
No se puede entender esta maravillosa filmografía sin el otro progenitor:Abbas Kiarostami (no en vano Abbas significa “padre” en arameo), que desde su etapa en el Instituto Nacional para el Desarrollo de Niños y Adolescentes viene realizando una filmografía humanista, malabar con la censura, donde ética y estética forman un mismo concepto y siempre reflexiva acerca del lenguaje y la posición del espectador.
De la sinergia de ambos surge una de las películas capitales de los últimos años:”Primer plano”.Kiarostami tras la cámara y Makhmalbaf como accidental alter-ego de ese protagonista de carne y hueso llamado Sabzian, que debido a su admiración por Makhmalbaf se hace pasar por éste ante una familia de potentados.La última secuencia, con el encuentro entre el cineasta y el impostor y su viaje en moto seguido de manera documental por Kiarostami tal vez sea la esencia del cine iraní.
Pero vayamos con los hijos, que en el caso de Makhmalbaf son hijas y además en todos los sentidos, pues no sólo han recogido el testigo, sino que en su insultante juventud llevan toda la vida en esa escuela inevitablemente nómada por la persecución gubernamental en la que su padre ejerce de maestro como se hacía antiguamente con cualquier oficio.
Hablamos de Samira y Hana Makhmalbaf, que hoy cuentan con 31 y 19 años.
Samira lleva una serie de largometrajes exitosos desde que debutara con la excelente “La manzana” a los 20 años y Hana, que dejó la escuela a los 5 años para estudiar con su padre, asombrando a los 8 años con un cortometraje en el Festival de Locarno, nos regala el año pasado “Buda explotó por vergüenza”, su primer largometraje.
Está rodada en Afganistán, en las mismas montañas donde los taliban hicieron explotar la figura de Buda.En las cuevas de esas montañas que fueron noticia ese día en todas las televisiones occidentales viven nuestros protagonistas.
Baktay es una niña de unos 6 años que, como en buena parte del cine iraní, se plantea de manera pertinaz una meta:ir a la escuela.No ceja ante los diferentes obstáculos que se le presentan, así Hana Makhmalbaf teje una película tierna y trágica que opera tanto a nivel de fábula como desde el cine de la crueldad.
Habría que remontarse muchas generaciones para encontrar un afgano que no haya vivido desde siempre con la guerra.Y en lo terrible de este hecho se haya la audacia de la película, pues los planes de nuestra pequeña protagonista se ven obstaculizados por otros niños que juegan a la guerra.Así, tanto jugando a ser americanos como taliban, en esa suerte de esquizofrénico juego simbólico, humillan a todo aquel que en su representación sea el enemigo (que puede ser cualquier otro niño que pase por allí).
Además Baktay no sólo se topa con ese tipo de violencia, sino que en su itinerario comprobamos lo vetusto de las infraestructuras, la enseñanza y la división por género de ésta (ya empleada con bastante peso argumental por Majad Majidi en “Los niños del paraíso”) .No todo es destrucción, y también mediante el juego (qué mejor manera de procurar el desarrollo cognitivo y social del niño) se produce la magia cuando finalmente consigue Baktay sentarse en el aula, en la secuencia más hermosa y divertida de la película.
Así, con un personaje ingenuo consigue deletrear una situación, encarnando una obstinada resistencia, pero finalmente en una secuencia bellísima (donde vuelve a confluir el cine de la crueldad y la metáfora) la tragedia (en forma de parábola) aparece y la fuerza del personaje es vencida.
Zero en conducta