martes, 21 de agosto de 2007

DIAMANTES DE SANGRE


Lo primero que me llama la atención de esta película es la autoexculpación que se hacen los americanos en toda la historia. Me refiero, a que es curioso que las operaciones de compra de diamantes de sangre se realicen en Europa, Londres concretamente. Que la empresa que compra los diamantes se llame Van no sé que. Dando a entender que es holandesa. Que el mercenario que interpreta Di Caprio es sudafricano y no yankie. Que la buena y justa que busca “la verdad” es la periodista norteamericana. Que en la reunión que aparece del G8 los americanos son los que defienden tomar medidas para frenar la venta de estos diamantes. Pero ¿es qué se han vuelto locos? ¿O pretenden hacernos luz de gas? Pero claro, la empresa que produce la película es norteamericana y seria estúpido tirar piedras sobre su propio tejado. Es paradójico comprobar como estos inocentes cachorritos promueven guerras por medio mundo para beneficio propio. Afganistán, Irak, el próximo objetivo Irán. Venta de armas, desfalco del petróleo de la mitad de los países que invaden bajo excusas abstractas como las recordadas armas de destrucción masiva. Toda la infraestructura, todas las empresas de reconstrucción y abastecimiento del presidente, vicepresidente, amigos y familiares son las únicas beneficiadas. Sin contar que promueven además guerras civiles en las que a cambio de la materia prima (llámalo petróleo, diamantes etc) se les vende armas, ya sean rusas o americanas. Pero no es cuestión de tirar la piedra y esconder la mano. Para que una tercera parte de la población viva en “el mejor mundo posible”, las otras dos terceras partes tienen que vivir bajo condiciones infrahumanas. Y Europa es otro pez grande que también se beneficia. La película termina con unos créditos que explican que Sierra Leona ya no está en guerra. Que los diamantes ya no se exportan bajo las mismas condiciones, pero da igual, porque la mitad de África sigue siendo explotada por el primer mundo y sus intereses particulares.

Pero como esto es un blog de cine, hablemos de la película que nos ocupa.
En realidad nos encontramos ante una película de puro, y en este caso duro entretenimiento. Una película de aventuras clásica, reinventada con el trasfondo social, pero que trata de las aventuras de un Humphrey Bogart moderno que en vez de detective privado con principios personales o un antiguo resistente a los nazis con café propio, es traficante. En este caso el buen-malo es interpretado por Leo Di Capri. Un habitual en los últimos tiempos en las mayores superproducciones. Con la política de selección que llevan las superestrellas de Hollywood el bueno de Leo decidió que su película del año sería esta sobre saqueo y desfalco de los diamantes de Sierra Leona. Está claro que el yankie tiene un buen equipo de asesores que alimentan la imagen de superestrella que necesita un actor que cobra más de veinte millones de dólares por película. Así que aquí tenemos al mercenario al que no le quedará otro remedio que redimirse, astuto, duro, simpático a la par que sensible, que tan bien sabe explotar. Sus héroes son luchadores egoístas de clase baja que buscan algo mejor a costa de los demás, pero que irremisiblemente serán conducidos hacia “la luz”. Como una película de aventuras necesita un contrapunto femenino, en este caso le tocó a la guapa Jennifer Conelly. Una periodista americana que cree en quimeras imposibles en un país castigado por los intereses capitalistas. Su función en la trama es meramente la de alegrarle la vista al espectador, y sobre todo al prota, pero no sólo eso, sino que además es el alma caritativa, catalizador, que hace que el héroe tome conciencia de la situación de un país en el que él lleva viviendo y sobreviviendo años. Menos mal que los salvadores del mundo en forma de fotógrafa morena (¿será una especie de simbolismo el hecho de que sea fotógrafa?) hacen que el testosteronado Caprio se recupere para la causa salvadora. El trío (no hay dos sin tres) lo completa el verdadero héroe de la historia, el personaje interpretado por Djimon Hounsou, un campesino, pescador o lo que sea, que vive al margen de lo que sucede en su país, hasta que un grupo de desalmados arrasa su pueblo llevándose por delante el futuro en forma de hijo. Lo único que puede hacer que un hombre despierte de su letargo es que le toquen lo que más quiere. Y cuando a Djimon se lo tocan, se convierte en un peligroso enemigo. Primero, cual Espartaco, pasa por el trago de la esclavitud a la búsqueda de diamantes. Y lo encuentra, vaya si lo encuentra. Un peñasco rosa del tamaño de una pelota de golf manchada de sangre. A partir de aquí mil aventuras épicas de huida, y mil aventuras de vuelta para recuperarla. Lo dicho, aventuras. Pero curiosamente muy bien narradas por este especialista en superproducciones de acción con trasfondo personal, Edward Zwick, secundado por la fantástica fotografía de Eduardo Serra. Tal vez los retazos de amistad que surgen entre los dos compañeros de viaje están forzados en el guión. Pero para que el personaje de Leo crezca, es necesario que entienda. Y no hay mejor forma de entender que el roce. Y el roce hace el cariño. Y cariño es lo que le faltaba a Di Caprio.

El final, heroico y sobre todo necesario. El pago por los pecados debe ser proporcional, y lo que se saca a cambio es convertirse en héroe, casi en mito. Di Caprio es un héroe en toda la dimensión mitológica, que prioriza la búsqueda del futuro en forma de niño, al vellocino de oro al que alabar, en forma de piedra. Un héroe que cambia las cosas con su pequeña aportación. Y es que, una vez más se cumple la vieja enseñanza de que el individuo es el único que puede cambiar las injusticias. Lastima que “Diamantes de sangre” sólo sea una película y que el malo que se transforma no sea el presidente americano de turno. Si esa persona (individuo) quisiera dar ese paso, la mitad de las guerras del mundo desaparecerían. Y tendría un final más heroico, que el de casi atragantarse con una galleta salada. Pero la política no es como el cine, en el que todo se resuelve en unas páginas de guión, y los intereses valen más que las personas. No importa. Siempre se puede terminar la película diciendo que en Sierra Leona ya no hay guerra interna por los diamantes, que en Irak se ha conseguido restablecer la paz. Pero el futuro son los niños de hoy. Y no hay ser más maleable que un niño. Si le introduces la semilla del odio será capaz de disparar a su propio padre. Pero, y si le enseñas que con su pequeña aportación podría cambiar el mundo ¿Qué sucedería?

Víctor Gualda.

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