miércoles, 6 de agosto de 2008

SED DE MAL

La verdad es que no creo que pueda aportar nada nuevo a todo lo que ya se ha dicho y escrito sobre Orson Welles y su obra. Cualquier anécdota sobre su vida personal, sobre sus guiones nunca llevados a la pantalla, sus proyectos fallidos o sobre sus problemas para conseguir financiación después de “Ciudadano Kane”, son conocidos por propios y extraños. Así que me centraré en el aspecto más cinematográfico de “Sed de mal”.

Lo cierto es que unos créditos al inicio de la película nos anuncian que Welles estuvo “apartado” del primer montaje (a partir de “El Cuarto mandamiento” los estudios le controlaban el corte). Nos refieren que después de verlo, hizo un informe apasionado de cincuenta y tantas páginas con cambios para mejorarlo. Los mismos créditos nos explican que la película que vamos a ver es lo más próximo a la voluntad del director. En realidad se trata de la edición que se hizo de la película en el año 2000 (15 años después de la muerte de Welles) siguiendo esas mismas notas del director. Curioso resulta también que la película tenga escenas rodadas por Paul Monash y Franklin Coen que no aparecen acreditados, y que añaden 16 minutos al metraje original. La película fue un fracaso cuando se estrenó.
De cualquier manera, sólo se puede hablar con admiración de esta película. Siendo de 1958 asombra al volver a verla lo moderna que es. Probablemente más que la mayoría que se firman ahora. Y me refiero al conjunto. Desde las maravillosas interpretaciones, alejadas del estilo de la época, sin incidir en el dramatismo, en el estereotipo o en la exageración, hasta la fantástica planificación, uno de los puntos fuertes del director que revolucionó el lenguaje cinematográfico. Ya no hablo del plano-secuencia mítico de cuatro minutos (llevaba años pensando que eran siete) que sirve para situarnos en la trama, partiendo de un primer plano en el que el director nos muestra el mcguffin de la película, nos pone en situación espacio-temporal y nos presenta al matrimonio formado por Vargas-Heston y Leight-Sra Vargas. Esto es sólo el aperitivo. Lo realmente interesante es ver como Welles recoge todo lo aprendido en el teatro y su experiencia cinematográfica para construir algo muy complicado como es la atmósfera. Y es que la fotografía de Russell Metty es uno de los pilares en los que está basada la película. Muy expresionista en mucho momentos, amparándose en interiores claustrofóbicos o en la noche, que envuelve gran parte del film. Alucinante también en este punto la planificación. Welles echa mano de manera tal vez excesiva de los picados y contrapicados para crear sensaciones o subrayar los estados anímicos de los personajes. Pero todo esta medido casi a la perfección. Tengo que reconocer que sus travellings siguiendo a los personajes (como uno más), sus grúas o sus cambios de planos de generales a planos muy cortos, o grupales sin apenas dejar aire, o iluminando dramáticamente a los personajes con luces duras, son tan intensos que tal vez influyen de manera un tanto negativa en el ritmo general de la obra (no me refiero al interno, que está llevado a la perfección). Pero el ritmo está introducido por el guión (basado en la novela “Badge of Evil” de Whit Masterson). No puedo decir que sea fallido porque mentiría. La apuesta es más que interesante, porque el punto de vista protagonista esta distribuido de manera coral. Siendo Heston el eje de referencia fundamental. Cada personaje tiene su propio desarrollo dramático por separado, pero perfectamente integrado en una historia central que pasa por el enfrentamiento entre los dos hombres que tratan de imponer su estilo propio para descubrir algo tan subjetivo como la “verdad”... todo ello para volver a encontrarse inevitablemente.

Un Welles tremendo en su interpretación, perro viejo que ha ido adaptando las leyes a sus intereses. Se he ido endureciendo y creando un monstruo que ha acabado devorándole. Representante de los Estados Unidos, se enfrenta con el joven emprendedor y legal policía mejicano Heston, feliz recién casado que cree firmemente en la justicia. Lo mejor sin duda es que la historia se desarrolla en la frontera, y allí todos los personajes son extremos, peculiares cargados de dramas internos. La tensión se mantiene en alza a lo largo de todo el metraje. Una subtrama de intereses cruzados y venganza sirve de marco, y ayudado por la más increíble, envolvente y arriesgada música que recuerdo de Henry Mancini, el director logra crear esa atmósfera perfecta que hacen que este cine negro casi experimental, trascienda para convertirse en uno de los clásicos imprescindibles del cine americano.

Para cerrar la crítica, me gustaría comentar que Charlton Heston apostó personalmente por esta película y por su director, (de todos es conocido la mala relación de Welles con los estudios). En el libreto que trae la última edición en DVD, Diego Moldes hace un alegato explicando que Heston, que ha quedado en la memoria colectiva por la imagen empuñando un rifle y defendiendo ideas fascistoides, no corresponde con el Heston que toda su vida defendió los derechos civiles e ideas mucho más progresistas. Me parece necesario recalcarlo antes de demonizar a un actor que ha aportado mucho a la historia del cine (más en estos días que se cumple el cuarenta aniversario del estreno de “El planeta de los simios”, película claramente antibelicista y crítica al hombre). Tampoco me quiero olvidar de la maravillosa Malene Dietrich, que desde un pequeño papel secundario llena la pantalla más que la mayoría de protagonistas, y que tiene una de las frases claves de la película (hay varias) en aquella secuencia en la que Welles-Hank le pide que le eche las cartas para leerle el futuro. Llamadme mitómano, pero me parece de otro planeta... Podríamos estar horas comentando secuencia por secuencia, porque todas tienen algo (me encanta ese plano en el que Heston corre por los pasillos de la comisaría para reencontrarse con su mujer torturada), pero lo mejor es que volváis a revisar vosotros mismos “Sed de mal”, porque merece la pena para entender porque al cine le llaman séptimo arte.

Víctor Gualda.

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