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viernes, 4 de septiembre de 2009

THE INTERNATIONAL

El cine de espionaje vuelve a estar de moda. Y Clive Owen es el hombre para este tipo de papeles. Si hace poco le vimos en "Duplicity", en "The Internacional" retoma el personaje. Solo que en este caso el tono del film es diferente. Dejando a un lado la comedia, es ahora un aguerrido agente de la Interpol, y se verá metido en un oscuro caso que le supera. También aquí contará con un peso pesado como partenaire, Naomi Watts, fantástica interprete con tendencia a cambiar de look para cada papel. Owen sin embargo es siempre Owen. Duro, incorruptible, moralmente irreprochable y con esa gabardina que le hace pasar de un papel a otro como si cada personaje fuera una continuación del anterior. Pero eso no es negativo, también Cary Grant y muchos otros grandes cambian de papel pero no de traje. La clave está en un guión sin fisuras, muy bien dirigido y una realización impecable.

Lo que en principio parece un argumento de novela negra de esas en las que te pierdes con los nombres de los personajes, está pulido para que el espectador entienda de qué va todo el tinglado. Aunque la presentación arranca con una secuencia extraña, con personajes a los que desconocemos conspirando sobre algún tema que nos resulta ajeno, y con un Owen desorientado y oscuro, inmediatamente el guionista Eric Warren Singer nos pone al corriente de que va la conspiración y del carácter del personaje. Nos desvela un oscuro pasado que despierta nuestra curiosidad, nos mete de lleno en la trama. Entendemos quién es el enemigo invisible. Una institución siempre es un enemigo apetecible, sea un banco, un gobierno, o una agencia federal, el espectador siempre se pondrá de parte del individuo. Pero una macroempresa es un enemigo sin rostro, y como en aquella película que comentamos hace poco “A quemarropa”, el enemigo debe volverse tangible por medio del individuo (las instituciones también necesitan rostros) y ese rostro será el antagonista último… pero antes, hay que pasar por el peaje de las clases medias: asesinos a sueldo, matones despersonalizados con semiautomáticas y demás, comandados por el “consultor” profesional interpretado por Brian F. O´Byrne.

Una secuencia en el Guggenheim de Nueva York será el atrezzo para la acción que necesita una película de estas características. Los americanos tienen tendencia a provocar destrozos devastadores, y por qué no, el teutón Tykwer ha debido pensar que el arte engrandece la violencia. Pronto la trama se divide en tres. Y con la duda moral que se establece en la mejor secuencia de personajes, entre el viejo y antiguo coronel de la Stazi (Armi Mueller-Stahl) y Owen en la que se ponen sobre la mesa los términos amorales de cualquier acción. Owen decide cruzar la línea (ojo, es el sustento teórico del film, y lo mejor trabajado). Y es que para luchar en igualdad de condiciones contra una corporación, hay que equilibrar las fuerzas. El rudo y atractivo detective (cuanto más desaliñado más encanto tiene el personaje) decide cruzar la línea, y el planteamiento moral del personaje cambia. La experiencia es un grado en los servicios secretos, y en la vida. Las reglas las imponen las mismas instituciones para jugar con ventaja, así que el mcguffin de trafico de armas (increíblemente sencillo por bien explicado) pronto tendrá solución momentánea. Pero queda el individuo. El malo estereotipo necesario debe sufrir el castigo por sus actos, y si el coronel ha expiado sus pecados conscientemente, sólo Owen podrá redimir los del “malo”. Pero si su firmeza flaquea (no es tan fácil saltarse los propios principios), otra organización que el espectador conoce (curiosa la relación inconsciente del espectador –mafioso/italiano- por su falta de escrúpulos) se encargará de poner la bala. Así todos contentos.

La película resulta al final una crítica al sistema. A los intereses deshumanizados de los bancos para crear guerras, intervenir en el tráfico de armas. Fantástica la explicación no carente de lógica que relaciona armas con deuda, bajo la fina batuta de un Tom Tykwer que se pasa al thriller conspirativo y que ya ha dado muestras de su buen pulso narrativo y visual como director y que siempre encuentra soluciones visuales a la narración (“La princesa y el guerrero", "Corre Lola corre" o "El perfume"). Hay que felicitar al equipo por resucitar dignamente este género tan difícil, pero necesario. Peliculón que sin compartir los honores de otros estrenos, está muy por encima de créditos que lo avalen.

Víctor Gualda.

miércoles, 29 de julio de 2009

A QUEMARROPA


Merece la pena revisitar el clásico de John Boorman para comprobar la evolución del cine de acción antes de los setenta. Lo curioso es comprobar que aunque todavía el lenguaje es un tanto artificial y más emparentado con el cine clásico de género, Boorman introduce nuevos elementos muy cercanos al cine europeo y en concreto al “film noir.

Walter (Lee Marvin) es un ladrón que es engañado por su mejor amigo y su mujer tras cometer un robo a otros ladrones. El lugar; la mítica prisión de Alcatraz ya abandonada. Símbolo presente a lo largo de todo el metraje, la película comienza y termina entre las sombras de sus rejas. Será el lugar elegido para la traición. Flash-backs cortantes con mucha presencia del sonido más que del diálogo. Un Walker malherido y con un fantástico juego de acciones paralelas mezclado con un guía que explica en off la historia de las fugas de la prisión. Entendemos que Walker es tipo duro que ha conseguido sobrevivir a los disparos y las aguas sólo para disfrutar de la venganza.

“A quemarropa” es sobre todo un western centrado en el tema clásico de la venganza del personaje (fantásticos los angustiosos flash-backs que atormentan al personaje y que parecen salir desordenados de su cabeza) que hasta utiliza el formato Panavision, pero con la peculiaridad de que la estructura se rompe casi en el primer giro dramático. La mejor forma de encontrar su dinero es que sea su propia mujer quien le conduzca a su antiguo amigo y socio. Este sería el fin último de cualquier película, pero Boorman rompe las reglas para introducir un personaje ambiguo que es “La organización” (al final la suma de nuevos individuos que bajo el amparo de la empresa no toman conciencia ni responsabilidad de sus actos delictivos), y que se convertirá en el antagonista. Esto le resta emoción al argumento. Una vez que se ha saltado a su ex esposa y al traidor, no hay involucración emocional por parte del espectador, ya que el clímax se encuentra con ellos (en una fantástica secuencia en el ático por cierto) pero las escenas de acción continuaran hasta que Walker recupere sus noventa y tres de los grandes. Supongo que esta situación será la prolongación de la novela de Richard Stark (seudónimo de Donald E. Westlake)

Si un espectador medio suele recordar un par de secuencias de las películas, “A quemarropa” tiene un buen puñado de escenas fantásticas que luego han sido imitadas hasta la saciedad. Maravillosa la secuencia en la que Walker se cuela en el ático. Fantástica la secuencia del vendedor de coches, la del tirador, y el desenlace de Alcatraz. Eso si, dramáticamente no tiene igual, ni siquiera en la actualidad, aquella en la que el amigo le convence para le ayude en el robo. La situación surrealista de ambos en el suelo rodeados de piernas crea un desasosiego y tiene un punto surrealista que sólo imagino a Tarantino siendo capaz de reinventar. Y es que Boorman (igual que Tarantino) deja ver su gusto por el cine negro francés de manera clara en este homenaje con los elementos de la venganza, la amistad y la traición como sustento de una trama desigual, en la que un Lee Marvin entre duro y tierno, se deja acompañar por la fantástica Angie Dickinson.

La maravillosa utilización de los zooms ahora tan anticuados, combinados con travellings lentos, el montaje cortado y desigual que cambia el ritmo externo, el sonido con un inusual protagonismo, los flash-backs machacones, un sugerido expresionismo en las secuencias de la cárcel, los diálogos directos y poco explicativos, y un ritmo desigual que parecen pertenecer a otro género, incluso toques de humor encubiertos, son algunas de las características de este clásico de acción en el que la cámara todavía permanece alejada del personaje para mostrarlo todo, pero que invita a cualquier cinéfilo a revisar el género que tal vez más haya cambiado con el paso de las décadas.

Víctor Gualda.

P.D.- A partir de la primera semana de agosto la Devedeteca contará con "A quemarropa".

sábado, 23 de mayo de 2009

ASALTO A LA COMISARIA DEL DISTRITO 13

Por su parte en “Asalto …”, su escasa escenografita se debe a lo escaso del presupuesto. Unas secuencias en exteriores que presentan a los distintos personajes, y que van a desembocar en una comisaría desvencijada por traslado, a cargo de un policía novato. Será el violento escenario en el que unos pistoleros tendrán que hacer frente a los vengativos (la venganza mueve toda la trama) pandilleros sin rostro. Al héroe Bishop, le acompañara el antihéroe Napoleón Wilson y la chica, como socios de este western urbano.

Quiero destacar la capacidad narrativa de Carpenter que también firma el guión (además del montaje, música) utilizando un par de elementos, prescinde de la coherencia narrativa y busca una situación extrema que defiende a lo largo de más de una hora de metraje con un ritmo y potencia visual imparable. Y si al texto se le puede atribuir cierta falta de coherencia, es por que claramente el director prescinde de las florituras tradicionales, pero no hay que olvidar que los diálogos son fantásticos, y que la unión de personajes antagónicos por un mismo objetivo es magistral, contra un enemigo despersonalizado y sin más matiz psicológico que la violencia por violencia. De esta forma, se lanza a un western clásico (se le atribuye un homenaje a Howard Hawks en Rio Bravo) en el que un trío protagonista tendrá que enfrentarse contra el mal en forma de pandilla urbana.

Me gustaría destacar en esta, la presentación de los personajes por medio de tramas paralelas en la primera media hora de película. Los presos en el autobús, el novato que se queda a cargo de la comisaría desmontada por traslado, los malos malísimos, que buscan víctimas y crean la tensión que se alargara en toda la película. Y cómo no, la premisa necesaria para que la trama arranque, que le cerraría las puertas a cualquier director a Hollywood, con el cruel asesinato de la niña y la huida del padre vengativo buscando refugio.

