la película. Un recurso manido del flash-back de la anciana, que en el lecho de muerte le pide a su hija que lea un diario, para luego pasar a la historia a tiempo real. Pero si los intercalados en el presente y en pasado paran la acción, peor aun es ver como en cada arranque de bloque, una voz en off va explicando lo que vamos a ver en pantalla. Y es que el recurso (no sé si atreverme a llamarlo epistolar) que no aparece en el cuento, cansa, ralentiza, y añade secuencias perfectamente prescindibles que definen al personaje desde un punto de vista externo de aprendizaje, pero no internamente, que insisto es lo realmente debería crear interés.

En cuanto a los meritos, me quedo con el control absoluto de la imagen (encuadre y estética) de Fincher, que hace de la fotografía (tal vez por su etapa como publicista y director de video clips), del buen control del ritmo narrativo, por paradójico que resulte, ya que la película resulta lenta. Por supuesto los recursos visuales más relacionados con la publicidad que con el cine están en alza. Me estoy refiriendo a la mejor secuencia de la película, aquella que habla de la casualidad y el destino. Fantástica como arranque de otra película o cortometraje, pero que aquí aporta poco al drama. Y es que, insisto que lo que empobrece la obra es la falta de un objetivo claro del personaje principal. ¿Dónde quiere llegar el director? ¿Por qué deja de lado el conflicto del personaje (apenas planteado) y se centra en efectismos? Dándole vueltas al asunto, llego a la conclusión que las pequeñas subtramas que alargan una hora más de lo necesario la película, son la excusa sobre la que se sustenta la nada. Si las hubiese eliminado, la falta de objetivo del guión y dirección hubiese cantado demasiado. Así, al menos nos acordaremos de secuencias puntuales prescindibles, pero efectivas y estéticas. Me refiero a la del ataque al barco en el que muere el patrón tatuado (Jared Harris; el mejor de la película a pesar de estar algo sobreactuado); me refiero a las del hombre al que le caen siete rayos; o incluso aquella que habla del reloj que corre hacia atrás en el tiempo para intentar recuperar a los hijos perdidos en la guerra. Secuencia prescindible, pero que trata de dar peso especifico al argumento y se queda en una explicación infantil.

Así que Fincher y su equipo centran su esfuerzo en los efectos especiales, en que un Pitt descafeinado quede perfectamente maquillado en cada bloque para que llame la atención. Y como centro argumental de la película, en la imposible relación de él y Blanchett. Pura mercadotecnia industrial para el espectador medio. Pero el conflicto de un personaje desubicado, que por fuerza debe tener un conflicto de identidad (desastroso el planteamiento del giro en el que conocemos al patriarca Button), y sobre todo un personaje que no toma el mando de su conflicto en ningún momento y se limita a ver y que veamos pasar la vida ante sus/nuestros ojos sin intervenir (me recordó al protagonista de “El pianista” otro personaje cronista sobrevalorado, ni héroe, ni antihéroe).

En definitiva, todo aquello a lo que le puede sacar partido está sencillamente tirado a la basura. Ni siquiera los actores salvan la película. Soso Pitt, tal vez demasiado concentrado en dar credibilidad a cada edad del personaje, una Blanchett sobrevalorada (propongo un juego, editar cualquiera de su películas intercambiando secuencias, seguro que siempre vemos el mismo personaje). Una película pretenciosa, con trece nominaciones en la última edición de los Oscar, que como no, se llevó los de maquillaje, efectos y dirección artística. Es decir, todos aquellos que casi siempre paga el presupuesto desorbitado de estas producciones, pero que en modo alguno suplen lo más importante de una película. Una buena historia bien desarrollada.

Víctor Gualda.

viernes, 12 de junio de 2009

LA DUDA

No importa que la película sea pequeña con aire teatral, que no haya un solo efecto especial, que la historia y el tema estén más o menos presentes en la sociedad, que sea una adaptación del libreto para teatro de John Patrick Shanley. Si hay un motivo para verla, es la increíble interpretación de todos sus protagonista. Una de esas películas que deberían ser obligatorias en las escuelas de interpretación. Ya sabíamos de la solvencia de Meryl Streep y de Philip Seymour Hoffman. Lo que me ha fascinado, es a que nivel pueden brillar estos dos actores. Dos generaciones de monstruos de la pantalla que llevan a cotas superiores el noble arte de meterse en la piel de personajes dibujados sobre el papel y convertirlos en personas.

Y es que el planteamiento de la película es sencillo, directo, sin más artificio. La subtextualidad, los movimientos del cuerpo que reflejan el pensamiento sin pronunciar palabra tienen un protagonismo inusual en el cine americano, acostumbrado a suplir la interpretación con mascaras de artificio que distraen del fin último. Contar una historia a través de los personajes.

