viernes, 2 de noviembre de 2007

EL PROFESIONAL (LEON)

Luc Besson es un director empeñado en hacernos ver que en Europa se puede hacer cine de acción típicamente americano con tanta o más calidad que ellos. “El quinto elemento”, “Nikita dura de matar” sirven de perfecto ejemplo. Pues en el caso de “León” el profesional consigue dar un paso más mezclando el cine de personajes con el de testosterona y tiros.

La película cuenta la imposible relación de una niña de doce años (Mathilda) y un asesino profesional (León). Pero no uno estereotipado de película de mafiosos, sino uno inconsciente que a duras penas se ocupa de si mismo. León es vecino de un traficante de tres al cuarto que acaba de jugarle una mala pasada a otro mafioso. Este no es otro que un jefecillo de policía (Gary Oldman) que trapichea en sus ratos libres para sacarse un sobresueldo, o al menos eso imagino yo, porque el personaje del policía no sale del estereotipo de malo desequilibrado y sin sentimientos, pero como digo no es más que un estereotipo que ni siente ni padece. Su actitud no cambia ni una sola vez en toda la película, y la única pincelada de caracterización es que le gusta la música de Mozart, lo cual no deja de ser curioso, porque la música del compositor ni siquiera le pega este “malo” de manual. Pero lo importante como decía no es la historia del poli malo, que no es más que una excusa para desarrollar la relación de los dos personajes principales.


Mediante una subtrama en la que los polis se cargan a toda la familia de pseudomafiosos con los que el director se ha molestado que no sintamos identificación alguna y no nos importe que los eliminen violentamente. Ni siquiera le importa a la hija Mathilda, que lejos de sentirse triste o preocupada, basa toda su motivación en la venganza de su hermano pequeño al que el director también ha eliminado. Con la prudencia de no mostrárnoslo directamente se asegura de que entendamos por medio de la tiza que dibuja su contorno en el suelo del parket, cuando Mathilda vuelve a su casa a recoger algunas cosa que dejó olvidadas.


La niña consigue huir colándose en la vida y la casa de su criminal pero buen vecino asesino. A partir de que cruza el marco de la puerta la vida de León cambia radicalmente. Su vaso de leche y su simbólica planta dejan de ser sus únicas preocupaciones, y la chica le remueve y cambia la vida. A partir de la aparición de ella, un absurdo e infantil trato le precipita hacia su incierto destino (en realidad ambos son dos niños). Primero cuando ella en un alarde de inconsciencia típico de la edad entra en la comisaría de policía para eliminar al verdugo de su hermano, lo que motiva que León tenga que arriesgarse y entrar a rescatarla. A partir de este momento se inicia un juego de gato y ratón que hace MADURAR a nuestro entrañable asesino, haciendo que pierda su condición de semidios inmortal inconsciente de los problemas mortales, para volverse un humano más que también sangra cuando le disparan, y la sangre no es más que una metáfora de lo personal. A encontrado a una mujer, (si, mujer) que le hace sentir hombre y tiene que comportarse como tal. La traición de su “padre” (Danny Aiello) lo conduce directamente hacia el precipicio y su falta de egoísmo le dirige hacia un final irremediable, que el director sabe aprovechar para introducir magistralmente una escena de tensión y darnos la esperanza a través de un plano subjetivo en el que nos metemos en la piel de León con la esperanza de que llegue a la luz del final del túnel. El director todavía nos habla de esperanza en la imagen final, con otra imagen simbólica que no es la que probablemente le hubiese gustado introducir (esta hubiese sido el embarazo de la niña para albergar la esperanza a través de la inmortalidad de un hijo sangre de su sangre) Pero las convenciones son las convenciones y la relación con claro contenido sexual pederasta se ha reducido significativamente y sólo se sugiere de manera sutil.

Es sin duda la composición del personaje e interpretación de Jean Reno lo mejor de la película. El francés trasciende el estereotipo y con su buen hacer consigue inmediatamente la identificación del espectador, ayudado eso si por un guión perfectamente equilibrado, una planificación espectacular, y un montaje muy yanqui. Los demás personajes no hacen sino acompañar al profesional. Natalie Portman defiende a la perfección su papel, y Gary Oldman con su histrionismo, consigue robar plano y darle algo al un personaje que sobre el papel y como ya dije no es más que un estereotipo de malo maloso. La cálida fotografía de Tierry Arbogast es fantástica, así como también hay que hacer mención especial a la música de Eric Serra. Tal vez la mejor película del francés Besson, que renunció al anquilosado cine de diálogos sobreintelectualizados del cine francés que últimamente sólo se mira al ombligo, para dar un paso más y lanzar un puente entre Europa y Estados Unidos.
Víctor Gualda.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Más allá de toda la calidad tecnico-cinematográfica, el buen guión hace que uno no se canse de ver una y otra vez esa historia que, de por si, no tiene tanto de original. Antes que a Mathilda ya tuvimos a Lolita (en novela, al cine llegaría un poco más tarde, tal vez aprovechando el tirón de estas historias), y a Tatum O'Neil en Luna de Plata (también basada en una novela). Incluso a la misma Natalie Portman volvimos a verla dos años más tarde en Beautiful Girls.
Algo tienen las historia niña-dulto que tan bien funcionan, cuando se desarrollan con gusto, por supuesto.