A partir del encierro en la comisaría, pura acción a tiempo real (incluso hay referencia a este por parte de Bishop). La sensación de agobio y asfixia presente a lo largo de todo el metraje y aumentada por el corte de luz, la relación entre los antagonista, Ethan Bishop (Austin Stroker) como personaje recto y moral dispuesto a cumplir su cometido hasta las últimas consecuencias, y sobre todo el de Napoleón Wilson, como antagonista antihéroe que tanto le gusta a Carpenter. El buen ritmo, los buenos diálogos e interpretaciones, con la excepción de Leigh (Laurie Zimmer) que tal vez debería haber muerto en el envite (de lo mala que es), y las secuencias de acción a tiro limpio, hacen el resto. En cuanto a la música, compuesta por el mismo Carpenter, consigue crear sensación de agobio, aunque es un tanto ochentera (con sintetizador incluido), y tal vez esté sobrevalorada. En definitiva, un clásico mejor que su remake, y uno de los títulos emblemáticos del director. Imprescindible.

Víctor Gualda.

miércoles, 20 de mayo de 2009

MUERTE EN BANGKOK

El primer largometraje de los hermanos tailandeses Pang, causó cierto impacto en cine made in Hong Kong, que les situó en el punto de mira de Hollywood y tanto esta, como “The eye”, tuvieron sendos remakes de dudosa calidad en EEUU. Pero este "Bangkok Dangerous" tiene tantas cualidades como defectos.

Tal vez entre los defectos, se note ciertas carencias narrativas tanto en el guión como en la planificación, saltos en la continuidad de la historia que se pueden entender por tratarse de una primera película, pero que no empañan el merito de un muy buen trabajo visual y una historia con un lado violento, pero no exento de ternura.

La primera parte del film, está concebida para presentarnos a los dos protagonistas. Se tratan de un par de asesinos a sueldo. Kong se ocupa de los asesinatos, y tiene la peculiaridad se ser sordomudo. Es en este punto en el que los Pang centran todos los esfuerzos. Es una característica del cine oriental que sus asesinos a sueldo tengan taras físicas que contrastan paradójicamente con su violenta ocupación, y que sin embargo sitúan al espectador casi directamente en su orbita.

Una serie de flash-backs nos cuentan los antecedentes para que nos vayamos familiarizando con los personajes y no les cojamos antipatía, flash-backs muy detallados que no hacen sino ralentizar el arranque de una trama principal variable. Conocemos a Aon, la striper exnovia de Joe (el sicario que ejerce de hermano mayor) a través de la que se hacen los encargos y la metodología. Todo ello para tras más de media hora de metraje, dar paso a una trama secundaria que sirve a Kong para descubrir su lado más sensible. Las taras físicas o la ocupación separan al joven de la conciencia de las relaciones humanas, y será a través de la farmacéutica Fon cuando nuestro protagonista comience a descubrir un mundo nuevo. Pero como nada es perfecto, y los Pang no quieren abandonar el lado más violento de la historia, introducen un giro determinante primero para Joe y luego para Kong

A partir de este punto las venganzas serán la única motivación. Y por supuesto (esto no cambia sea cual sea la latitud del cine) la culpa sólo puede ser expiada a través de la sangre. Poco importan los esfuerzos de los personajes, la historia ha tomado su camino, y después del antecedente de un asesinato injusto a un inocente, el espectador conoce cual será el final a través del camino de un destino marcado.

Curiosos resultan ciertos detalles de la película. Los ralentizados, los efectos visuales tan trillados en el cine made in Hong Kong tal vez tengan una justificación, pero al ver esta película del año 1999, nos damos cuenta lo rápido que pasan de moda. Y es que secuencias visualmente fantásticas, como la del desenlace (de la que no hablaré por no estropear la sorpresa del que no la haya visto y se anime) como la del asesinato del metro; fantástica por el tempo narrativo perfecto. También otras que parecen sacadas directamente del manga y que son prescindibles, como por ejemplo la del fundido encadenado de la primera venganza o la de la violación. Tal vez hubiese sido interesante ver la secuencia a través de la videocámara del secuaz que la graba mezclando formatos (igual que en las escenas de la infancia de los protagonistas en 8mm) en vez de recurrir al picado de cortes intensificado por las luces estroboscopicas del club….) En definitiva que la modernidad tiene el problema de dejar de serlo con rapidez. De todas formas, tengo que decir que “Muerte en Bangkok” me recuerda poderosamente a las películas de John Woo. Una especie de mezcla entre “The Killer” y “Hardboiled”, pero algo más preciosista. Como queriendo tomar algo prestado de la estética de Wong Kar-Wai. Sean estas sus influencias o no, la película les granjeó un buen número de fans, y les llevó a ganar un premio en el Festival de Toronto, que les puso en el punto de mira internacional.

Víctor Gualda.

viernes, 23 de enero de 2009

JCVD












Cualquier filme de acción, salvo causa mayor, admite secuela.”JCVD” no.
Y es que hay que haber caído muy bajo para someterse a una deconstrucción de tal calibre como la que supone esta cinta, que entre sus virtudes cuenta con la audacia, inteligencia y originalidad de la propuesta.Y en el otro polo, la por momentos exasperante lentitud narrativa y un sentido del humor lindante a la chanza, pero que en cierto modo es la opción más coherente:la parodia, la hipertrofia de la situación para que no emerja el personaje, quitar hierro para alcanzar la verdad a través del humor.Una cura de humildad, en suma.Cine para sanar.
Todo parte de un Van Damme harto de subproductos, rodados en digital con presupuestos ínfimos en cualquier lugar de Europa del Este, con una vida comercial que se salta las salas comerciales para quedar en en el olvido de cualquier rincón de un Blockbuster.Su vida personal aún va peor:los excesos, deudas económicas y un proceso abierto por el que va a perder a su hija.Así que Van Damme viaja a su tierra para tomarse un respiro, el descanso del soldado universal.
Ya en Bélgica, se desarrolla la trama argumental(la ficción), un disparatado proceso público.Cuando la situación parece enquistada, se quiebra la narración en el momento más memorable de la película:las horas de gimnasio y los golpes recibidos se vuelven contra la cuarta pared, que hecha añicos como una frágil porcelana, revela los cardenales que más duelen a un Van Damme tan desencajado como un rostro de F.Bacon.Es el momento de la confesión, que por si sola justifica “JCVD”, mostrando la desnudez de una persona realmente sensible.
Una de las asunciones de la contemporaneidad, la importancia de los procesos, ya nos fue advertida por Kiarostami en, para quien tome nota, la trilogía de Kokker.Y así se cumple en el visionado del making off de “JCVD”(bondades del DVD), si cabe, mucho más interesante que la película.Dos fuerzas encontradas:la exagerada vanidad de un joven realizador(Mabrouk El Mechri) que para hacerse un hueco, sin querer queriendo explota (legítimamente) la debilidad del icono, quien de tanto caminar sobre la cuerda, ya sólo busca inhalar afecto.
Resulta estremecedora la incapacidad de sacar a flote la persona, estrangulada por el personaje.Sólo un momento de respiro, de dignidad:el actor que fluye trabajando, cuando coreografía la secuencia de acción que marca el inicio de la película.
Si “JCVD” no admite secuela es precisamente porque la saturación de la persona conlleva necesariamente la victoria del personaje.Así,”JCVD” parece funcionar como un oasis, un punto de no retorno en la vida de Jean-Claude Camille François Van Varenberg, una prueba de que la ficción es más grande que la vida.

Zero en conducta

viernes, 28 de noviembre de 2008

007; QUANTUM OF SOLACE

y ahora una de James Bond.... y es que el agente menos secreto del servicio de su majestad se ha convertido por méritos propios en su propio género. Da igual que actor lo encarne. Da igual que los puristas se hagan cruces por la falta de elegancia de Daniel Craig, que ya no exista Q y sus inventos o Money Penny, que el superagente maltrate su Aston Martín para así luego utilizar otras marcas que promocionar, o que su martini se haya convertido en coca cola zero. Bond se ha adaptado de la forma más extraña a su precuela donde la testosterona manda sobre la ironía e inteligencia. Craig es para Bond, lo que los teléfonos móviles para la tecnología. La evolución del héroe a superheroe. Y es que por mucho que se manche el traje, el agente es una especie de Aquiles inexpugnable, al servicio de su majestad espectador. Y si el nuevo espectador quiere violencia por encima de todas las cosas, pues olvidémonos de los modales y el traje. Con un polo y un vaquero blanco se pelea mejor.

Sin embargo me da la impresión que los responsables de esta entrega se han inspirado en el agente amnésico Bourne para la estructura de esta película. Vamos, que es una copia de “El ultimátum...”. No tanto por la repetición de las situaciones, que también, sino porque las escenas de acción están intercaladas a la perfección (hay que reconocerle el merito al director de la entrega Marc Foster) dentro de un argumento con poco peso, pero que deja el tiempo justo para coger aire entre escena violenta y escena más violenta.

El arranque entra de lleno en una escena de persecución de coches sencillamente espectacular. Ya estás situado. Una escena de interrogatorio para coger aire e introducir el McGuffin para descubrir que la organización más ultrasecreta jamás desconocida, está infiltrada en el servicio secreto británico. Así, Judi Dench como M, da paso a la escena más espectacular de toda la película. La persecución por las calles de un pueblo italiano es el clímax. El hombre contra el hombre. Superprofesionales que dejan la última gota de sangre y sudor por cumplir con su obligación. Sencillamente genial. Recuerdo que en "El ultimátum..." esta secuencia correspondía con otra secuencia también espectacular en la estación de Waterloo, pero más basada en el suspense que en la sorpresa, lo que le confería mayor peso cinematográfico.