Si en el arranque se desliza con algo de tensión al fin último del drama, con una presentación que va directamente al grano. Un Seymour Hoffman que establece la duda como forma de acercamiento a la fe, una Streep como vigilante rígida e inmisericorde dará pie al conflicto. Nada es seguro, todo es sugerido, pero mientras exista la duda, hay que extirpar el mal por si acaso…
No hay protagonista y antagonista. Aunque el punto de vista acompañe con cronometro en mano más tiempo a la Streep, aunque el suspense se centre en lo que no vemos de Seymor Hoffman, esto es una lucha de gigantes que pelean por el plano cada segundo, y que están dispuestos a hundir a su adversario con un gesto, una mirada, un silencio.

Una vez planteada la guerra, sólo hay que sentarse a disfrutar, a mirar quien de los dos ganará. Y el vencedor lo decidirá el texto. Pero lo mejor es que los acompañantes están al nivel. Si ellos manejan el conflicto, los secundarios les engrandecen. La monja primeriza inocente y justa manipulable y en conflicto con ella misma Hermana James (Amy Adams), pero sobre todo esa secundaria de lujo que en una sola secuencia trasmite más que muchas principales en cien secuencias. Esa madre dispuesta a sacrificar la dignidad de su hijo a cambio de un futuro. La grande Viola Davis en su papel de señora Miller. Hay que quitarse el sombrero ante esta actriz que en un mano a mano con Streep es capaz de lo imposible. Comérsela. Pero si esta secuencia es intensa por el drama que esconde, como no destacar una de las secuencias de tensión mejor llevadas de la última década. La del te. Aquella que enfrenta por vez primera a los protagonistas en un juego de silencios elocuentes, de verdades sugeridas y mentiras lanzadas a la cara, con la hermana Davis como juez y parte. Tan contundente que se come a la secuencia climática en la que la guerra entre los protagonistas es abierta y objetiva.

Si lo que buscas son las emociones primarias de la acción, las planificaciones complejas con cientos de planos picados, o los héroes incorruptibles pero sin matices de personalidad, mejor que no pierdas el tiempo en las casi dos horas de metraje. Pero si te interesan los cara a cara de personajes, el lenguaje subtextual, o la intensidad de las interpretaciones, no te puedes perder esta obra de teatro ganadora de cuatro premios Tony y el Pulitzer, convertida en película, dirigida por el propio autor Patrick Shanley en su segundo acercamiento a la gran pantalla, a la que sólo le puedo reprochar (y casi por decir algo) la utilización de algunos planos inclinados para sugerir el estado anímico de los personajes, cuando los actores suplen a la técnica y no necesitan extras para hacer un trabajo monumental.

Víctor Gualda.

martes, 9 de junio de 2009

MI NOMBRE ES HARVEY MILK

Es curioso observar la delgada línea que separa la reivindicación del mercadeo. Es fácil pensar que Gus Van Sant, crea un panfleto, y el siempre comprometido Sean Penn sencillamente busca el reconocimiento. Si observamos desde un punto de vida objetivo la película, y sin tener en cuenta el tema, o la importancia social del reconocimiento de los derechos gays, nos encontramos una película vacía. Casi de diseño en la forma, y demasiado sesgada en el fondo. Una película con claras intenciones de manipular, tan necesaria como prescindible.

Está claro que Gus Van Sant era el mejor director posible para una película de estas características. Los derechos civiles de los homosexuales han evolucionado en los últimos veinticinco años en Estados Unidos, y una de sus figuras carismáticas ha sido este Harvey Milk. Quién mejor que un director que domina a la perfección el lenguaje cinematográfico, siempre reivindicativo, y gay para llevar a la pantalla la lucha de su comunidad. Quién mejor que un actor camaleónico, concienciado y comprometido para resucitar la figura del político más carismático de San Francisco. Así que la combinación es de antemano “caballo ganador”.

Pero me pregunto; ¿es que este Milk no era humano? ¿No tenía defecto alguno? Y es que el guión de Dustin Lance Black muestra al personaje como si fuera un extraterrestre. No es posible plantear una película biográfica de un personaje real como si fuera Ulises. Incluso él mostraba defectos. Está planteado Milk un individuo sin doblez que se enfrenta ante una sociedad injusta de tal forma que la empatía con él, (que tiene motivos para que la sintamos sin artificios) me resulta demasiado forzada. Y es que analizando la estructura del guión, vemos que sus sufrimientos están utilizados para reforzar su causa más que su persona.

