viernes, 12 de junio de 2009

LA DUDA

No importa que la película sea pequeña con aire teatral, que no haya un solo efecto especial, que la historia y el tema estén más o menos presentes en la sociedad, que sea una adaptación del libreto para teatro de John Patrick Shanley. Si hay un motivo para verla, es la increíble interpretación de todos sus protagonista. Una de esas películas que deberían ser obligatorias en las escuelas de interpretación. Ya sabíamos de la solvencia de Meryl Streep y de Philip Seymour Hoffman. Lo que me ha fascinado, es a que nivel pueden brillar estos dos actores. Dos generaciones de monstruos de la pantalla que llevan a cotas superiores el noble arte de meterse en la piel de personajes dibujados sobre el papel y convertirlos en personas.

Y es que el planteamiento de la película es sencillo, directo, sin más artificio. La subtextualidad, los movimientos del cuerpo que reflejan el pensamiento sin pronunciar palabra tienen un protagonismo inusual en el cine americano, acostumbrado a suplir la interpretación con mascaras de artificio que distraen del fin último. Contar una historia a través de los personajes.

Si en el arranque se desliza con algo de tensión al fin último del drama, con una presentación que va directamente al grano. Un Seymour Hoffman que establece la duda como forma de acercamiento a la fe, una Streep como vigilante rígida e inmisericorde dará pie al conflicto. Nada es seguro, todo es sugerido, pero mientras exista la duda, hay que extirpar el mal por si acaso…
No hay protagonista y antagonista. Aunque el punto de vista acompañe con cronometro en mano más tiempo a la Streep, aunque el suspense se centre en lo que no vemos de Seymor Hoffman, esto es una lucha de gigantes que pelean por el plano cada segundo, y que están dispuestos a hundir a su adversario con un gesto, una mirada, un silencio.

Una vez planteada la guerra, sólo hay que sentarse a disfrutar, a mirar quien de los dos ganará. Y el vencedor lo decidirá el texto. Pero lo mejor es que los acompañantes están al nivel. Si ellos manejan el conflicto, los secundarios les engrandecen. La monja primeriza inocente y justa manipulable y en conflicto con ella misma Hermana James (Amy Adams), pero sobre todo esa secundaria de lujo que en una sola secuencia trasmite más que muchas principales en cien secuencias. Esa madre dispuesta a sacrificar la dignidad de su hijo a cambio de un futuro. La grande Viola Davis en su papel de señora Miller. Hay que quitarse el sombrero ante esta actriz que en un mano a mano con Streep es capaz de lo imposible. Comérsela. Pero si esta secuencia es intensa por el drama que esconde, como no destacar una de las secuencias de tensión mejor llevadas de la última década. La del te. Aquella que enfrenta por vez primera a los protagonistas en un juego de silencios elocuentes, de verdades sugeridas y mentiras lanzadas a la cara, con la hermana Davis como juez y parte. Tan contundente que se come a la secuencia climática en la que la guerra entre los protagonistas es abierta y objetiva.

Si lo que buscas son las emociones primarias de la acción, las planificaciones complejas con cientos de planos picados, o los héroes incorruptibles pero sin matices de personalidad, mejor que no pierdas el tiempo en las casi dos horas de metraje. Pero si te interesan los cara a cara de personajes, el lenguaje subtextual, o la intensidad de las interpretaciones, no te puedes perder esta obra de teatro ganadora de cuatro premios Tony y el Pulitzer, convertida en película, dirigida por el propio autor Patrick Shanley en su segundo acercamiento a la gran pantalla, a la que sólo le puedo reprochar (y casi por decir algo) la utilización de algunos planos inclinados para sugerir el estado anímico de los personajes, cuando los actores suplen a la técnica y no necesitan extras para hacer un trabajo monumental.

Víctor Gualda.

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