Da igual, a partir de este momento, vamos a asistir a una sucesión de escenas de acción casi interrumpida por tierra mar y aire. A cada cual más espectacular. Todo rodado al más puro estilo americano. Sucesión interminable de planos, casi siempre cortos para crear más incertidumbre visual siguiendo las enseñanzas del siempre de actualidad Hitchcook, a una media sorprendente, tal vez uno o dos por segundo. Cientos de planos en movimiento para que la retina vea y el cerebro interprete que el movimiento es la base de la acción. Especial mención en este punto a Dan Bradley, responsable de la segunda unidad.

En cuanto al libreto, la nada. Da igual que el texto lo firme Paul Haggis (junto a Neal Purvis y Robert Wade). Aquel que reflejaba la ambigüedad moral y que nos hablaba de que no hay buenos o malos en “Crash”. Bond se ha convertido en un asesino a sueldo del MI6 y tiene que actuar como tal. La excusa; el rencor y el odio al propio sistema que le llevo a perder en la anterior entrega a su amada. Ya está, todo vale. Sólo hay que repetir tres o cuatro veces por medio de diferentes bocas lo mucho que ella le quería para justificar su violencia, sin flash-backs que ralenticen la acción, eso si... que luego hay que pagarle derechos a Eva Green. Por si no ha quedado claro el asunto, diálogos de refuerzo para la carismática Judi Dench. Bond está desatado, e incluso llega a dudar, pero le tiene un cariño casi maternal al agente.

La novedad es el inesperado protagonismo de la inexpresiva Olga Kurylenko. Resulta que la chica Bond de la entrega tiene su propia subtrama... menor por supuesto, pero presente a lo largo de todo el metraje. Ella lucha contra un villano dictador de tres al cuarto, estereotipado hasta las últimas consecuencias. Por cierto, de tensión sexual entre los dos protagonistas nada de nada, (tampoco de comunicación interpretativa, pero a quién le importa). También esto ha sido eliminado del nuevo 007, convirtiéndose en el primer superagente sin licencia, ni tiempo para el sexo, tal vez sea por el estrés. Pero si el malo de la chica es un absurdo, el enemigo directo de Craig es el doble de Polanski, Mathieu Amalric. No se en que lugar leí que se habían inspirado en su personaje de Chinatown (hasta se introduce una trama con el agua), pero el parecido físico es más que razonable. Psicológicamente es algo más complejo, pero tampoco es para tirar cohetes. Secuencias para destacar: la de acción que comenté antes, la del avión y la de la Opera... por inesperado el sistema de Bond para reconocer a los enemigos (me recordó a Cary Grand en “Con la muerte en los talones” pero al revés. Para olvidar; la del desenlace del hotel en mitad del desierto enterito para ser reventado. Lamentable final.

Reconozco que me gustó la película porque me cosió al sillón, pero creo que hay que escuchar la opinión de los fanáticos de la saga. A fin de cuentas, si se basa demasiado la serie en las secuencias de acción, desechando los alicientes adicionales, como los inventos, el humor, los tópicos machistas, etc, la serie puede acabar cansando ... y es que no olvidemos que la repetición es uno de los elementos que han hecho funcionar las aventuras del agente a lo largo de los años, y la acción por la acción acaba aburriendo. No puede ser que el público salga de la sala comparando la última de Bond con "Transporter" o con el mismo Bourne. Una idea para la próxima entrega. En esta faltaba una secuencia de acción en un tren. ¿Qué tal una por los techos del alta velocidad que une Inglaterra y Francia?... mientras lo pensais (o no) os dejo con el video musical de la película, con Alicia Keys y Jack White "Another way to die"

Víctor Gualda

martes, 25 de noviembre de 2008

ESCONDIDOS EN BRUJAS

El gran acierto de esta película es el mismo que el de las películas de Tarantino. Mezclar el humor con la violencia. Y es que “Escondidos...” es deudora de los primeros metrajes del americano hasta tal punto, que la comparación con “Pulp Fiction” o “Reservoig Dogs” está garantizada. Por supuesto tiene variaciones. El hecho de que la película esté ambientada en Brujas, convirtiendo la ciudad en un personaje más, no hace otra cosa que crear una nueva escenografía distinta de las calles de L.A. o Nueva York. El punto intercontinental tiene su atractivo, y hay antecedentes claros. “Munich”, los Bournes, el mismo James Bond, o las dos primeras de Guy Richie en Europa, son ejemplos que prueban esta teoría. Y es que en el caso de la que nos ocupa, y a pesar de que se trata de una producción inglesa, está claro que el film busca atraer al público americano tanto como al europeo. Colin Farrell o Ralph Fiennes son actores de sobra conocidos a ambos lados del charco que pueden arrastrar al público a las salas. Además para aportar el punto de calidad interpretativa está el bueno de Brendan Gleeson.

El planteamiento es bien sencillo; dos asesinos a sueldo han tenido que desaparecer de Londres una temporada después de una cagada monumental. Poco importa en que consistía el trabajo. El director se limita a darnos antecedentes en la misma presentación de los personajes. El misterioso jefe ha decidido que Brujas es una ciudad perfecta para desaparecer. Por supuesto como en una buddy movie los personajes antagonistas se complementaran. Gleeson disfrutara de la visita y se interesará por la ciudad y su historia, mientras Farrell, demasiado joven e inquieto se aburrirá y buscará meterse en problemas como forma de redención
.
Todo bien hasta este punto. El tono y los personajes ya están definidos. Una subtrama enterita para Farrel con historia de “amor” incorporada también. Pero el director necesita explicar al espectador, poner en antecedentes para que quede perfectamente justificado lo que sucederá en el segundo y tercer tramo de película. Así, un flash-back puramente explicativo servirá para tal efecto. El problema es que a estas alturas ya hemos visto suficientes películas para saber que las dudas morales y los actos extremos tienen unas consecuencias fijas, y a partir del recurso, no es difícil adivinar lo que va a suceder. Dicho y hecho. Está claro que toda acción tiene una reacción, y el caso de esta no es una excepción. Pero antes de que llegue el desenlace, el director y guionista Martín McDonagh ha trazado una trama circular que le da utilidad a cada personaje que ha aparecido en el metraje. La aparición del jefe Fiennes, un poco raro en este tipo de personajes cerriles con código moral absolutamente cerrado, es un tanto extraña pero funciona, más cuando se produce la paradoja de ser víctima de su propio código por una equivocación (en realidad parte del tono de la película). El intenso paciente ingles, resulta ser aquí un implacable que tiene una misión que cumplir. Los personajes que han ido apareciendo tendrán entonces la relevancia necesaria para que se produzca el desenlace... eso si, de forma que no se sale de la estructura convencional ni un segundo.

El director... o tal vez los productores consciente/s de que un final demasiado negativo no gusta al gran público, ha dejado un final ambiguo que invita a pensar que hay esperanza, pero lo cierto es que el plano final debe ser definitivo para que el protagonista expíe sus culpas (la base dramática de toda la película). Una segunda parte en la que apareciese Farrell sería poco menos que una tomadura de pelo... aunque si la película fuera americana y hubiese funcionado en taquilla, el fin justificaría los medios.

Por cierto, que si antes comentaba que la ciudad tiene su importancia y se convertía en un personaje más, no lo decía únicamente por el perfecto decorado que supone la vieja ciudad medieval belga, sino por el peso que tiene en el personaje de Gleeson, que toma un decisión moral basada en los cambios que se producen en él a partir de la visita de la ciudad. Como la evolución del personaje es más lenta que la de su socio, el cambio no choca. Poco a poco el espectador le ha cogido un cariño, aunque inconscientemente sepa cual será su destino. Es más, me atrevería a decir que las convenciones hacen que el destino del personaje sea convertirse en heroe precisamente para expiar la culpa, y es que el elemento religioso está muy presente en todo el metraje (el cura pecador, el asesinato en la iglesia, el campanario y su importancia en el desenlace...). Como colofón; el tópico absoluto. El rodaje del “baile de mascaras” (tal vez infierno) con personajes alegóricos, y la ambientación con la niebla son elementos que cierran el circulo de esta película sustentada en un guión de manual, de la que Syd Field desde Harvard seguro se mostrará orgulloso.

Una idea para guionistas para crear un texto original... Escribir en un papel todos los tópicos, ir planteándolos en el guión, pero resolverlos exactamente al contrario de cómo se hace en todas las películas. Fijo que el que lo haga triunfa, porque la costumbre actual de encorsetar los textos hace las películas demasiado previsibles.

Víctor Gualda.

viernes, 8 de agosto de 2008

LA NOCHE ES NUESTRA

Después de revisar “Sed de mal” decir que una película es buena es doblemente complicado. Cuando haces una crítica te guías por parámetros básicos como; guión, fotografía dirección. Estos parecen objetivos, pero existen varios elementos más. Entre ellos la originalidad, y la inevitable comparación. Por eso NO me atreveré a decir que “La noche es nuestra” es una mala película. Porque tiene un guión correcto. Ágil donde otras producciones fallan. Sorprendente en alguno de los giros. Con un interpretación correcta (sobre todo en los casos de Joaquin Phoenix y Robert Duvall. En cuanto a Mark Wahlberg no lo calificaré como actor, porque pertenece al selecto grupo de inexpresivos (como DiCaprio o Damon) además, comparándola con recientes estrenos en DVD, podemos decir que está a la altura e incluso por encima de otras producciones más ambiciosas... pero no es una película redonda.

El arranque me parece interesante. Por una parte me gusta la idea de la confrontación entre los mundos de los dos hermanos protagonistas. El personaje de Phoenix es un “gerente” del garito de moda de Brooklyn, que trabaja para una familia rusa. Por otro, el hermano Wahlberg es un policía con ansias de demostrar su valía, y que desde el minuto cinco ya sabes que inevitablemente va a tener que enfrentarse con su hermano. El padre de ambos, Duvall, es otro policía que a base de esfuerzo se ha colocado en lo más alto del escalafón. Me gusta además que los dos policías han conservado su apellido de inmigrantes europeos del este, Grusinsky (probablemente desde hace varias generaciones) mientras que por su parte Joaquin se ha cambiado por el de la madre, al sonar más “americano” (Green). Todos los detalles hacen presagiar que el enfrentamiento familiar por estar colocados en situaciones opuestas va a ser interesante. Más después de que tras una secuencia informativa sepamos que uno de los primos del propietario del garito en el que trabaja Joaquin está implicado en temas oscuros, y que inevitablemente eso obligará al protagonista a posicionarse. Hasta este momento todo correcto... Más que correcto con el inesperado (por inmediato) punto de giro que afecta al hermano poli Wahlberg.