Su constancia queda patente presentándose tres veces antes de ser elegido para concejal. Su tolerancia está fuera de duda, aunque sólo sea por su lucha, su comprensión con su novio que le abandona por estar demasiado inmerso en la causa es intachable (y eso que su novio Scott (James Franco) es su director de campaña), su bondad por recoger de la calle a su nuevo amor e incorporarlo a su vida, a pesar de ser hispano, maniaco compulsivo Jack (Diego Luna), no tiene límites. Su inteligencia por saber bregar con Dan White (Josh Brolin) intolerante gay reprimido, más interesado por su puesto que por su comunidad no tiene parangon… pero qué me estás contando Van Sant. Que la causa sea digna y necesaria, no justifica que el personaje este tratado como un Cristo... Si sólo le falta convertir el agua en vino…

Pero aparte de las consideraciones internas, hay que reconocer que Vant Sant es un director fantástico, que sabe lo que quiere y como conseguirlo, capaz de hacer la película más comercial “El indomable Will Hunting” y la más independiente y personal “Elephant”, que alterna una planificación clásica, con una más estética sin que apenas se note, que sabe acompañar al personaje con la cámara para mostrar su lado más personal, asociado además con un tótem sagrado como Penn, que imprime verdad a sus personajes, y que se deja la piel en cada interpretación (aunque sigo opinando que el Oscar tenía que habérselo llevado un fantástico Rourke) es lógico que Van Sant se sienta orgulloso de su trabajo, y por supuesto de su condición sexual. Es necesario normalizar la situación de los homosexuales, porque independientemente de su opción sexual, sienten y padecen igual que todos, y a estas alturas, cuando se supone que la sociedad es suficientemente madura, deben tener los mismos derechos que todos, pero mejor sin manipulación panfletaria.

Víctor Gualda.

viernes, 5 de junio de 2009

EL JUEGO DEL AHORCADO

Meses sin que aparezca una película española en DVD decente (desde “El patio de mi cárcel” que yo recuerde), y albergo esperanzas con la última de Gómez Pereira. El que en otros tiempos se asoció con Iborra, Oristrel y García Serrano para convertirse en uno de los referentes de la comedia española, trata ahora de volver a la senda del éxito junto al también director, y en este caso guionista, Salvador García Ruiz, (buen desglosador de personajes, quién no recuerda “Mensaka”). Para este juego del Ahorcado se basaron en la novela de Inma Turbau, y contaban con Mendizábal para la banda sonora y con Salcedo para el montaje. Con lo que las expectativas eran altas. No así el resultado.

Pereira tiene una cuenta pendiente con el thriller después del fracaso de “Entre las piernas”. Esta inició el declive del que no acaba de reponerse. En el caso de la que nos ocupa, hay que reconocer que aunque la intención es buena, el mayor “fallo” de la película esta en el guión y en la ineficacia para mantener el interés de una película que no acaba de definir el tono, transitando entre el thriller y el drama. Al tratarse de una adaptación, una película que a priori parece “de personajes”, se convierte en una película “de trama”, pero en el mestizaje se pierde.

El arranque establece las pautas de lo que vamos a ver a lo largo de las casi dos horas de metraje. Una relación especial entre dos personajes sustentada por la obsesión de él. Enseguida comprendemos por una evolución demasiado pormenorizada que acabará resultando enfermiza. Interesante propuesta, pero los guionistas tienen que sustentar ese fondo de la condición humana en una trama articulada para que ambos desarrollen su personalidad. Es entonces cuando se meten en el embarrado del que apenas salen. Una situación violenta de un personaje recurso (un mcguffin vamos) sirve de giro dramático. La ilógica, infantil, o al menos no suficiente explicada reacción del personaje de Clara Lago consigue romper la empatía del espectador. Es entonces cuando David toma el mando de la situación, y el director intenta (por decir algo benévolo) jugar con la tensión y el suspense. Mal jugado. La tensión se rompe igual que se planteó.

Ahora es David (Álvaro Cervantes) quien ha evolucionado de forma un tanto extraña. Sabemos que ocurre algo, pero sus cambios de humor apenas están justificados por flash-backs incompletos perfectamente suprimibles. Demasiadas explicaciones para tan pocas expectativas, que Pereira, o Salcedo (no sé quien es el verdadero culpable) destrozan, tal vez como giro del segundo acto. La resolución de la trama excusa es precipitada en la estructura. El espectador controla la información cuando debería permanecer en el punto de vista de ella en todo momento (para alimentar la incertidumbre, el suspense, la sorpresa) En vez de eso vuelven a narrar.

El giro no empuja el desenlace, y paran la película para arrancarla en Londres (intuyo que por respeto a la novela). Pero ya nos lo han contado todo, así que la tensión se evapora y lo único que queda es resguardarse en los personajes y esperar la tontería un tanto infantil de la resolución. Y por supuesto llega, pero de nuevo cagada monumental. NO están juntos espacialmente, así que una carta, que rompe cualquier posible magia, dilapida el desenlace que por muy bien que quede el croma o transparecia o lo que sea, no sirve para paliar un desenlace en forma de flash-back...

Como siempre Luís San Narciso tiene buen tino en la selección de actores , y tanto Álvaro Cervantes como Clara Luna, están a la altura del personaje. En general también el resto del reparto, aunque en la trama tengan poco peso. Tampoco ha podido ser esta vez. ¿Qué tal una comedia para la próxima?

Víctor Gualda.

miércoles, 13 de mayo de 2009

EL INTERCAMBIO

La primera reflexión después de ver “El intercambio” es lo curioso que resulta comprobar, como la penúltima película de Eastwood ha tenido menos reconocimiento que su última “Gran Torino”, y como la que hoy tratamos es mucho más compleja y completa (en sentido puramente cinematográfico) que la que interpreta el viejo actor. Lo cual demuestra que el cine no es una ciencia exacta, pero que el espectador medio prefiere las emociones básicas y directas relacionadas con el estereotipo (en aquel caso del viejo fascista obcecado y patriota) antes que identificarse con el drama de una madre que busca a su hijo, y todo lo que rodea los intereses políticos.

Antes de comenzar con el texto, tengo que reconocer que Angelina Jolie, bajo mi punto de vista, hace su mejor interpretación hasta la fecha (incluyendo “Inocencia Interrumpida” que le valió el Oscar) El personaje es un bombón para un mundo en el que personajes protagonistas de ese peso pocas veces caen en manos de una mujer. Pero ella defiende en casi todo momento con credibilidad el personaje. Sólo pondría el “pero” en algunas secuencias demasiado impostadas, o en las que el vestuario pesa más que la interpretación. La protagonista lleva tocados y gorros que no se quita ni para hablar desde el teléfono desde su casa, lo que le infiere cierto aire de antinaturalidad. Pero detalles aparte, la contención es difícil en papeles extremos, y tanto ella, como el actor que más muecas hace con la cara del mundo, John Malkovich, están dirigidos para evitar aspamientos y trasmitir sentimientos, sin caer en la fina línea que lleva al melodrama de sesión de tarde. Pero es que además, están parapetados por unos fantásticos actores secundarios, que regalan credibilidad.

Pero la película es mucho más que un puñado de buenas interpretaciones. Ya en el crédito inicial, el director deja claro que está basada en una historia real, y por lo tanto advierte al público que la realidad siempre es mucho más increíble e improbable que la ficción. El guionista J Michael Straczynski se basó un hecho real, para desarrollar este texto que crece sorprendentemente a partir del primer tercio de película. Si el arranque es frío y casi periodístico, con la presentación de la madre soltera que lucha por mantener a su hijo, es a partir de la desaparición de este, cuando la película arranca. Pero en vez de limitarse a la típica búsqueda, la excusa, o premisa, o giro o como quieras llamarlo, se produce cuando la policía (convenientemente presentada) le entrega a la madre un niño que no es el suyo. A partir de ese momento, una película convencional, se dedicaría a la búsqueda de la verdad por parte de la madre. No en esta, eso es sólo la excusa para mostrar (como en casi todas las últimas de Eastwood) la naturaleza humana. El guionista de apellido impronunciable, es capaz por medio de una historia secundaria, de crear una trama paralela que nos cuenta la historia de otro niño que por una investigación rutinaria, es víctima de la culpa (un peso a priori demasiado grande para un menor) La confesión de este, lleva a relacionar ambas tramas. El espectador descubre al tiempo que la madre Jolie, por lo que la identificación está garantizada. Pero la trama de superación no deja de crecer. Llevará a nuevas y sorprendentes situaciones. Mostrará la corrupción de la policía, la hipocresía de los políticos. El poder de los medios de comunicación en la masa civil, el poder casi Kafkiano del sistema frente al individuo…

Lo curioso es que una vez que todo está en su sitio y ambas tramas se cruzan, el texto nos invita a asistir al juicio del pederasta, simultáneamente con el de la actuación policial. La excusa principal de encontrar al desaparecido, no se mantiene como fin último, pero la protagonista manipulada por el reverendo presbiteriano y por su ansiedad materna, disuelve temas que con maestría se mantienen cada uno en su sitio. Las dos historias tienen en común a la Jolie, y sólo el niño puede unirlas. Un Eastwood siempre al límite con las acusaciones fascistoides, muestra una ejecución de pena de muerte hasta el último segundo. Está apoyado por lo salvaje de los hechos, pero no deja de resultar cruel y justificatorio si lo miras fríamente. Es en este tramo donde la película pierde más enteros. El metraje alargado durante dos horas sólo puede ser compensado con la liberación de la tensión como válvula de escape. Pero como no va a suceder, el espectador es manipulado por el monólogo de Jolie, en el que queda claro cual es el sentimiento primigenio que debemos sentir. “La esperanza”. Lo siento Clint. Esa costumbre del crédito manipulado por la palabra no es suficiente para descargar todos los sentimientos que dejas sobre la mesa.