A partir de este punto tal vez se precipite todo un poco, aunque conserva la esencia del buen cine policiaco. La nueva situación creada por el punto de giro y una conversación con el primo ruso-malo, hacen que Joaquin tenga que tomar una decisión. Una secuencia a la que James Gray (director y guionista) no ha sabido sacarle partido. Aquella en la que la tensión con un mechero está desaprovechada y que sirve además para dar un nuevo giro, en este caso para la vida del protagonista, que poco a poco se va transformando en el “nuevo” Joaquin. A partir de este momento todo se va al garete. Precisamente por el motivo que he aludido varias veces; querer abarcar demasiado. Pero antes, la mejor secuencia de la película. La de la inevitable persecución. El punto de vista centrado en Phoenix, mientras casi la mayor parte de la acción se desarrolla frente a sus ojos, ayudada por una fantástica postproducción de sonido, hacen de esta secuencia el clímax real de la película. A partir de este momento, la nada.

Y es que este punto de giro es el final de una película para dar paso a otra que cae uno por uno en todos los tópicos. Un desastre típico del peor cine yanqui que no tiene sentido, ni a nivel narrativo, con una de las secuencias más ridículas e injustificables del cine moderno. Aquella de “hágase policía por un día”... para coger carrerilla antes de saltar al vacío en el desastroso desenlace. Eso por no hablar de el posicionamiento moral y moralista que pierde de vista el planeamiento inicial, para distinguir en burdos estereotipos de buenos (polis) y malos (traficantes) Es decir que todas las buenas cualidades (que las tiene) se van al garete en apenas cinco minutos, y sólo la inercia y el “happy end” previsible, hacen que el espectador medio se quede con la sensación de que ha visto cine del bueno. Particularmente me quedo con ese tufillo de que la familia americana inmigrante tradicional y de varias generaciones es de mejor calidad que los recién llegados que conservan su idioma para hablar entre ellos (el idioma y la bandera son dos elementos que igualan a los americanos)... tal vez la idea sea que no hay nada más importante que la familia de uno... Igual son interpretaciones un poco llevadas al extremo, pero no entiendo sino la necesidad de implicar a los “mayores” en el desenlace.

No me quiero olvidar de la mujer de moda. Eva Mendes hace un papel soporte, y que sirve para justificar algunos puntos del guión (entre ellos el papel trascendental de la familia del que ya he hablado). Al menos me alegro de que no la hayan utilizado como excusa, y que la hayan mantenido fiel al rol que tiene de principio a fin con su propio desarrollo personal. Poco más que comentar... Que los dos protagonistas ya habían trabajado con Gray en “La otra cara del crimen” y que en los créditos Wahlberg y Phoenix aparecen como coproductores de la cinta, lo que me lleva a deducir que algo han debido tener que ver con los principales fallos del guión para lucimiento personal (aunque sólo sea porque Gray les haya querido tener contentos). Y es que al final los egos por encima del texto tienen consecuencias demoledoras para el trabajo colectivo... A no ser que seas Orson Welles.

Víctor Gualda.

sábado, 2 de agosto de 2008

HANCOCK

La verdad es que no tenía la más mínima intención de comentar esta película. Sólo después de escribir la crítica “El video de Benny”, reconsideré mi postura porque creo que hay varios puntos que merece la pena analizar.

A priori la película da lo que promete, lo cual no está mal. La presentación ya nos anticipa que Hancock es un superhéroe atípico, y parece que el único que hay en la tierra. Pero nuestros códigos ya están abiertos a la existencia en la pequeña y gran pantalla de estos héroes de poderes ilimitados, por lo que la presentación introduce al espectador directamente en la película, marcando el tono cómico, y de paso presentando al desastroso superhéroe. Lo mejor del principio; que Will Smith encarna a un superhombre muy humano (suma de estereotipos, eso si). Antítesis perfecta del superhéroe tradicional, tiene alguno de los defectos que caracterizan a nuestra raza y por supuesto aquellos que tradicionalmente la sociedad rechaza. Por supuesto, como no podía ser de otra forma, esta es la base principal del conflicto. Hay que darle unas clases de saber estar y buen comportamiento para que el héroe entre por la senda marcada por la sociedad. Lo que me llama la atención en este punto es la paradoja. Hancock, como si fuese parte de su naturaleza, tiene la necesidad primaria de hacer el bien, sin ningún tipo de consideración por su parte. Me pregunto yo, ¿por qué el bien? ¿No sería más sencillo en vista del rechazo que produce en sus semejantes hacer algo en su propio provecho? (tal vez como ese otro superpoderoso que el cine nos ha regalado recientemente en la fallida “Jumper”) Pero la pregunta se responde sola, porque está claro que estos yanquis no quieren consideraciones morales de este calibre. Lo que quieren es que todos entremos por el aro y normalicemos cualquier situación extraordinaria. Todos tenemos que ser iguales, y aquel que tenga algún “poder” extraordinario, más igual que ninguno, poniéndose al servicio del bien común, antes que del bien propio.

Así que… quién mejor para introducirle por el buen camino que un publicitario (los grandes gurús del siglo, predicadores que venden un Dios en cada producto que anuncian). Por supuesto el personaje interpretado por Jason Bateman no es uno cualquiera, uno de esos que sólo están en el negocio por la posibilidad de ganar mucha pasta, sino uno que está empeñado desde su puesto pseudo-privilegiado en salvar al mundo. Excusa perfecta para introducir a una falsa antagonista. Como Hancock ha sido presentado como un desastre, el director Peter Berg juega con la posibilidad de una presunta tensión sexual no resuelta entre Smith y Theron, pero todo resulta demasiado forzado entre ambos…

Antes de continuar, una consideración sobre otro de los puntos curiosos de la película. Como decía, gracias a los códigos que todos conocemos a través del cómic, nos indican que todo superhéroe necesita un supertraje que sirva de imagen, de logo de fácil reconocimiento para el espectador. Esta parte es interesante porque el guionista se ríe por unos momentos de las convenciones, para luego adoptarlas como propias y necesarias, confirmando que ese punto casi militar que tienen los uniformes, es necesario para que el espectador asocie el traje, al “bien” como concepto (bomberos, policías, enfermeros…).

Volviendo a la película, Berg necesitaba algo en la estructura que la sustentase, pues no se puede vivir hora y media de gags sin que el espectador se aburra. Así que después de un giro dramático necesario, y para mí el mejor momento de la película, se abre una nueva puerta. Puerta que curiosamente también abre un nuevo tono mucho más dramático… ahora hacer el bien se ha convertido en un tema serio.

Por medio de una subtrama englobada en la primera parte, el director reutilizara al “malo” añadiéndole al verdadero conflicto. El que se establece entre Smith y Theron. Ahora con la suma de ambos nos dirigimos de cabeza (y esto es literal, porque todo se precipita un poco) hacia el desenlace. Resultón, fácil… busca el calificativo que te apetezca, porque en estas películas veraniegas americanas ya sabes que el resultado va a ser siempre el mismo. Que el superhéroe conseguirá su objetivo, y en este caso hasta la moral se salva, puesto que el conflicto del trío (interesante planteamiento de conflicto que se diluye en la nada) se resuelve de manera que nadie resulte perjudicado (esa curiosa costumbre americana que aleja el cine de la vida real). También estas convenciones se respetan en esta película que engaña y reconduce al rebaño hacia el buen camino. Los superhéroes tienen que ser buenos, así que nosotros también lo debemos ser. Lástima, porque un final distinto en el que el héroe hubiese aceptado que nunca podrá ser como los demás hubiese sido más inteligente, divertido, por supuesto mucho más realista, y no hubiese caído en el juego de la doble moral que tan bien practican en su política exterior estos yanquis. Solo necesitamos un eslogan, pongámosle “paz duradera” un concepto que vender… que sea “salvar al mundo de las armas de destrucción masiva”, un malo, “Sadam” y lanzando la campaña ya tenemos la excusa que necesitamos para destruir un país… y es que realmente los publicistas son los nuevos mesías del siglo que nos toca vivir, y el mensaje subtextual que recoge sin querer el espectador es que todo vale… si se sabe vender bien.

De cualquier forma, no os preocupéis porque en vista del éxito de esta primera entrega, es fácil que el superhombre recaiga en sus antiguos hábitos. Pero la oportunidad que indicaba el principio ya está desaprovechada, ya que el personaje interpretado por Smith no tiene la mitología necesaria a sus espaldas con la que contaba por ejemplo Batman, y que permite que el héroe se reinvente adaptándose a los tiempos que corren en cada nueva entrega.

Víctor Gualda.

martes, 3 de junio de 2008

INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALAVERA DE CRISTAL

Después de revisar la trilogía y comentar “En busca del arca perdida”, es casi obligatorio escribir unas líneas sobre la última entrega de las aventuras del doctor Jones. Han pasado veinte años, y a Lucas le parecía, desde que se encontró con las calaveras de cristal en la serie del joven Indiana, que podía ser un tema interesante a explotar. Después de encargar textos a más de media docena de guionistas que siempre acaba desechando (al parecer también Spielberg), se acabó decidiendo por el de David Koepp. Personalmente creo que el ultimátum de Harrison de que o se hacia ya, o lo descartaban definitivamente, es lo que les animó a lanzarse al guión de esta cuarta entrega. Todo antes de perder una sustanciosa montaña de billetes. Personalmente creo que el guión se podía haber pulido un poco más, aunque la taquilla parece haberles dado la razón.