De cualquier forma, una película más para la biografía de Eastwood magistralmente dirigida, austera en la forma, como es marca de la casa, que busca en el interior del individuo, pero con una intención de entretener y conmover casi a partes iguales. Lastima que el tono demasiado dramático (que siempre me hace malpensar que el fin era la búsqueda del Oscar) se adueñe del metraje, y ese final inconcluso sea un gatillazo en las emociones del espectador.

Víctor Gualda.

martes, 28 de abril de 2009

LA DESCONOCIDA

A nadie se le escapa la importancia de los títulos para definir el tono de una película. Y aunque es fácil relacionar a Tornatore con su homenaje amable al séptimo arte de “Cinema Paradiso”, al director italiano le gusta tocar diferentes palos. En este caso se atreve con un drama envuelto en thriller, y tengo que reconocer que después de seis años de espera desde su anterior “Malena”, el resultado es más que aceptable.

Como decía, el crédito que da título al metraje, cobra especial protagonismo. Toda la película está planteada como una especie de larga presentación del personaje principal. Para el espectador, Irena (Xenia Rappoport) es una desconocida de la que va descubriendo parcelas limitadas de su vida. Vemos que está recién llegada a la ciudad; Que le interesa vivir en una zona determinada; Que tiene una gran cantidad de dinero en efectivo, pero aun así quiere trabajar haciendo como limpiadora en un piso concreto. Piso en el que vive una familia acomodada con su hija.

El fantástico guión, firmado por el propio director, va dando detalles lentamente y generando la curiosidad del espectador que probablemente juegue a adivinar cuales son los verdaderos intereses de la protagonista. Unos flash-backs espaciados, con un estilo de fotografía rodaje y planificación diferentes, nos hablan de un pasado difícil, desarrollado en una trama paralela. La subtrama no está colocada de manera descuidada, también nos aporta pistas de sus intereses presentes. Nos presenta además a un antagonista que en el tercer tramo de película absorberá todo el conflicto, uniendo el pasado que representan los flash-backs y el presente, además de descubrirnos los motivos de nuestra protagonista. De esta forma entendemos el conflicto moral al que se ha enfrentado Irena a lo largo de todo el metraje.

Es tal vez este tercer bloque el que resulta más efectista, aunque algo precipitado, al girar radicalmente al thriler y dejar casi de trasfondo el drama, con algunas elipsis que tal vez den ritmo, pero que recortan el interés. El mayor problema de la cinta, se encuentra en un descubrimiento anticlímatico innecesario (¿será el pago moral necesario por sus actos? ya que el personaje lleva ese peso, sugerido por sus visitas a la antigua criada), que el director trata de compensar en un epílogo forzado y bajo mi punto de vista poco creíble, sólo con el fin de dejar un final positivo.

Tal vez haya espectadores que no aprecien el interés de la película por razones tan banales como el ritmo, acostumbrados al cine de género americano. Pero Tornatore es un director con muchas tablas, y tanto el tono, el ritmo, la mezcla de géneros, el suspense y la sorpresa (al más puro estilo Hitchcock) están llevados con una coherencia que se acomodan al estilo europeo, y aunque no haya sido una película especialmente taquillera en nuestro país, hay que rendirse ante el buen quehacer de este director lastrado por el éxito mundial de su oscarizada segunda película.

Víctor Gualda

martes, 31 de marzo de 2009

LOS ABRAZOS ROTOS

Lo cierto es que aun no tengo claro si la última película de Almodóvar me ha gustado o me ha horrorizado. De momento tengo que reconocer y valorar el esfuerzo del director por intentar complicar sus habitualmente planas historias. Aquí se lanza al vacío para intentar hacer una especie de “experimento narrativo”. Personajes que dan lugar a otros personajes dando lugar a nuevas tramas que luego tienden a converger en una principal. Muy buena idea, pero al final el intento resulta fallido. Y es que el manchego más universal tiene una tendencia natural a repetirse más, cuando más original trata de ser.

Para empezar hay algo que me llama la atención, y es que en esta película la trama que domina la película está guiada por el intento de introducir un recurso tan habitual en el cine como el flash-back, de la manera más complicada posible. Pocas veces un recurso tan sencillo como este, que sirve para darnos información del pasado, fundamental para el presente del personaje, se convierte en un rocambolesco ardid para crear una inexistente tensión, pero como ocurre con cualquier flash-back, ralentiza la acción llegando a hacer la película tediosa. Más, cuando a la vuelta de cada flash-back hay una explicación dialogada, que casi funciona como voz en off explicativa y que ralentiza aun más si cabe.

Luego está otro de los temas fundamentales de la película. El punto de vista, que parece para el director una especie de punto g. Sabe que existe y tantea personaje por personaje (tal vez por lo que expliqué en el primer párrafo), pero sin llegar encontrarlo. Y es que si el personaje del ciego escritor o director, o amante o lo que sea, de Lluis Homar tiene tan poca movilidad de acción, y está prácticamente basado en el diálogo. Nunca interviene en la trama como un elemento activo, sino como un cronista de primera fila. Entonces descarga toda la responsabilidad en una Penélope que no sabe de qué va su personaje y se mantiene fría y distante a lo largo de todo el metraje. La heroína que debería ser bisagra de los demás, que es el origen de toda la historia y que tendría que estar llena de sentimientos contradictorios, es sólo un personaje colocado a capón con “secuencias excusa” para sacarla guapa y que rellene minutos. Un desastre para una actriz que tiene mucho que dar, pero que necesita tener confianza absoluta en el personaje para creérselo y por ende que se lo crea el espectador. Y siguiendo con este tema de los actores, no quiero olvidarme de la también grande Blanca Portillo, que tiene el personaje clave para que entendamos, pero que resuelve (igual que en “Volver”) uno de los clímax sentada detrás de una mesa, en un diálogo de nuevo explicativo, que sirve de resolución de una de las tramas principales y que aunque con uno de los pocos guiños cómicos (el de la copa en el Chicote), no deja de ser una secuencia explicativa y melodramática algo “barata” (sin ánimo de ofender) Para Ochandiano no tengo casi palabras. Lo suyo es el más difícil todavía. Un personaje escrito para él, que esta casi echo a su imagen y semejanza y que cae en el estereotipo más absoluto. Con lo cual, al único que puedo salvar de todo el reparto (aparte de esos maravillosos actores secundarios, Ángela Molina, Chus Lampreabe, Rosi de Palma, Lola Dueñas, Kiti Mamber, Carmen Machi) es a Jose Luís Gómez, un actor que es la repetición de otros hombres Almodóvar (me recuerda particularmente a Fernando Guillen Cuervo) pero que defiende su personaje con honestidad y algo alejado de los estereotipos interpretativos del director.

La necesidad de demostrar de Pedro, hace que en esta orquesta cada instrumento suene por su cuenta, convirtiendo algo que se intuye hermoso en un conjunto desafinado. Por supuesto, la fotografía, la música y todos los elementos que atrezan una película son fantásticos, pero un director sin problemas de producción no puede permitirse descargar sus meritos en meros ornamentos florales… Al final la mezcla de géneros thriller, comedia y melodrama, recortada de sus propios mitos, resulta fallida, y tal vez la parte que más se resiente es el montaje de Jose Salcedo demasiado plegado a los caprichos de un Almodóvar que no controla el ritmo de los géneros si se salen del melodrama (para mi el mayor problema de la película).

Es fácil dar consejos desde el sillón de casa, pero lo mejor de la película son las escenas cómicas e irónicas. Resulta que su autoparodia de “Chicas y maletas” deja mucho mejor sabor de boca que las dos horas anteriores. Lo mismo sucede con el personaje de Lola Dueñas, que para mi tiene la mejor secuencia de la película con su trabajo de lectora de labios. ¿Qué tal una comedia pura y dura para la próxima? Por cierto, y para terminar, me encanta que haya una secuencia completamente prescindible, que hace un homenaje a Louise Malle, pero en fondo a La Devedeteca sin saberlo, ya que cuando Tamar Novas mira entre los DVD de Homar, está señalando las películas que “El Deseo” nos alquiló para la producción. Un bonito detalle Pedro.

Víctor Gualda.

martes, 24 de marzo de 2009

GOMORRA

El revuelo mediático que acompañó Roberto Saviano con la publicación del libro que desentrañaba la camorra napolitana, se prolongó con la aparición de la adaptación cinematográfica, y sus premios en Cannes, en los premios del cine europeo etc. Al director Matteo Garrone le valió el reconocimiento y a Saviano (que participó en el guión) la amenaza de muerte que le mantiene escondido y con guardaespaldas vaya donde vaya. Al espectador-lector la consciencia de algo que muchos sabían pero pocos se atreven a denunciar. La no selección para los Oscar, acabó diluyendo el revuelo y en pocos meses probablemente sea una película más sobre la mafia. Lo que me lleva a preguntarme si realmente mereció la pena.