La idea original era conservar la idiosincrasia del personaje y adaptarlo al paso del tiempo. En este punto creo que han acertado. Indiana Jones es Harrison Ford, y su sonrisa de medio lado, su carisma y su manera de correr son marca inconfundible de la casa. Creo que todos los fans hemos sentido un hormigueo por la espalda la primera vez que vemos su sombra en pantalla. Los mitos no mueren... sólo se hacen mayores. La secuencia inicial de la carrera de jóvenes con militares, trata de sorprender y desorientar, pero no introduce como en la primera película de la saga al personaje en plena acción. La música y el look informativos para que nos demos cuenta del paso del tiempo hacen que uno se pregunte si se habrá equivocado de sala. La temperatura de la secuencia crece con la aparición de Indi, y se eleva hasta el infinito cuando empieza la acción. Algún guiño a su primera aventura de la serie en el hangar nos hace recordar que tiempos pasados siempre fueron mejores, pero entendemos que los rusos son el nuevo enemigo a batir, y lo aceptamos.

Todo ello da paso a una secuencia que me ha desorientado, pero en la que no he podido dejar de pensar. La del pueblo fantasma. Lo cierto es que las aventuras nucleares son muy de las series de la época, pero no sé si encajan mucho con la anterior trilogía. En este punto, esa imagen tan sesenta y que cuadra tan poco con el personaje; La composición de los planos que me resultó un tanto artificial, casi como de serie de televisión; La manera de librarse de la muerte, que tampoco me convenció. Todo ello son concesiones casi infantiles. Como lo son los gags con los castores (o el animal que sea) que me resultaron más que infantiles, estúpidos.

A pesar de los pesares, reconozco que la cuanto menos extraña presentación-aparición del personaje de Shia LaBeouf por el anden de la estación, montado la Harley imitando a Brando en “Salvaje”, con una excusa cogida con pinzas, me gusto, todavía más cuando emprenden la huida en moto. Esta es una secuencia digna de la serie. Acción, humor, giros en la misma secuencia. El más puro Indiana. Esto hace que la película suba enteros de nuevo (la repetición es un valor seguro). A partir de aquí, una vez presentados los protagonistas. Antagonistas, conflictos y objetivos es cuando empieza la verdadera película. La incorporación de Karen Allen es otro punto a favor. Más con ese punto de giro que se adivina desde la primera aparición del joven complemento. Luego, prácticamente la nada. Algunas secuencias salvables y divertidas que repiten la fórmula mágica, como la de la persecución de coches al borde del precipicio. Alguna idea genial que se va por donde ha venido, como la de las hormigas asesinas. Algún chascarrillo ridículo, como lo de las arenas movedizas y la serpiente. La escena de la pirámide, con interés, pero que no alcanza el nivel de sus predecesoras. Un desenlace respetable por arriesgado, pero que tiene el mismo fallo (en realidad prácticamente calcado) que en la primera, y es que el protagonista no interviene más que como mero espectador (malditos efectos especiales que se convierten en un fin, en vez de en un medio). Y un epílogo con dos intenciones: Anunciar la siguiente parte cuando el hijo se va a poner el sombrero e Indi se lo arrebata, y la ridícula boda que ayuda a la continuidad de la serie, pero que echa por tierra la personalidad del personaje. Todo para que el espectador medio (yanqui) se quede contento.

Una película que entretiene y mantiene el interés a lo largo de dos horas, que corre el riesgo inmenso de perder toda credibilidad con el mundo marciano que no pertenece al tono de la serie, y por lo tanto te produce el recelo de lo improbable. Que en parte rompe la magia de la aventura al no haber metiendo suficientes antecedentes para que resulte creíble (Kasdam lo hizo muy bien en la primera plagando la película de pistas y conjeturas sobre el arca). Un Harrison Ford que tira todo el rato del resto de personajes empezando por el de Shia, que a pesar de ser una cara conocida de otras superproducciones resulta blando y le falta el carisma de papa. Una Allen que está un poco de relleno a pesar de la prometedora primera aparición. Una Cate Blanchett de mala malísima que a pesar de lo comunista que es, sigue el patrón hitleriano de la serie, resultando un estereotipo (lo único que le faltaba es el bigote) Al contrario de la primera y tercera en las que el antagonista era uno, y el malo otro, de forma que se complementaban. En definitiva, una película concebida por y para la taquilla, pero que nos deja con la esperanza de que haya una quinta parte que al menos esté a la altura de la tercera... ahora que han cogido carrerilla... cosa ante la que no puedo mostrarme menos que escéptico visto lo visto.

Víctor Gualda.

sábado, 31 de mayo de 2008

EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA

El estreno de la última película de la saga Indiana Jones, me pareció una excusa perfecta para hacer una revisión de la trilogía. Después de ver “En busca del arca perdida”, es fácil entender el éxito. Y es que la primera entrega es una obra maestra que merece estar en las listas de mejores películas de la historia.

Todo el mundo sabe que la idea partió de George Lucas, que fue matizada por Philip Kaufman, y que Spielberg además de dirigirla, aportó detalles importantes, pero lo que no tanta gente sabe, es que Spielberg tiene un merito adicional, que probablemente marque el gran éxito de la saga. El caso, es que el “rey Midas” de Hollywood es un gran cinéfilo, que siempre está al tanto de nuevos directores, actores y guionistas. Él fue quien descubrió a Lawrence Kasdam, (que por aquella sólo había conseguido vender un par de guiones en Hollywood) y le dio la oportunidad de dar forma sobre la idea del personaje ya compuesto (Lucas), y a la búsqueda del arca de la alianza (Kaufman). Y es que lo mejor de “En busca del arca perdida” es sin lugar a dudas su guión.

Kasdam, que luego fue guionista de la segunda entrega de “Stars Wars” (para mi, la mejor con diferencia), aportó todo lo que necesita una película de aventuras. Escribió un guión complejo, al más puro estilo clásico de cinco actos No es sencillo que la película no decaiga en un solo momento. Para ello, introduce puntos de giro casi cada diez minutos, y entre el tercero y cuarto (acto), que es el momento más lento, y narrativo del metraje, utiliza acciones paralelas para evitar decaiga el ritmo. Además las constantes escenas de acción, respetan los tempos para que el espectador descanse entre una y otra, pero sin permitir que pierda interés ni un minuto. Cada acción lleva a la siguiente, y el espectador no puede despegar los ojos de la pantalla. Tal vez el último acto, cuando los alemanes han recuperado el arca y se lo llevan a una isla para abrirla, sea el momento más bajo narrativamente, ya que el personaje no interviene directamente en la resolución y la película se solventa en un “Deus ex machina”. Pero para esta ocasión, los efectos visuales introducidos, (que es lo que “peor” ha envejecido de la cinta) y la inteligencia del héroe, suplen a la perfección los esfuerzos físicos.

Otros elementos que influyen directamente en el éxito de Indiana, es la historia de amor entre Ford y Allen (Karen), que sigue las reglas de las series dramáticas y se mantiene en una tensión sexual no resuelta a lo largo de toda la película. Otro es el tono. Es una película de acción, pero en tono de comedia, y es que los constantes gags, inteligentemente distribuidos a lo largo de las casi dos horas, hacen que el espectador se identifique aun más, si cabe, con el personaje interpretado a la maravilla por Harrison Ford. -Me pregunto qué hubiese sucedido si Tom Selleck hubiese aceptado el papel-... Probablemente que él tendría ahora la carrera de Harrison, pero en vez de eso, prefirió hacer la serie Magnum... creo que todos los fans de Indiana Jones se lo agradecemos.

De cualquier forma, como todo tiene una fuente de inspiración, los elementos aventureros del Doctor Jones, me recordaron poderosamente una peli que vi en la infancia cuyo protagonista era el recientemente fallecido Charlton Heston. “El secreto de los Incas” (creo). En ella encontramos muchos de los elementos incluso de vestuario de nuestro héroe. Y es que su “look” es inconfundible. Basta con una sombra que deje entrever su gorro para que sepamos de quién hablamos. Su vestuario forma parte indispensable e inseparable del mito, y en la última entrega, pudimos ver en uno de los maiking off como Spielberg se esmeró en conseguir que le hiciesen a mano una colección de gorros de fieltro de diferentes formas y tamaños para el rodaje, en la tienda de Jones de siempre “Herbert Jonson”, o el látigo de piel de canguro en “David Morgan”. Como un elemento más que le identifica, también la música del habitual de John Williams es imprescindible. Así que este aventurero de Lucas, transformado en una especie de James Bond de Spielberg, parece que va a cumplir su contrato original de cinco partes, que era lo que en principio se firmó con la Paramount (aunque la tercera parecía ser la última). Eso si, me da la impresión que la ilusión inicial se ha sustituido por la maquina de hacer dinero que es la saga; series, cómics, videojuegos, etc... y es que con la pasta que se van a sacar sus responsables con su “arriesgado contrato” (tienen que recaudar al menos lo que costó para empezar a cobrar), Ford parece haber confirmado su presencia en la quinta... si no tardan otros veinte años en rodar.

Víctor Gualda.

lunes, 24 de marzo de 2008

LA EVASION

No se trata de una película de fuga de presos más. “La evasión” tiene algo que la hace especial. Ya la presentación es atípica. Uno de los protagonistas, tal vez el de mayor carisma, arregla un coche en un descampado a las afueras de Paris, y se dirige a la cámara para contarnos que se trata de una historia real vivida en primera persona sobre la fuga que el mismo protagonizó en 1947 de la prisión de La Santé (descrita en la novela de José Giovanni). No sólo eso, sino que nos cuenta que el narrador, el lápiz que va a delinear la historia, es Jacques Becker, director de la película. Con lo cual de manera indirecta está introduciendo al director como un personaje más.