Si la versión literaria era una denuncia con nombres y apellidos de los jefes de los clanes y sus prácticas con una crudeza que asustaba, la versión cinematográfica, a pesar de su interés, se queda en una mera anécdota dividida en subtramas que completan un todo, del que se puede obtener una visión distorsionada de la realidad. Y es que a pesar de su espíritu documental que le infiere realidad, la versión cinematográfica adolece de la falta de conexión de las tramas, que puede despistar al espectador que se queda con una idea a grandes rasgos del control de la droga, la moda o los residuos que ejerce implacable la camorra.

En el libro, que tenía una estructura narrativa también dividida por temas, Saviano descargaba todos los detalles, y las trescientas y pico páginas daban para explicar como funciona escalafón por escalafón la estructura de las familias camorristas. Temas tan interesantes e importantes como la guerra entre familias, los jefes buscados por la policía que se escondían en zulos durante años, el funcionamiento de los barrios donde se vende la droga, la corrupción institucional en muchas zonas de Italia, la importancia ascendente dentro de las familias de las mujeres, la construcción, las armas, en concreto el Kalashnikov (al que dedica un capítulo entero) incluso la importancia del cine en los jóvenes camorristas, que apenas está sugerida en la película por unos diálogos de “El precio del poder”, cuando la película referencia de los camorristas es “El profesor” (Il Camorrista) de Giuseppe Tornatore, tan necesaria para entender el funcionamiento como el mismo libro de Saviano, todos ellos se quedan fuera del metraje, dejando una visión muy incompleta de la realidad.

En definitiva, las imágenes no son más que un complemento interesante por la mezcla de estilos entre documental a veces, un estilo neorrealista en las secuencias dramatizadas por actores, frescas en todo momento y reflejo de una realidad social que atenaza las estructuras de un país entero, pero con carencias en la adaptación por la mencionada falta de línea de unión entre las tramas. Una especie de periodismo cinematográfico que puede llegar a aburrir por momentos al espectador mal acostumbrado por Hollywood.

La paradoja se presenta con una anécdota. La camorra consiguió hacer una copia pirata del master de la película y venderla en todos los quioscos de Italia antes de que se editase el DVD legal. Con lo que además de amenazar a Saviano, se siguen enriqueciendo igual que antes, con el añadido de hacer negocio con la denuncia.

Víctor Gualda.

martes, 17 de marzo de 2009

GRAN TORINO

Con esta película Clint Eastwood demuestra que es algo más que una estrella. Es un artesano que ama su trabajo, y lo hace con una honestidad y mimo que le ha llevado a
los libros de historia. Ya desde que empezó su carrera, su motivación para hacer los spaghetti-western que le hicieron famoso fue la de conocer mundo y trabajar con un director que no hablaba ingles. Pero ya entonces con aquellos personajes estereotipados supo imponer su personalidad y destacar en películas de serie b, que gracias a él se han convertido en pequeños clásicos. Luego llegaron sus películas en Estados Unidos y con ellas su saga del policía fascistoide y vengador Harry el Sucio y demás. Pues resulta que el cine y la sociedad han evolucionado, y en “Gran Torino” vemos esa evolución de las formas narrativas y de las ideas, probablemente también del mismo director.

Y es que el personaje parece deudor de aquella época de vengadores en la que el individuo era la única forma de redimir el mal de las calles (una constante en su cine). Por eso la evolución del personaje en la película parece la evolución de la sociedad que le ha tocado vivir a un “héroe de guerra” como Eastwood. De ahí que esta película de bajo presupuesto se convierte en una película necesaria en su filmografía. No es de extrañar que el director-actor haya anunciado el final de su carrera delante de la cámara. Parece lógico que haya querido cerrar el círculo con un personaje que entiende que su tiempo ya pasó, y que como redención de las ideas, se hace este traje a medida, se corta el pelo y se rasura como actor para enfrentarse al destino a pecho descubierto. Pero es que el símbolo trasciende, y parece querer decir que el desconocimiento de nuestros semejantes es lo que nos aleja de ellos. Por eso al conocerlos les aceptamos en incluso admiramos más que a nuestra propia familia. Y es que “Gran Torino” es una carga de profundidad crítica con el americano medio y por extrapolación con nosotros mismos.