Luego entraremos en la cárcel por medio (como punto de vista introductor) de un personaje “nuevo”, un recién llegado a una celda ya compartida por cuatro personajes que serán los protagonista de la historia. La presentación de cada uno de ellos se hace a grandes rasgos y sirve al espectador para conocerlos tanto a ellos, como al joven recién llegado. Esta presentación como decía es a grandes rasgos, ya que la importancia de la trama se centra en el grupo como unidad, no en los personajes individuales, como lo era la película del compatriota Bresson “Un condenado ha muerte se ha escapado” (valga de pequeño homenaje sin animo de comparar). Aun así inmediatamente vemos los roles; el ideólogo carismático del grupo es el personaje que conocimos en la presentación, el duro, el desconfiado con alma de líder, el simpático conciliador. La llegada del nuevo les hace desconfiar. Por su aspecto vemos que el recién llegado es un niño bien, que parece haberse colado por equivocación en aquella cárcel. Inmediatamente nos damos cuenta que nuestros protagonistas están tramando algo. Paneles de cartón para fabricar cajas son una excusa para ocultar un trabajo que aún no han iniciado. El espectador intrigado se pregunta como piensan arreglarse para huir de una cárcel en la que vemos que las redadas, y las vigilancias de seguridad son constantes.

Pero esta no es una película que pierda el tiempo en elucubraciones. Prescinde prácticamente de elipsis y el ritmo es frenético. Nuestro protagonista carismático, Jean Keraudy desmonta alguna de las tablas del suelo en una esquina de la celda, y con una pieza de la cama plegable de la pared (que en realidad ninguno de ellos utiliza porque duermen en el suelo) comienza a excavar. Todos colaboran en la acción. Dejan a un lado al recién llegado, y a pesar de que este cuenta cual es “su crimen” (algo menor en realidad). Él es el único que cuenta su motivación, introduciendo así una subtrama con personajes a los que probablemente nunca veremos. El resto de los presos no cuentan sus motivos. A fin de cuenta, el director no quiere que los juzguemos moralmente por sus delitos, sino por su afán e involucración en la fuga. No hay más acciones dramáticas, no hay más subtramas. El objetivo es uno, y lo demás no tiene importancia. Sólo se introducen pequeños capítulos para enriquecer la trama en acciones puntuales para conseguir material para la fuga. Ya en el arranque y presentación, la construcción de un “periscopio” para vigilar la llegada de los guardias. La obtención de un par de frascos del botiquín para fabricar un reloj de arena. La construcción con las cajas de cartón e hilo de un sistema para disimular la presencia de dos de los personajes en el colchón de la celda mientras en realidad están cavando, la construcción por parte del líder de una llave maestra etc...

Llama poderosamente la atención que las escenas en la que los presos cavan sean tan realistas. De forma que el espectador se involucra con ellos. Los planos son largos. Los actores están cavando de verdad, eludiendo durante largos tramos las elipsis y aportando credibilidad a cada golpe. Cada minuto es una avance. El director juega muy bien con la tensión dramática y el suspense. Es fácil ponerse en la piel de los prófugos, es fácil querer que se escapen. Una secuencia en la que toda la tensión se acumula en un registro. Una secuencia sobre la verdadera justicia dentro de el micro mundo de la cárcel cuando unos fontaneros les roban el tabaco y unos sellos, y el vigilante (con mando) les permite ejercer como Justicia. En este punto es importante señalar que Becker huye de estereotipos y convierte en humanos a los carceleros. Nada de celdas de aislamiento y recursos fáciles, nada del manierismo de otras películas de fugas. La secuencia más emocional cuando el duro del grupo le confiesa al líder que no puede huir por no darle un disgusto a su madre. La aparición de la subtrama de la novia del preso pijo a la que conocemos en el locutorio de visitas y muestra que es una niña cretina malcriada y que para ellos la cárcel es un juego de niños, como un castigo de colegio por portarse mal. El mismo personaje que confesaba a sus compañeros que había madurado desde que comparte celda con ellos... aunque no lo suficiente.

El trabajo está llegando a su fin. Dos de los personajes hablan de cogen un taxi que pasa junto a ellos. No añadiré más. Sólo salvar unas cuantas imágenes increíbles de la película. Un derrumbamiento, y un primer plano de las manos de dos de los protagonistas que se entrechocan como símbolo de lo que les une, del compromiso, del trabajo en equipo, de los sentimientos. Una secuencia donde vemos a un grupo de guardias a través del periscopio improvisado, y un final predecible, pero no por ello menos alucinante, con sólo dos palabras, y un gesto que dicen más que muchas películas enteras. El director de la cárcel mientras se va de los pasillos señalando una celda, y las palabras -pobre Gaspar- de Jean Keraudy. No hace falta más. Es difícil hacer una critica de esta película sin desentramar toda ella. Es difícil que se entienda esta crítica sin haberla visto. Por eso, lo mejor es que el lector ávido de descubrir nuevas joyas se apresure a verla. No se arrepentirá. Es una pequeña obra maestra. El legado del director que murió meses después de concluir la que probablemente sea su mejor película.

Víctor Gualda.

viernes, 21 de diciembre de 2007

EL ULTIMATUM DE BOURNE

Vale, es sólo una película de acción sin más, pero hasta para hacer una película de estas características hay que saber. Y es que la última (o penúltima, casi fijo) de la saga Bourne no ofrece nada más que escenas sobrepasadas de adrenalina, pero de otra manera. Tengo que reconocer que en las anteriores entregas, y sobre todo en la primera no le encontré las virtudes que todos parecían verle. Esa presunta humanidad mezclada con movimientos rápidos me pareció un pestiño con papel de caramelo, pero poco más. La segunda supuso más de lo mismo, y en esta tercera ya tenía una idea preconcebida. Así que con las palomitas en ristre me senté en el sofá muy tranquilamente y me dejé sorprender. Y es que en esta tercer entrega, la excusa de su identidad ha perdido todo el sentido y es una mera subtrama entre secuencias de acción. Pero curiosamente la película me parece mejor que las anteriores. ¿Por qué? Muy sencillo, porque en el caso de “El ultimátum...”, han cuidado muy mucho el guión, respetando los tempos entre secuencias de destreza técnica.

La película comienza con el flash-back reiterativo que nos adelanta detalles para justificar las últimas secuencias (esto lo sabes de antemano). Luego pasamos a una secuencia de acción, de la que destacaría la buena mano del director Paul Greengrass, o del montador Christopher Rouse (vaya usted a saber) para mantener la tensión, aunque el final de la misma sea previsible. Además tengo que reconocer que la formula de rodar en diferentes partes del mundo que ya funcionó en las anteriores entregas de la saga, aquí vuelve a hacerlo, y el hecho de que presuntamente esté rodada en la estación de Waterloo con esa cantidad de extras (supongo que lo son) le da un punto más realista. Es más fácil para el espectador pensar que eso pueda suceder, sobre todo desde los la ola de atentados que afectan también en occidente a población civil.

Después de la secuencia de la estación, de manera completamente infantil, los guionistas (Gilroy, Burnsy y Nolfi) mandan a Bourne a España, pero este es sólo un paso previo carente de interés, en el que lo único destacable a nivel dramático es que aparece por fin la nueva prota femenina, que por supuesto (un tópico más) se entrega ciegamente a la causa del asesino desmemoriado, pero como digo es sólo por una cuestión de tempos. El espectador necesita coger aire antes de la siguiente escena de acción. En el recorrido turístico está incluido Tanger, y otra de las secuencias de acción. Aquí los realizadores en vez de jugar con la tensión prefieren hacerlo con la sorpresa, pero el efecto de esta es mucho menor. No importa, porque la secuencia de la persecución en moto por las estrechas calles de Tánger compensa la falta de originalidad. En este punto se produce un vacío en otro de los aspectos que consolidan un guión de estas características. En una huida de cada protagonista por un lado (chico y chica), acaban encontrándose de manera cuanto menos sospechosa para la credibilidad. Qué casualidad que dijo el otro. El espectador probablemente no se de cuenta porque estará completamente inmerso en el cuerpo a cuerpo de Bourne y el segundo antagonista, pero por supuesto la secuencia no merece sorpresa en cuanto a resultado. Al contrario que en la secuencia de la estación, aquí la emoción no existe porque no hay una tercera persona en juego. Esta claro que Bourne es una especie de Terminator, y la chica apenas lleva veinte minutos en pantalla, así que no le van a hacer la faena de eliminársela al confiado espectador.

Tercer acto; tras una pausa reflexiva del personaje. En este caso le toca al inexpresivo Matt Damon plantearse responsablemente el resultado al que conducen sus accione, y a falta de un actor al otro lado de la pantalla, el director utiliza un truco que le puede granjear la simpatía de los críticos. De manera sorprendente y sorpresiva, y por segunda vez en el metraje (pensé que la vez anterior, cuando se encuentra con la chica había sido casual) se utilizan los silencios como elemento dramático. Este hecho que en principio debería pasar desapercibido, no es tan frecuente como se presupone, y menos en una película con agente secreto con licencia para zurrar. Pero después de los silencios y de apartar a la chica a un lado, para introducir en primera línea de protagonismo a la antagonista femenina reconvertida en aliada (dos mujeres juntas supondría crear conflicto entre ambas, y eso desviaría la atención en un tercer acto resolutivo), el director nos conduce de cabeza a la secuencia de acción definitiva, la que por orden de la lógica los yanquis prefieren se desarrolle en casa. Nueva York será el nuevo decorado para una persecución de coches tan impecablemente rodada como irreal en muchos momentos, el principal de ellos cuando Bourne alcanza por fin al flash-back reiterativo, lo supera y en el cara a cara con su tercer antagonista de acción, apela a la lógica casi freudina para hacer que este baje su arma. El problema en este punto es que ya no me lo creo, el director se ha cuidado muy mucho de que le cojamos ningún cariño a ninguno de los “tiradores”(antagonistas despersonalizados), los ha presentado como autenticas máquinas de matar, así que no tiene sentido que el tercero le devuelva el favor. En realidad, es un truco para la vuelta de tuerca final del cazador sin escrúpulos que persigue a Bourne de manera muy personal, demasiado para ser creíble. Aun así, insisto en que la película se hace tremendamente entretenida.

Estoy convencido de que la película es innecesaria para el espectador pero no para el estudio (Universal). Si hay que buscar un por qué para los continuas segundas y terceras partes de esta, que cada vez se aleja más del personaje original de las novelas de Robert Ludlum, vamos a jugar al cifras y letras; “El caso Bourne” 6.185.457,26. “El mito de Bourne” 4.806.422,79. y “El ultimátum de Bourne” 8.563.782,00 millones de euros sólo en nuestro país, ya que “El ultimátum...” ha recaudado más de 500 millones de dólares en todo el mundo. ¿Qué apostamos a qué hay cuarta parte?

Víctor Gualda.

viernes, 14 de diciembre de 2007

NEXT

Esta puede ser la crítica más curiosa de este blog. El motivo, hay muy poco que decir de el último estreno de moda en dvd. Carente de argumento, de interpretaciones, de guión, o de cualquier tipo de coherencia, la que nos ocupa es uno de los grandes "pufos" de la temporada. Va a ser difícil que no se lleve todos los premios a la peor película del año.

El argumento viene a ser algo así como; un tipo, Nicolas Cage, que es capaz de adivinar el futuro a dos minutos vista, y sólo si está relacionado con él. El FBI está interesado en sus cualidades porque hay unos malos que quieren poner una bomba en no sé donde y por no sé que (cosas de terroristas). Un McGuffin que avergonzaría al mismo Hitchcock, pero que estaría justificado si la historia que en realidad quería contar el director Lee Tamahori es la relación entre Cage y Jessica Biel, la protagonista femenina con la que de manera injustificada por guión nuestro protagonista sueña y a la que de la forma más egoísta posible mete en un buen lío. Así que con estás premisas, el “héroe” no está dispuesto a colaborar con nadie. Bastante tiene con malvivir como mago en una sala de fiestas en Las Vegas como para meterse en historias que no van con su personalidad. Se inicia entonces una caza al hombre por parte de terroristas y policías, pero Nicolas con sus superpoderes sabrá como arreglárselas para acostarse con la chica, ayudar a los buenos y atrapar a los malos. En fin un peliculón de aquellos que hacen historia.

Por comentar algo positivo de la película, diré que al principio del metraje hay una secuencia de presentación, en la que Nicolas aprovecha sus habilidades en beneficio propio. ¿Cómo? utilizando sus poderes para ganar discretamente en los casinos. El problema es que es reconocido por los “seguratas” que intentan atraparle dentro del local, pero él, una vez más, gracias a sus cualidades va dándoles esquinazo al adivinar sus movimientos. Esta secuencia graciosamente coreografiada es lo único salvable de la película.... En el polo opuesto, la poco creíble, por no decir estúpida secuencia en la que Nicolas se desdobla en muchos Cages para encontrar una bomba. En esta secuencia el guión pierde la seriedad que en ningún momento tuvo para sobrepasar el ridículo más vergonzante. Lo que me lleva a preguntarme, por qué un actor como Nicolas Cage, que no debe tener problema para elegir papeles, se empeña en hacer todo cuanto le ofrecen, sea de la calaña que sea. Es qué se le ha olvidado que tiene un Oscar por una magnifica interpretación en “Leaving las Vegas”, o es qué está esperando que le vuelvan a ofrecer un buen guión y mientras tanto hace lo que le encarguen para divertirse y sacar un dinerito (como productor además de actor en este caso). O tal vez es que teme que se le caigan los injertos de pelo antes de que ese papel llegue, y mientras, luce peinado y maquillaje ridículos. No lo sé, lo cierto es que algo tiene que haber porque si no, no entiendo como le engañaron a él, y sobre todo a Julianne Moore. Una actriz seria que suele hacer películas con proyección, y no cualquier guión basura como este. Más fácil es entender la situación de Jessica Biel, relativamente nueva en el panorama, y que tras el éxito de “El ilusionista” tiene que apuntarse a lo que le eche su agente para ir haciéndose un hueco en el mundillo hollywoodiense, y claro, si te dicen que vas a trabajar con dos pesos pesados como Cage y Moore no lo dudas. Así que en su caso soy capaz de justificarlo. A fin de cuentas ella es el catalizador para que el protagonista entre en la trama para salvarla. Mención aparte para Peter Falk, el entrañable Colombo, que hace un digno cameo como colega de Cage... Aunque tal vez los estoy subestimando a todos y el verdadero motivo que les llevó en tropel a la película fue que el guión de Gary Goldman, Jonathan Hensleigh y Paul Bernbaunn que está basado en un relato (The golden man) de Philip K Dick, autor de reconocido prestigio responsable de textos como “Blade Runner” o “Minority Report” en el que también trabajo Goldman como guionista y que fue un éxito más para Spielberg.

Fuera como fuese, una dirección, guión, interpretación, maquillaje, peluquería absurdas, pero que ofrece continuas secuencias de acción que agilizan una trama inexistente, de forma que la hora y media que dura la película se te pasan volando entre carreras y tiros, pero de esas que cuando termina te alegras de no haber ido al cine a verla.

Al final lo que extraemos del argumento es la moraleja de que el público norteamericano necesita ver que sus héroes de la gran pantalla huyen del individualismo para luchar contra el terrorismo, que es un problema de todos. Más, si las víctimas pueden ser nuestros seres queridos... ahí les queda un mensaje para la causa.


Víctor Gualda.

viernes, 30 de noviembre de 2007

DEATH PROOF


“Vuelve Tarantino”. No se me ocurre mejor titular posible para resumir esta película. En esta ocasión el amigo Quentin nos tiene una nueva sorpresa preparada. Uno de esos subgéneros de los que se declara admirador desde que trabajaba en el videoclub. La excusa, el proyecto Grindhouse del que formaba parte la película del colega Robert Rodríguez. La recuperación de las películas de genero (más bien subgénero) de las sesiones dobles de los setenta.

Si la de Rodríguez era una película “clásica” de zombis, la que nos ocupa es una mezcla de subgéneros. En concreto del denominado por los yanquis Slasher (aquellas pelis de asesinatos de chicas), y por otra las de persecuciones de coches. Tarantino ha aunado la mejor tradición de chicas espectaculares y coches para esta ocasión. A eso le unimos la recuperación de otro clásico de las películas de directores de culto, Kurt Russell, rescatado por Quentin, (y no por el bueno de Carpenter) en un papel de malo maloso en el que interpreta, según el propio Tarantino, a un “asesino en serie” al que le pone reventar a chicas en su Chevrolet Nova, que utiliza como un arma en vez de la tradicional y recurrente pistola.

La estructura de la película esta claramente dividida en dos. La primera nos sirve de presentación de cómo se las gasta Kurt. Quentin nos muestra a un grupo de chicas de roles bien diferenciados, a las que el director y guionista sigue con su cámara. Porque si hay algo curioso en esta película, es que si el verdadero protagonista es Russell, el punto de vista que controla la película es el de las chicas. El motivo, tal vez mantener el misterio sobre la personalidad y las motivaciones del personaje masculino central de la historia. Así, a través de conversaciones en las que el director recupera la esencia de personalidad que le envió de cabeza a la fama, conocemos a las chicas que forman el grupo principal de este capítulo. Diálogos disparatados en los que el director tiene la originalidad (si, originalidad) de poner en boca de sus actrices diálogos y conversaciones realistas llenas de tacos tan poco habituales en las féminas del celuloide. Las actrices de apellidos Ladd, Poitier y Ferlito, sobre las que no me extenderé más que para decir que consiguen una interpretación fantástica y creíble. Las chicas se encaminan hacia el bar “de moda” con la mejor música del sur de los Estates. El camarero... el inefable Tarantino, que por supuesto no pudo resistirse a hacer un cameo en su propia película. Todo el grueso de la primera parte se desarrolla en el interior de este bar. La presentación definitiva del misterioso Kurt Russell, especialista Mike. La seudoguerra de los sexos, las largas parrafadas de los protagonista, la presentación de la primera víctima Rose McGowan desembarcada directamente de su hermana “Planet terror” en un papel de seudohippie, los celos y rivalidades entre chicas, el cuasi cameo del director y apadrinado colega de Tarantino Eli Roth (Hostel), bailes cachondos y chupitos a mansalva, para rematar la primera parte de la película con una desagradable sorpresa que no desvelaré.

Total, una hora de metraje con epílogo divertido que no va a ninguna parte, y que podía haber decantado la película hacia otro sentido completamente diferente entre un policía y su hijo. Un fundido a negro y un cartel que anuncia que han pasado catorce meses dan paso a la segunda parte de la película. La historia se repite. Un grupo de chicas guapas que de forma insólita compran un vogue italia en mitad de la nada. Más conversaciones divertidas. Repetición de los roles antes presentados en el anterior grupo de chicas para que sintamos que va a suceder lo mismo que con las anteriores, al aparecer una de los fetichismos recurrentes del director. Russell chupa los pies de Rosario Dawson y empezamos a temer por sus vidas... Una conversación dentro del coche sobre la relación de Rosario con su novio, el director de la película que se ha follado a otra el día de su cumpleaños. Otra conversación que recuerda al arranque de “Reservoig Dogs”, pero lejos de la altura de esta y ya estamos metidos en faena.

Sorpresa, las chicas son rebeldes. El especialista de palo Mike se encuentra cara a cara con la doble de las secuencias de acción de Uma Thurman en “Kill Bill”, y otra doble de acción que conduce el sobresaturado Dodge Challenger del 70 como dios, y la batalla por la supervivencia está servida. Primero en un sentido, con Kurt como castigador, y luego en otro como castigado. Los últimos veinte minutos de la película levantan el metraje como una catapulta. La venganza ha llegado, y Russell en el único momento duro interpretativamente al que se tiene que enfrentar refleja el miedo en su rostro. Como colofón, Rosario Dawson da la patada final, en el momento álgido, y sin epílogo en esta ocasión para reflexionar, si descontamos los segundos previos del The End que Tarantino ha recuperado para la ocasión con la tipografía clásica de los setenta.