Había escuchado que el final sorprendía, y después de verla, no puedo dejar de pensar que lo interesante del metraje no es el final, sino la evolución que hace del desenlace algo necesario e inevitable. Este Walt Kowalski parece entender que el pueblo americano es el producto del mestizaje de sus culturas, sean de donde sean (el personaje es de origen polaco, el cura irlandés, el peluquero italiano…), y que por mucho que se cuelgue la bandera americana en el porche, o tenga un Ford que le da titulo en el garaje, al final lo que importa es que tu gente es la que está cerca. Tal vez por eso cuando le dieron el Oscar por “Million Dólar Baby”, su madre de casi cien años le acompañó a la ceremonia.

No quiero develar el argumento porque la película es sencilla y hay que disfrutar al descubrirla. Sólo añadiré que mezcla sabiamente el tono dramático, salpicado de diálogos de comedia que enganchan e identifican al espectador con el personaje (fantástica la secuencia de la barbería con Thao). Que está presente la diatriba individuo-iglesia-Dios tan necesaria en su último cine, y que ojala Eastwood tenga energía para seguir dirigiendo durante muchos años, porque su cine a pesar de estar hecho para que el americano medio reflexioné, sirve de espejo fuera para conocer las tripas de aquella sociedad mestiza, tan distinta pero tan igual que la nuestra.

Víctor Gualda.

martes, 24 de febrero de 2009

EL LUCHADOR

En estos tiempos que corren, en que todo es imagen e hipocresía, en los que las modelos que venden cremas antiarrugas tienen veinte años, en las que los políticos se enfrentan entre si con campañas de imagen, pero olvidando el fondo. En los que todo es una gran mentira cubierta de papel de regalo en definitiva, nos llega esta película sobre una profesión a medio camino entre el deporte y el teatro, que de la mano de Rourke aporta la dureza de la verdad.

Y es que aunque hay que reconocer la buena mano del director Darren Aronofsky, que pega la cámara al luchador de una forma directa y con el movimiento perfectamente justificado a las emociones y las situaciones de cada secuencia, el gran merito de la cinta está en la espectacular interpretación de un Mickey Rourke en estado de gracia que tal vez por identificación con su Randy, se mete tanto en la piel del personaje que acaba haciéndolo suyo. Así, nos olvidamos de la maltrecha cara de Rourke para entrar de lleno en un personaje, al que le duelen los desplantes de la vida, más que los golpes sobre ese escenario que es el ring. Algo así debe sentir el propio actor que se deja el alma en cada plano. Si la mirada reflejan la emoción, su mirada es de una transparencia capaz de transmitirnos que hasta para ser perdedor hay que tener madera. Y este Rourke la tiene.

Esta es una película para aquellos que creen en el atractivo del antihéroe, en el perdedor nato capaz de llevar a las últimas consecuencias sus sueños. En un sueño por encima de la propia vida, y verán una identificación brutal y descarnada de ellos mismos. Veinte años de aquella magistral interpretación de boxeador perdedor de “Homeboy”, llega esta otra que hace pequeña aquella. Poco importa que el guión sea impostado, que este tipo de películas herederas de las de los años ochenta, época además en la que comienza la historia, tengan una estructura facilona en la que se le da una segunda oportunidad al perdedor, para luego hacer más dura la caída. La striper, la hija, el trabajo en el mundo real, son sólo fuegos de artificio ante la honestidad de una interpretación magistral merecedora del más alto premio de su profesión. Se lo ha arrebatado Sean Penn, otra bestia ingobernable de la interpretación, pero tuvo el detalle de dedicarle unas sinceras palabras al final del discurso, no hay que olvidar, que Penn a principios de la década le rescató en su película “El juramento” (también Coppola y Tony Scott, aunque el reconocimiento le volviera a llegar por su papel en “Sin City” de Rodríguez)

Muy atrás quedan aquellos maravillosos papeles en “Diner”, “La ley de la calle”, “Manhattan Sur”, “El corazón del Ángel”, “El borracho”, o “Réquiem por los que van a morir”. Alcanzó la gloria para luego caer a lo más profundo del infierno personal. Ahora nadie le quería, y ha demostrado a sus detractores que sigue siendo un actor de los que se dejan la piel en el set (literalmente; no utilizó dobles para las peleas) y que se lanza al vacío con todo, como su Randy “the Ram” en el último plano de “The Wrestler”. Felicidades Mickey por el Oscar, que tal vez por una cuestión de reivindicación de una industria plagada de homosexuales que han utilizado a Milk para sus necesarias reivindicaciones, te han negado, pero los que preferimos la verdad en cada personaje, sabemos que el vencedor moral has sido tú.

Víctor Gualda.


Os cuelgo un par de entrevistas al dire y a Rourke que he encontrado y me han parecido interesantes.