Detalles a añadir; Tarantino se estrena en “Death Proof” como director de fotografía, y no lo hace mal, pero sin alardes, mezclando estéticas y calidades de negativo. Greg Nicotero repite junto a KNB en los efectos especiales (ya lo hizo en “Planet Terror”) y sobre todo la paradoja de que Kurt es en la ficción una especialista de escenas de riesgo, mientras que algunas de las actrices son en realidad especialistas, como la antes mencionada Zoë Bell,o Tracie Thoms. Que el coordinador de las escenas de acción es Jeff Dashnaw, y merece una mención por lo complicado de su labor, y para terminar, que el segundo grupo de chicas también tiene una interpretación bastante coordinada, aunque no tan buena como la del primero, con la excepción de Rosario Dawson que destaca por encima del todas las demás, aunque sólo sea porque le da consistencia interpretativa al segundo grupo... y no le puedas quitar el ojo de encima.

En resumen, una gamberrada divertida de Tarantino, en algún momento sobrecarga de diálogos, pero que garantiza diversión por encima de guión, efectos u otras consideraciones técnicas. Os dejamos una divertida secuencia de persecuciones de coches en nuestra sección de videos para que os hagáis una idea de lo que os espera.

Víctor Gualda.

viernes, 16 de noviembre de 2007

PLANET TERROR

Esta es una de las críticas más complicadas a las que he tenido que enfrentarme en este blog. El motivo; no tengo claro si la película me encantó, o me horrorizó. Creo que lo primero que hay que saber de esta película es que es una coña. Un homenaje a las películas de serie b de zombis de principios de los setenta. "Planet Terror" es la primera de las dos películas que forman el proyecto "Grindhouse", junto a “Death Proof” de Tarantino. Después de verla es fácil llegar a la conclusión de que ambos directores tienen muy claro que lo único que les importa es pasárselo bien y hacer pelis para ellos y sus colegas. “Planet Terror” es una película de argumento sencillo llena de sangre y acción. Lo que realmente la hace especial son las pequeñas subtramas que el director introduce de la relación entre los personajes y las extravagantes y sobreactuadas pinceladas de personalidad que dibuja en ellos.

Una base militar y los experimentos que allí se realizan con armas químicas convierten a la población de un pueblo cercano en zombis. Un pequeño grupúsculo de freakies se enfrentaran a ellos como mejor saben hacerlo, a golpe de machete y pistola. Lo primero que hace el director es ponernos al día en una desagradable medio de coña secuencia de presentación, en la que el amigo Bruce Willis y el “perdido” Naveen Andrews hacen bueno el dicho “cortando cojones se aprende a capar”. A partir de ahí la acción se traslada a otro ex televisivo forense de “A dos metros bajo tierra” Freddy Rodriguez, y representante latino necesario en las películas de Rodríguez, que en seguida es presentado como el líder del grupo resistente. Buenísima la secuencia del hospital cuando Freddy va a rescatar a la chica de la película (protagonista femenina en un reparto plagado de ellas) Rose McGowan. Como antagonista pero colaborador necesario, el director coloca al sheriff (Michael Biehn). El hermano del Sheriff es Jeff Fahey, un cocinero cerdo que aporta el refugio y secuencias cómicas. La rubia lesbiana Marley Shelton es una anestesista que recuerda a Uma Thurman, incluso con una serie de fantasticas secuencias de parálisis en las manos similar a la de Uma en “Kill bill” en los pies. Su antagonista marido, el doctor-chungo Josh Brolin dispuesto a cargarse a su mujer por celos. Otros personajes más secundarios como el poli que al que le cortan el dedo anular (atención a su obsesión por colocarse el anillo) ó el padre de la anestesista, que se carga a su yerno disfrutando del momento con un “nunca me gustó”. Y por supuesto la secuencia escrita para el colega (y yo diría que por él mismo) Tarantino, que se lo debió pasar pipa en la escena de la violación “se me desmonta el miembro”. Pero por encima de todos ellos, la tullida striper reconvertida en superheroina Rose McGowan que supera sus problemas e inseguridades a base de tiro limpio, y que llena la pantalla.

El reparto está integramente compuesto por actores con experiencia en el cine ó televisión fantástico, colaboradores, familiares y amigos del director, desde el hijo de Robert, que tiene un pequeño papel, a sus sobrinas que hacen de gemelas cuidadoras desfasadas. Pero además de los televisivos que ya mencioné, McGowan es una de las protagonistas de “Embrujadas” y trabajó en “Scream” y “Maldita generación”. El sheriff Biehn lo hizo en “Terminator”, “Abyss” y “Aliens”.

La trama principal es sólo una excusa para que el director nos muestre todo un catálogo de vísceras y coñas con las mismas, y la conclusión no puede ser otra que la que es, puro entretenimiento. Destacar que Rodríguez sigue creciendo y una vez más se encarga de la fotografía, estéticamente fantástica, que imita a la de las pelis de los setenta, con la salvedad de que queda demasiado artificial el desgaste del negativo, que canta a posproducción digital. Rodríguez además se encarga de un guión que confiesa nunca pasó de las treinta páginas, del montaje que al realizar en digital, iba haciendo al tiempo que rodaba la película, y de la música que ambienta a la perfección todo el metraje. Por supuesto destacar el trabajo de caracterización y efectos a cargo de Greg Nicolero que aporta sirope de maiz rojo y monstruos deformes a borbotones.

Así que finalmente, aunque la película es más de personajes y de momentos de acción y vísceras que de un elaborado guión, tiene una naturalidad que te introduce directamente en este particular mundo y te transporta a este grupo de resistentes del que de alguna forma te gustaría formar parte. Para terminar, me gustaría destacar el falso trailer de “Machete” con el que comienza la película, y que funciona como un corto del que podéis disfrutar en nuestra sección de "El cortometraje de la semana", hasta la llegada a esta página de la peli de Tarantino que completa el proyecto, “Death Proof”.

Víctor Gualda.



martes, 13 de noviembre de 2007

SPIDERMAN 3

Qué decir de esta nueva entrega de Spiderman. En realidad viendo las dos anteriores está todo dicho. La presente no aporta más que nuevos personajes y por supuesto nuevas dosis de adrenalina y efectos especiales a raudales. De nuevo el superhéroe tendrá que salvar a la maltrecha ciudad de Nueva York de los supermalos de turno y poco más. Tal vez, la única aportación de la nueva entrega sea que Tobey Maguire se tenga que enfrentar con el malo maloso más complicado con que se podía enfrentar. Él mismo. Y es que no hay enemigo más complicado que el “lado oscuro” que todos llevamos dentro. Cuando este enemigo se te presenta, no sólo en el caso de Spiderman, es difícil controlarlo. Por supuesto para el superhéroe esta dificultad es perfectamente superable. Basta que pierda a su fracasada novia (otra novedad de personalidad) Kirsten Dunst y que reciba homenajes por toda la ciudad para que se de cuenta que de que se está dejando llevar por su ego.

Las tramas y subtramas se cruzan a lo largo de un metraje excesivamente largo, casi dos horas y media. El enfrentamiento con su amigo Harry Osborn, (James Franco), para comenzar con alegría la película, acaba con la perdida de memoria del hijo de Duende Verde. Por otro lado está el bueno-malo por las circunstancias “hombre de arena”. Trama tramposa que modifica los sentimientos del espectador zarandeándolos de forma que no sabe como posicionarse a lo largo de todo el metraje, excepto cuando los guionistas deciden reintroducir una trama prestada del primer capítulo de la saga (el asesinato del tío de Peter Parker). A esto le añadimos la repentina competencia del nuevo de la oficina. Un chaval dispuesto a cualquier cosa para conseguir triunfar en el difícil mundo de la empresa, y que está colocado por los Raimi como conejillo de indias para probar el mal y convertirlo en antagonista de Spiderman, todo ello a través de un meteorito que desecha una extraña sustancia que como una infección posee al que tiene cerca sacando lo peor de él. Primero es Spiderman quien prueba sus nocivos efectos, pero con su supervoluntad es capaz de superar esto y mucho más. Atención en este punto a la secuencia tipo cabaret-chugo-voy a darte celos a mi chica. La subtrama de la prota Kirsten que se aleja cada vez más de Tobey por sus propias inseguridades y su fracaso profesional, y a la que su caché le permite colocar una antagonista femenina para así conseguir darle más carga emocional a un personaje que trata de ser un poco menos de cartón piedra, o mera acompañante del superhéroe. Por último una pirueta más para terminar con la redención del amigo Franco, que había recuperado la memoria y en mitad de la película se había empeñado en hacerle la vida un poco más difícil a su ex (ahora no, ahora si) de nuevo superamigo, con un puntito final emocional para que el paciente espectador tenga algo que lamentar.

En definitiva, los guionistas Sam e Ivan Raimi y Alvin Sargent han tratado de profundizar en los personajes (más que los originales de Stan Lee y Steve Ditko) dotándolos de personalidad y sentimientos, pero claro, en una película de estas características esto es casi misión imposible sin caer en el estereotipo en el que irremediablemente caen uno tras otros todos los personajes. Tengo que reconocer que me podía haber indignado en otra ocasión, pero aquí sucede lo contrario. Había oído comentarios antes de verla tipo... "es una película infantil..." Eso me hizo recapacitar sobre el tipo de película al que me enfrentaba. Así que traté de verla sin ideas preconcebidas. Es una película infantil y funciona como tal. Es absurdo querer ver Tarkovsky en una película de Spiderman, así que creo que si falla es por la dualidad que le tratan de dar a los personajes. En una película de estereotipos, los buenos tienen que ser buenísimos y los malos malísimos, no puedes marear al niño de diez años alargando una trama que no va a entender, porque cuando llegue la escena final estará demasiado cansado y confuso como para disfrutarla.

De cualquier forma, después de ver "Superman Returns" recientemente, me inclino a pensar que cualquier entrega de Spiderman es una obra maestra por comparación, y eso que desde la primera, tengo claro que ni Maguire, ni Dunst eran los actores que la saga necesitaba.
Víctor Gualda.